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Profe tumbero

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  1. Es verdad, estoy grande; me pondré a dieta. Usted sabe, excesos de navidad... Bueno, si, soy grande. De edad. Ahora hablando en serio. Yo a las trans, ya he decidido dejar de aconsejar o sugerir, porque indefectiblemente me ha salido siempre el tiro por la culata. Hasta ahora me he topado con ingratitudes, desagradecimiento y maltrato. Abrazo.
  2. Es que este tipo de comportamiento no obedece exclusivamente al deseo de contagiar o serlo, sino al goce de lo peligroso, siendo una suerte de parafilia. Estas personas, pasadas de rosca con el sexo, buscan comportamientos fuera de lo común o normal - si se me permite el término- a modo de incrementar o de disfrutar. Yo lo que creo que por ahí pasa la cuestión en estos casos. No obstante, obviamente,son un riesgo para ellas y terceros.
  3. Y excediéndome de este tópico, pidiendo disculpas, agrego: Cuando es una mina que huelo cierto aire tumbero, también las evito. He conocido chicas cis en pareja con presos y, a sabiendas de lo que hacen respecto a los cuidados con los tatuajes, con las maquinitas de afeitar e incluso cuando tiran un afeminado (eso más que nada antes) a un pabellón y se lo culeaban a mansalva, luego van ellas...Y son un peligro en potencia. Lo menciono porque tal vez a alguien le sirva.
  4. Perdón, me confundí, son cuatro las señoritas que menciono. Una de ellas, amiga de esta chica del hilo, directamente me ofreció de manera dudosa: - ¿Cómo lo querés hacer? Esto mientras tomaba el preservativo y estaba por abrirlo como esperando mi respuesta para hacerlo o no. Y era (y fue) la primera vez que fui. De otra, la sugerí. Y, ante la pregunta no hubo negativa. Se quedó pensando si aceptar o no...Son de las cuatro que comenté en el hilo de trans café. Y con una...terminé en la guardia del Muñiz. Y no es que me ganó la calentura. El movimiento de cadera está super estudiado para que uno termine adentro y ella aprovechar para que uno entre a pelo. Me salí, seguí y a la hora y media me habían pinchado con antibióticos y estaba tomando pastillas de toda índole. Ahora, lo que es jodido es esto: Sutanita - pongo un nombre determinado para no puntualizar - lo hace sin cuidado. Va el señor &&&, infectado de HIV y es un border que no le importa nada y aprovecha satisfacer su necesidad de hacerlo sincuidado a sabiendas que Sutanita es una inconsciente. Luego va el señor #### - ese fue mi análisis en ese momento y se lo transmití a otra chica trans para recibir un desplante - y Sutanita hace una jugarreta, o eyacula en la boca o garcha sin forro con el versito "es la primera vez que lo hago" (juro que esta piba del hilo me lo dijo). El señor #### visita a Menganita, que posee un servicio similar a Sutanita y le acaba en la boca, por ejemplo. Menganita está en una situación de alto riesgo de estar infectada. Luego va uno y... Yo desde hace cierto tiempo prefiero a las escort que adoptan comportamientos sensatos. ¿No sé si fui claro?
  5. Y si uno rechaza el convite...tal vez sea el motivo por el cual uno termina siendo despreciado...
  6. Estimado Casio, estimados amigos: Como me hice lío con la herramienta que permite el "multi cita", emplearé mi habitual verborragia, sabrán disculpar. Mi experiencia como gatero, me lleva a considerar que muchas de las chicas - lo hago en un uso extensivo- que trabajan de prostitutas, suelen carecer de información y, es uno de los motivos por los cuales adoptan comportamientos "complicados" o riesgosos. Aún a pesar de los posibles insultos que me pueda granjear con mis comentarios, muchas veces - y no exagero ni un ápice- he advertido a señoritas sobre los comportamientos de riesgo que adoptan. En el caso de las mujeres o chicas cis , hay dos grupos diferenciados. Las minas que me lo han agradecido y dejaron de practicarlo, ya que lo hacían por ignorancia e inconsciencia. Y, otras que siguieron porque "formaba parte del servicio". No obstante este segundo grupo, es la minoría. Sin embargo, hubo una suerte de reconocimiento, entendiendo que lo que uno estaba advirtiendo lo estaba haciendo en beneficio de mantener la salud de ellas. Después, que no dieran bola, es otra cosa. Y, a veces me pregunto, cuántas de estas pibas -y se me vienen caras y nombres concretos - habrán dejado de trabajar porque se hartaron o llegaron a dónde querían y cuántas andarán tomando pastillas retroantivirales de por vida. ¿A qué hago referencia en concreto? Simple, a recibir la descarga de semen en la boca. Tan solo en una oportunidad, con una escort Cis he tenido el ofrecimiento de hacerlo sin condón. Y digo bien, el ofrecimiento. Situación que decline por completo. Con las trans, la cosa es otra. Proporcionalmente, siempre de acuerdo a mi experiencia, los comportamientos de riesgo están más incorporados. Para colmo de males, muchas de estas chicas cuentan con mayor información que la contrapartida escort cis. No haré un análisis acerca de los motivos; el tema me excede ampliamente y sería una desubicación de mi parte, tratar de hacerlo. Lo qué si mencionaré es que a diferencia de las cis, cuando uno les advierte sobre estas cuestiones, o me he llevado desplantes o situaciones en las cuales me han ignorado por completo. Es decir, no hay agradecimiento alguno, sino que incomoda que uno les haga notar que están tecleando en falso. Una escort trans, en cierta oportunidad en mi casa, antes que me pusiera de novio con ella, deslizó un comentario tal como que "determinadas cosas dejaría de hacer por respeto a mi, en el caso de aceptar mi propuesta". Paradójico, no es por mi, sino por cuidado de ella misma. Se lo marqué y recibí un gesto de desdén. A ella misma un día en su casa le marqué sobre determinados riesgos y me respondió altisonante: "Yo escucho, pero saco mis propias conclusiones". No puedo explayarme más al respecto; sepa disculpar. Es una persona a la cual amé mucho y no quiero hablar y leer sobre ella y menos de la manera en que algunos se refieren sobres su persona. Ahora, en hilo de Trans café (historias para pasar el rato) hice referencia puntual, de manera velada a esta señorita en cuestión de este hilo que usted iniciara (así como de otras dos). Y disiento con usted y coincido con Dog Day Afternon. Sugiero que tenga a bien releer mis comentarios y en todo caso lo charlamos por MP, ya que estas cosas están prohibidas charlar a foro abierto.
  7. Lo más sensato es consultar con un médico. Yo no me preocuparía por HIV, a no ser que la señorita posea piorrea, pero existiría la posibilidad de sífilis. Eso en el caso que la señorita la padezca y posea chancro en la boca. Pero insisto, lo mejor es consultar con un médico.
  8. Hola: He leído tan solo al que inició el hilo y le respondo. Existen todas las posibilidades. Están las chicas que buscan captar al cliente con un óptimo servicio y, que luego cuando reincidís, piensan que ya te tienen atrapado y se tiran a chantas. Se olvidan que el negocio no es solamente que vayas, sino que sigas volviendo. Tenés que considerar que las pibas pueden ser cambiantes por múltiples motivos. Desde su personalidad, que hayan tenido un pésimo día, toxicológicos e incluso, por qué no, que peguen mayor o menor onda con diferentes clientes. Esto puede obedecer a que sea mejor en las artes amatorias, cuestiones etarias, de grupo social, etc. También, y hay que reconocer, tenés que desarrollar cierto olfato al leer las experiencias. Están los tipos que inflan una experiencia, ya sea porque esta fue pactada con la chica. Es decir, para promocionarla. El "forista" puede ser cafisho, amigo o cliente que pacta una experiencia a cambio de sexo gratis. O, están los "escribas" que cobran por la experiencia. Y están los que la agrandan como estrategia psicológica para ellos mismos, para suplir sus deficiencias. ¿Cómo es esto? Bien, de todos los casos tengo ejemplos: Hace más de diez años iba a visitar a una muy conocida e importante escort de ese entonces, claro está. Alguno quizá, los veteranos, la recuerden, Micol de Solo Independientes. Leía las experiencias de ella en el otro foro y había un cliente que relataba tournes maratónicos de estar la casi hora completa serruchando. Yo, que soy muy duro de acabar, un día le planteé a Micol que se fije de no hacer coincidir a ambos el mismo día, porque sino pobre de ella; a lo que me respondió que no me haga problema. Le insistí y ella repitió lo mismo: "no te hagas problema, HHHHHH (mi nombre)". Insistí y ella replicó que a ese forista no se le paraba y que todo lo que publicaba era un invento. Pero, que a ella le servía para elevar el morbo de los lectores y promoverlos a que vayan a visitarla. En síntesis, aprendé a leer entre lineas y no te deprimas. Las pibas son fluctuantes, mienten, se miente en estas páginas, existe la posibilidad de pegar más o menos "onda" y existen los clientes que buscan calentar y los que no les importa un pito y todo eso lo verás reflejado en la lectura. Saber discernir, es también un arte. Saludos
  9. Muchas gracias. Abordé otras cuestiones, más allá de la relación escort cliente. No tengo ninguna que pueda ser cómica con trans en ese aspecto. Lo que más se acerca es la del carpincho que hizo correr a Fulanita dentro del zoológico de La Plata y una media zonzona donde robó peras y me las encajó a mi para que las lleve, pero nada más. Después, de contar experiencias, de eso está lleno en el foro, de mejor o peor factura, pero hay. Siento si me salieron medio tristes, pero es lo que hay.
  10. Bueno, creo que le metí condimentos al hilo que iniciara el colega. Lo siento si lo disparé para otros lados. Jamás concurrí a la zona roja y mis experiencias con trans son escasas y para nada fructíferas.
  11. Dejo un capítulo, quizá por unos días. A los amigos, pido que lo lean y hagan críticas del mismo. Tengan en cuenta que muchas cosas no se entenderán, ya que no es uno de los primeros capítulos. La cuestión si es ameno o no. Estaba sentado en una silla en uno de los pasillos de la facultad. No importaba que estuviese a la sombra, el calor pegajoso era insoportable y me hacía transpirar de una manera que parecía que lagartijas se desplazaran sobre mí. Para distraerme de esa pesadez decidí escribirle, quizá de esa manera la situación fuera más llevadera. En el corto diálogo me dejó sentado que no pensaba quedarse a dormir en casa ni el viernes ni el sábado. Para el primer día esgrimió un eufemismo que pretendía cubrir que debía atender a un cliente y respecto al segundo porque mi hijo la vería el domingo en casa por la mañana. Tras mi reclamo que era lo que ya habíamos acordado, me remarcó que no debía hacerle sentir que en nuestra relación debía haber presión. Me propuso, quizá a modo de bajar mi molestia, la de venir a estudiar el sábado por la tarde, cosa que acepté. Y, a modo de remate me comentó que estaba con Pablo estudiando y que le había comentado que “yo quería alquilarle el cuarto de servicio y que pensara en cuánto iba a cobrarle”. En rigor a la verdad el dinero lo precisaba, pero ya la convivencia con Jessica sería un desafío y, si a eso le agregaba otra persona, la situación me resultaba demasiado compleja. Sentía que perdería cierto control, ya que Jessica y Pablo mantenían amistad desde que vivían en Milagros. No fui directo, no le dije que no pensaba alquilárselo porque ´no quería cerrar esa puerta definitivamente y, generar una discusión con Jessica en ese momento. Planteé como alternativa que esa habitación no estaba lista ni siquiera para ser mostrada; ya que debía desocuparla, limpiarla, aplicarle pintura, etc. Jessica, insistente me hizo notar que su amiga lesbiana, como era macho podía hacer esas tareas. Quedé en silencio, procurando encontrar alguna respuesta diplomática, pero por fortuna me llamaron y pude escapar al menos momentáneamente. Me despedí e ingresé al aula. Adentro, tras las ventanas que daban al exterior del edificio, el calor se acumulaba aún más. Al rato, todos estábamos con la ropa humedecida por sudor, a pesar que un ventilador de manera obstinada se empecinaba en arrojarnos aire para hacernos sobrellevar el agobio. Tras terminar la clase huí desaforado hacia el kiosco de la facultad en búsqueda de algo fresco para tomar. Mientras pagaba una botellita de jugo, decidí ir a visitarla, por un lado porque me resultaba imperioso verla y con la idea de que acepte quedarse a dormir conmigo ese viernes. Tras discurrir por los pasillos, al salir el calor húmedo se transformó en una brasa, a punto tal que hasta costaba respirar. Me dirigí hacia la parada del colectivo y la llamé para advertirle acerca de mi idea de pasar por su casa. Extrañada me comentó que estaba con Pablo, a lo que le respondí que eso lo sabía tras lo cual le remarqué que la ayudaría a estudiar y que tenía que apresurarse, el examen sería dentro de un par de semanas apenas. - Está bien amor, así nos ayudas a ambas – expuso para dejarme sorprendido. ¿Pablo estaba anotado en el programa? El viaje por fortuna se hizo más llevadero, gracias al viento que se generaba al dejar abierta la ventanilla y por discurrir cerca del río, pero esto terminó cuando entramos en las estrechas calles del microcentro. Después de bajarme y de caminar unas cuadras, el calor logró que comenzara a sudar de manera espesa, como si fuera sopa que brotaba de mis poros. Debí refugiarme en una gaseosa para continuar las cuadras que aún me faltaban. Al llegar toqué timbre de manera insistente. Jessica respondió de manera presurosa, lo cual lo consideré que ella estaría ansiosa de verme como yo a ella. No bajó a abrirme ya que la encargada, con seño fruncido introdujo la llave y, sin emitir palabra alguna se hizo a un costado tras abrir la puerta para darme paso. Al subir a la escalera me planté frente al ascensor, ocasión que aproveché para girar la cabeza para ver si me seguía con la vista, pero esta mujer tenía incrustadas sus retinas con lo que ocurría en la acera de enfrente. Supongo que podía controlar mis movimientos por los reflejos que se producían sobre los vidrios de la puerta, sin tener que quedar expuesta. O, tal vez, me tomara como uno más de los que desfilaban para visitar a Jessica. Al llegar al piso de destino, la puerta se mostraba entre abierta y con luz que salía de su interior. Caminé los metros que me separaban de ella y la golpeé con el nudillo del índice de manera seca y rítmica. - ¡Pasa! – me invitó Jessica. Apoyé la palma sobre la madera y presioné. El ambiente estaba plagado de luz, cosa contraria a lo que había ocurrido las veces anteriores. Entonces apareció Jessica, caminando de manera rápida, con unas calzas estampadas con signos tribales que remarcaban su preciosa figura y una remera corta que dejaba su abdomen al descubierto. Apenas di un paso y me detuve para recibir un beso en mi boca. - ¿Hace calor? - ¡Está terrible! Acá se no se siente – dije con alivio. - El departamento es fresco. Lo describió para terminar poniéndome en evidencia - Mira cómo estás. ¡Todo sudado! - Te dije que afuera es un infierno. Tras mi insistencia e intento de justificación me tomó de la mano derecha y comenzó a caminar para arriarme hacia el interior. Como novedad, un futón y un enorme escritorio con un monitor sobre él, se disponían a la izquierda de la sala, frente a la mesa rectangular que había desde que entré por primera vez. Para mi asombro, la primera Gymnopedie de Erik Satie sonaba de fondo en un volumen apenas perceptible. Intrigado miré hacia el fondo de la habitación que se mostraba expuesta, al estar la cortina corrida. La voz de Jessica me sacó de mi curiosidad: - ¿Te sirvo algo fresco? Ignoro cuál haya sido el motivo, si fue como gesto de aprecio o por compadecerse de mi estado, pero sea cual fuere el motivo, acepté; situación que aproveché para seguirla y ver qué había atrás de la enigmática cortina azul. Mientras Jessica abría una heladera de doble puerta, deslicé la mirada por sobre su cuerpo. Me encontré con una pila de maletas y cajas de cartón que llenaban el reducido espacio el cual no podía albergar siquiera el enorme sillón al cual acababa de ver. Tomé el vaso cargado de agua, que al probarlo me di cuenta que era de la canilla, aunque provenga de una botella de agua comercial. No obstante, no realicé ningún comentario. Esta situación, incómoda, la recordé días después. Cuando fui cliente me convidó con gaseosa, como novio que la ayudaba debía conformarme con agua de la canilla; sin embargo, la comencé a beber ya que la sed me dejaba la boca como si hubiese mascado pasto. - Gabriel, estuve tratando de imprimir el libro y no me deja ¿qué estaré haciendo mal? - Bueno no sé, pero para qué hacer eso y no leerlo desde el monitor. - Quiero tenerlo en papel – me señaló lo obvio. - ¿Te das cuenta de la cantidad de tinta y hojas que vas a gastar? - No importa, así puedo leerlo en la cama o donde quiera. - Para eso habría que considerar si no es más económico comprar el libro. - Son dos Gabriel. - Lo sé. ¿Recuerdas que te los escaneé? - ¡Claro que sí! – para acercarse y darme un tímido beso para separarse y señalarme hacia el interior de la sala – estuvimos intentando con Pablo, pero no pudimos lograr nada. Miré hacia donde ella señalaba y me topé con un muchacho de baja estatura y aspecto andrógino que, sentado a la mesa, se atrincheraba detrás del marco de sus anteojos y en mirar a su celular. Por una cuestión de educación, me acerqué a estrecharle la mano, aunque el procedimiento de saludarlo me generaba ciertas dudas acerca de la manera en cómo debía hacerlo. Pablo, de líneas finas y redondeadas en su rostro que lo ligaban a su sexo femenino, levantó su mirada y estiró su mano de manera displicente para que se la estreche de una manera como si ella me estuviese haciendo un favor por prestarme atención. La contemplé unos instantes mientras sus minúsculas manos impulsaban una conversación de whatsapp de manera frenética. La situación me hizo pensar lo siguiente: - Estás haciendo los méritos suficientes para que no te alquile un carajo. Me volví hacia Jessica, por un lado quería ver qué había pasado con el archivo y su imposibilidad de resolver el tema de la impresión y, para que no se notara en mi rostro mi postura frente a Pablo. - Dejame ver qué pasó para que no puedas imprimir. Tras lo cual me senté sobre una silla de oficina y mientras tomaba el ratón le pregunté: - ¿Los archivos los pusiste en dentro de la carpeta de “Mis Documentos”? - ¿Qué archivos Gabriel? Al ver mi gesto, rió nerviosa dándome la pauta de no entender mi pregunta. - Yo te mandé ambos libros en formato pdf como archivos adjuntos en dos mails distintos – tras lo que insistí - ¿dónde los bajaste? - ¡Acá! Colocando su índice sobre la pantalla, por sobre la barra de inicio mostrándome una página abierta de su navegador. - Esta es una ventana de que lleva a la publicación del libro en donde la persona que los subió te permite el acceso a una simple lectura. Y giré para mirarla, topándome con un gesto de no estar entendiendo una palabra de lo que decía y, presa de la situación, no poder desprenderse de la risa nerviosa. Entonces le expliqué lo que me parecía obvio, ya que el libro lo habíamos encontrado en casa cuando estudiamos juntos y le envié el link por mail. - La persona al subirlo de esa manera no solamente no te permite bajarlo a tú rígido, sino que tampoco te permite imprimirlo. ¿No se figaron que el ícono de impresión esta como velado? Tras lo cual volví mi cabeza hacia Pablo que seguía con sus deditos fluctuando sobre la pantallita de su celular, prestando atención a todo pero abroquelándose en su móvil para no demostrarlo y, con eso darme algún valor. Su actitud me llevó a la idea de dar una suerte de mini clase, que si bien le serviría a Jessica, era con la intención de sacudir a su amiga trans. - ¿Ves Pablo? Ven. Tras la invitación de Jessica, Pablo se aproximó por mi espalda, para terminar entre nosotros dos y mirar todo de manera displicente. - ¡Ay Pablo! No te presenté a Gabriel. - En verdad no lo hiciste y esperaba a que lo hagas, si bien la saludé hace un rato. Señalé la desprolijidad de Jessica con una suerte de sordina. - ¿Qué tal usted es el novio de Jessica? Fue entonces, que al pararse Pablo, pude apreciar que con fortuna pasaba el metro y medio de estatura, pero que a pesar de su pobre anatomía, no le impedía para moverse de lado a lado, desafiante. - En efecto. Respondí extrañado por el tono con el que Pablo me preguntaba de una manera descortés. - ¿Usted la va a tratar como se merece? El planteo me asombró, tanto por lo ridículo del planteo como por lo sorpresivo. No sabía si debía ubicar a este tipejo o reírmele en la cara por lo absurdo de la situación. Jessica se reía de manera tal que parecía contener la carcajada y su postura, lejos de aclararme si era una suerte de broma o una pretendida demostración de masculinidad, me seguía confundiendo, pero le seguí el juego. - ¿Usted qué piensa? Sin lugar a dudas estaba parado frente a un necio. Si pensaba aprovecharme o maltratarla, ¿qué pensaba esta infeliz? Que iba a decirle: “Sabe qué, pienso arruinarle la vida” – nadie diría eso y Pablo se encargó de manifestarme: - Todos vienen con palabras bonitas y después la maltratan. - ¿Se refiere a los novios que tuvo antes? - Sí. La miré serio para decirle, de manera cortés: - Deje que ella misma se dé cuenta, porque no sé cuántos estarán preocupados para que estudie. Mi defensa podría haber sido sórdida, pero aunque estuviese en lo cierto, sería insultante para Jessica, motivo por el cual omití el tema de la prostitución. Una pregunta sería ¿cuántos la tomarían a ella en serio por su condición o por cómo se gana el sustento? ¿Cuántos estarían ahí, para ayudarla a salir adelante independientemente del calor o por tener sexo gratis? Sabía que eso la haría enojar y lo omití de ex profeso. Volví a mirar a Jessica y creo que percibió que el planteo de Pablo me resultaba molesto, con lo cual le dijo: - Gabriel es hijo de un milagrero. - ¿Su padre es de Milagros? Preguntó en una puesta en escena absolutamente infantil, burda y pésimamente actuada, como si quisiera demostrar que ese comentario era una novedad para ella. - Sí. Respondí de manera lacónica por lo molesto que me había puesto Pablo, pero ya con el firme convencimiento que jamás le alquilaría mi cuarto de servicio. - Ah, entonces es un buen candidato – sonriente selló Pablo. Entonces me estiró la mano en busca de la mía. La estreché y para mis adentros, a la vez que respondía de manera irónica a su sonrisa, reflexioné sobre el chauvinismo idiota de Pablo: “¿Acaso los novios anteriores no fueron también de Milagros?” Sin embargo y de acuerdo a los comentarios de ella y los planteos formulados por Pablo, no habían sido “trigo limpio”, pero era para conmigo ese absurdo llamado de atención y, por ser de hijo de alguien que había nacido en ese lugar, de manera mágica y no muy coherente, pasé a ser alguien que sí reunía las condiciones para hacer feliz a Jessica. - Mi mamá me dijo que me vine a la Argentina a buscarme uno de Milagros – deslizó. - Sí, ella bastante se rió cuando le dije que era un colombiano chiviado - apunté. - ¿Qué ya habló con la mamá de ella? Preguntó sorprendida Pablo, con los ojos abiertos, dando la pauta que esta vez no estaba fingiendo. - Sí, en mi casa, a través del whatsapp – señalé. - Le pasé el teléfono para que le hable y se quedó mudo – lanzando la carcajada. - Claro, pero decí cómo fueron las cosas; estabas hablando y de un momento a otro, sin avisarme me pusiste el teléfono en la mano y me dijiste “habla con mi mamá” para levantarte e irte. La descripción de lo sucedido le arrancó la risotada a Pablo que sonó honesta, como si entendiera la sorpresa que me había generado la situación. Recomponiéndose, nos dijo: - Bueno, sigan con lo suyo. Retribuí la sonrisa, pero para mis adentros consideré que la clase para ambas, no se había cancelado. Coloqué mi dedo índice sobre el ícono de impresión que se encontraba desactivado para proseguir. - La persona al colocarlo de esta manera únicamente te permite leerlo, por ese motivo me pasé como cuatro horas haciendo capturas de pantalla que guarde en formato jpg para luego juntarlas en un gran archivo pdf que pudieras manejar. - ¿Pudiste abrirlos? Nuevamente me encontré con la risa nerviosa de Jessica que me dio la pauta de darse cuenta que estaba en falta, con lo cual le pregunté - ¿Podés mostrarme tu mail? – para terminar con el tema. Jessica se abocó a abrir su casilla y mientras tanto eché una mirada sobre la madera de ciprés cuarteada que evidenciaba ser un aglomerado enchapado el material que formaba parte del escritorio usado que había comprado. Luego, me detuve sobre lo que me mostraba la pantalla y me percaté que estaba frente a un equipo vetusto que funcionaba con un sistema operativo de casi dos décadas de antigüedad. Ahí me asaltó otra duda. ¿Cómo era posible que Weissman, quién se manejara vendiendo por internet, nunca comprara un equipo acorde a las necesidades y requerimientos actuales? Mientras consideraba esas cuestiones, lancé la mirada hacia el futón y noté algo más. El colchón y las sábanas estaban marcadas de manera tal que los pies de la persona que lo usaba dejaban huella a un poco más de medio metro del final de la cama. A no ser que fuera una persona alta que colocara su espalda sobre el apoya brazos para leer, el usuario debía ser de muy baja estatura. Con lo que había visto y la manera en que Weissman redactaba en su muro de facebook, la única lectura que este sujeto podría hacer se limitaría a la de los imanes con los cuales tachonaba la heladera para encargar comida en los negocios lindantes. Eso, si no era Jessica la que se encargaba de llamar. Esto me llevó a considerar que Pablo conviviera junto a ellos. Al ver la página de su mail, un estiletazo recibí en el corazón. - ¿No abriste los mails que te envié? - Sí mira – Para apoyar su dedo sobre la pantalla señalándome el único mail que era el que le había mandado cuando estuvo en mi casa y que portaba los links de las páginas que mostraban los libros, pero el resto se encontraban sin haberlos mirado siquiera. Entonces, sin decir palabra alguna, hice click en uno de los sobres cerrados y pasé a una ventana que mostró dos archivos pdf. Moví mi cabeza, como pretendiendo señalárselos. - Ahí los tenés. Trabajé horas para que los tengas y vos ni siquiera te tomás el trabajo de ver qué te estoy mandado. Mi rezongo no pareció afectarle a punto tal que evitó darme disculpas o procurar suavizar la situación ríspida con un gesto acaramelado. Sin embargo, hice click y me dispuse a bajárselos en su ordenador, situación que aproveché para indagar si mi idea de estar frente a una máquina añeja era cierta. Tras unos instantes, estaba seguro de estar en lo cierto. - Jessica, esta es una máquina demasiado vieja – exclamé. - Bueno, es lo que le regalaron a Marcelo Sentenció de manera que justificaba que estuviera un equipo a punto de volverse obsoleto. - Está bien, pero es una máquina con un rígido de 40 gigabytes. - ¿Con eso qué? - Tú celular debe tener más memoria RAM que este equipo – procuré explicarle – las posibilidades de trabajo serán reducidas, con ir navegando en un tiempo esta máquina irá presentado problemas. - ¿Cuáles? - Será cada vez más lenta. - ¿No puedes hacer algo? - Lo ideal es que te compres algo nuevo. - Eso sale dinero. Ante el planteo burdo, revoleé los ojos. Dudé en mencionar que con lo que ella ganaba como prostituta, que es mucho más que un trabajador común y que eso me incluía a mí, podía comprar algo mejor. Lo concreto fue que evité ese punto y planteé: - Lo sé, pero es lo ideal; yo podría venir con un programa optimizador para que borre archivos basura de la máquina que hacen que el equipo funcione con dificultad. Otra opción es que compres un disco externo para guardar los archivos y no ocupar el disco rígido, todo esto hasta que vengas a vivir conmigo. - Bueno, pero si colocas eso… - Optimizador – aporté ante el titubeo de Jessica. - Si eso mejora el equipo, la próxima vez que vengas. - Hay una cosa. - ¿Cuál? - Ver si los discos extraíbles o si consigo un programa que optimice la máquina corra con este sistema operativo de principio de siglo. - Pero tú eres un genio y sabrás resolverlo – y apoyó el codo sobre el respaldo de mi silla. - No son soluciones, al menos no de fondo. - ¿Son provisorias? – dedujo Jessica. - Exacto. - Perfecto – concluyendo de manera tal que dio por terminado el tema. - Te diré que si uno pretende estudiar, es necesario invertir en la formación profesional… - y me interrumpió. - Los estudios acá son gratuitos – se apresuró a apuntar, para bloquear mi argumentación de manera chirle. - En casa viste mis libros, computadora y otros elementos. ¿Por qué crees que los tengo? Te diré que para hacer una buena tortilla no queda otra alternativa que romper huevos. - Bueno, ya no tengo – y lanzó la carcajada. La situación me desconcertaba. Ella no gastaba dinero y tampoco pensaba hacerlo en adquirir algo que fuera óptimo, Weissman tampoco. ¿En qué gastaban el dinero que Jessica generaba? Tal vez mis planteos estuvieran a un nivel en el cual Jessica, por inexperiencia no se percatara aún, pero si estuvieron manejando ventas de manera on line, me parecía de una gran torpeza no haber contado con un equipo adecuado siquiera. Incluso la aparición de esta pieza de museo en la vida de Weissman obedecía a que Jessica comenzaba a estudiar cursando de manera virtual y a su necesidad concomitante. Guardé silencio, tal vez con el correr de los días pudiera comprender. Incluso, sabiendo que podía comenzar a realizar alguna búsqueda vía web de algún programa que mejorara la perfomance de su ordenador, evité hacerlo. Debía chocar ella misma con el problema que le planteaba y que su soberbia le llevaba a desmerecer las observaciones que le formulaba, como si mi experiencia fuera para no tener en cuenta. Sabía que en cuestión de algunas semanas el problema comenzaría a hacerse notar y ahí vendría ella con su pedido de socorro, con lo cual podría exponerle mi planteo desde otra posición, pero esta vez de mayor solidez. Abrí el archivo y comencé a leer la tarea asignada. Era un cuestionario sobre temas políticos que, en procura que los estudiantes aprendan temas teóricos, los cruzaban con sucesos históricos de la Argentina. Jessica me demostró que cierta lectura había realizado, pero sus comentarios estaban en sintonía con la visión ideológica del autor de uno de los libros, lo cual me alarmó. En particular respecto a críticas respecto al régimen peronista considerándolo autoritario. No era que no estuviera en desacuerdo con ese planteo, pero esa afirmación aún citando a las fuentes, podía ser contraproducente. Le lancé la advertencia y Jessica, lejos de entender que procuraba protegerla de una situación incómoda en el cual algún docente, fanático del movimiento político, pudiera corregir su examen de manera antojadiza. - El libro señala eso Gabriel – y se lanzó a la búsqueda del párrafo en donde lo leyó. - Sé que es así, podría darte ejemplos desde el encierro de políticos opositores, la afiliación de manera compulsiva como condición para conservar el empleo, la delación a aquellos que no estuviesen de acuerdo a la política hasta los discursos intimidatorios y amenazantes, pero es una cuestión de cierto riesgo. - No entiendo, si los profesores me dan ese libro, porqué no puedo decir lo que están dentro. - Porque no sabes quién es el que corrige. El titular de cátedra podría tener una línea de pensamiento, pero los ayudantes no pensar igual. - Ellos debieran corregir como quiere la cabeza de la materia – planteo Jessica, de manera coherente, pero pueril. - Es verdad, pero los ayudantes no se eligen por pensar igual, sino por idoneidad académica que la da el desarrollo de su carrera y no sabés con quién te podés topar; además ustedes son colombianas. - ¿Qué tiene que ver? – preguntó mi novia, mientras Pablo levantó su rostro del celular con sus labios apretados por la molestia. - ¿Se puede hablar en contra de Uribe, por ejemplo, en Medellín? ¿Se puede criticar a los paramilitares en zonas manejadas por ellos? ¿O hacer lo mismo con las FARC en zonas que ellos manejan? - Obvio que no – respondió Jessica mientras Pablo se paraba frente a mí y con una voz aflautada y desagradable por lo chillona, me planteó: - Nosotros no conocemos la historia de Colombia y pretenden que conozcamos la argentina. El planteo absurdo me sacó una sonrisa que escondía mis ideas. No podía ubicarla en su situación, a riesgo que terminara peleando con Jessica, pero ese nivel de argumentación me pareció de una pobreza intelectual mayúscula. Si no sabían respecto a la historia de su país, la Universidad de Buenos Aires no tenía culpa y eso no constituía óbice alguno para que aprendan la de Argentina, que eso los enriquecería culturalmente. Además, ellas eligieron anotarse en ésta Universidad y es la casa de estudios la que propone la currícula. En todo caso, de no estar de acuerdo con el plan de estudios, ellas podían optar por otra o bien estudiar en Colombia; eso sí son capaces de poder pagar sus estudios o bien reúnen las condiciones para hacerlo. E inmediatamente Pablo lanzó ideas que yo mismo pensaba cuando era un adolescente, con la diferencia que estaba frente a alguien que doblaba la edad cuando yo pensaba de la misma manera. - ¿Qué tiene que ver estos temas con la carrera que ella estudia? - La Universidad no se debe limitar a formar personas con un mero pensamiento técnico, sino a preparar intelectuales. Sé que las Universidades colombianas tienen esa característica de limitarse a instruir sobre una temática específica, pero acá la idea es otra. - Está bien, pero nosotras somos colombianas. - Los cursos son generales. No se van a dictar clases especiales en materias de grado para extranjeros y otras para nacionales. Además, vos elegiste esta Universidad, si querés hay otras opciones. - Sí, pero hay que pagar – apuntó Pablo elevando su tono rechinante, haciéndolo mucho más molesto. - Hay universidades nacionales en el interior del país que no son aranceladas, pero debes irte a vivir allá. Tras lo cual creí que su impertinencia y desagradecimiento ante las posibilidades que se le estaba brindando habrían terminado, pero en minutos me daría cuenta que no, que las mismas eran inversamente proporcional a su estatura. Intente seguir avanzando con los temas aunque noté un intercambio de miradas entre Jessica y Pablo, el cual ignoré. En un alto de mi lectura y lo que acotaba, Jessica me preguntó: - ¿Esto Gabriel? Señalándome marcas en mi camisa y, restándoles importancia le expliqué a qué se debían: - Cuando iba hacia la facultad sufrí unas salpicaduras por el paso de un camión. - ¿No te regresaste a cambiarte? - Llegaría tarde. - Igual la camisa y el pantalón están sucios – remarcó Jessica. - ¿Tenés idea que donde trabajo me ensucio con colorantes, tengo que tirarme al piso? No es lo mismo trabajar en un laboratorio que cuando voy a dar clases en la cárcel. Tras mi explicación, Pablo no dejó pasar la oportunidad para meter el dedo en la llaga y destilar su ponzoña. - Un profesor que se vista de esa manera yo no lo respeto – a la vez que meneaba la cabeza de lado a lado desaprobándome. La contemple unos segundos e hice un esfuerzo para no decirle de todo, cuando Jessica intentó justificarme con otra personas que ella conoció, que siendo intelectuales, no son cuidadosas con su aspecto. - Supongo que a las personas se las debe respetar por una cuestión de educación – Deslicé ante el silencio y la cara de Jessica que se mostraba alterada por la crítica de su amiga. Unos minutos más tarde, Pablo se levantó y nos advirtió: - Los dejo solos, pórtense bien – Para reírse de manera pícara y salir por la puerta e irse del departamento sin echar llave a la puerta y dejándonos en compañía de la tercera Gnosienne del compositor francés. En esos momentos pensé que la situación se aflojaría e incluso que la mirada obedecía a que Jessica quería que Pablo se retirara, para estar en intimidad. - ¿Qué te ocurre Gabriel? - ¿Con qué? - En venir de esa manera. En estar vestido de esa forma. ¡Qué vergüenza! Pablo le contará a todas mis amigas en el estado en que estás. - ¿Y a vos eso es lo que te importa más? - Me importa todo – señaló dando signos de estar molesta. - Bueno, ya te expliqué los motivos y creo que hay cosas que hice y hago por vos que son mucho más importantes e imagino que sabrás valorarlas. - Sí, pero no puedes venir así, sucio, desprolijo y con ese hedor. - ¿Hedor? - Si, a sudor. - ¿Por qué piensas que estoy oliendo así? - Porque no te has bañado. - ¿En serio lo dices? - Claro. - ¿Has salido a la calle hoy? - Yo cuando salgo, aunque sea a comprar al supermercado me ducho – me indicó sin un pizca de rubor. - También yo, pero salí hace horas y hace como cuarenta grados. Vos hablás cuando estás todo el día acá dentro, con refrigeración. - Marcelo también trabaja afuera como tú pero él cuida esos detalles y jamás le sentí ese olor. - ¿Dónde trabaja él? – indagué con inocultable fastidio por lo hiriente que me compare con Weissman. - ¿Qué tiene que ver eso? - Dejame responderte. Trabaja dentro de una dependencia refrigerada ¿verdad? Y por acá en el centro, con lo cual no tiene casi que viajar siquiera; pues yo no la tengo tan simple y jamás la he tenido. Lo siento, pero una cosa es cuando salgo a pasear y vengo desde casa, otra es cuando regreso de trabajar. - Tu actitud me sorprende y no me gusta para nada. - ¿Mi actitud? ¿Cuál? ¿La de ayudarte? Ignoro los motivos por los cuales hizo silencio, situación que aproveché para insistir: - Estamos a una semana y media de tu primer parcial y aún no terminamos la primera unidad. ¿Quieres que sigamos? Jessica asintió con un mohín de desdén a la vez que se levantó dejándome en compañía de “Embryons Desseches” que brotaban del destartalado parlante de la computadora. Al rato regresó con una banana en la mano a la cual ya le había dado un mordisco. - ¿Quieres? - No – Pero no era por falta de hambre, la molestia me embargaba. Jessica tomó la punta y la quebró. - Tome. - Dije que no – y me colocó el pedazo en la boca. - Al final usted quiere que me coma su banana – dije de manera irónica mientras masticaba, con lo cual le arranqué una carcajada. Jessica se sentó sobre el futón mirándome en silencio. - Ven – su pedido y la manera en que lo hizo, me llevó a que me resultara imposible negarme. En un segundo estaba sentado a su lado y ella me apoyó su cabeza sobre mi muslo. Comencé a acariciarla cuando una voz se dejó oir que advertía de un nuevo mensaje de voz, el cual Jessica ignoró mientras recibía mis caricias y comenzó a explicarme el tema de las deudas que mantenía en Colombia, hasta que una música sonó desde su teléfono. El ringtone me resultó conocido, pero supuse que lo habría escuchado de alguna otra persona. Ella se levantó pegando el teléfono al oído, escuchando sin responder. Se sentó en la silla y me dio la sensación que quería que prosiga con mi ayuda, y le indiqué: - Esto es demasiado largo; hay que hacer un resumen – para sentarme a su lado, nuevamente enfrente a la computadora. Sin decir una palabra se me abalanzó, lo cual me llevó a pensar que me besaría. Sin embargo, tras pasar su cuerpo por encima de mis piernas, abrió uno de los cajones que estaban a mi izquierda, del cual extrajo unas hojas de las que le había regalado para que usara como borrador. Se reincorporó y la colocó sobre el escritorio a la vez que la golpeó con firmeza con la palma de su mano dándome la pauta que lo haga de manera imperativa. Quedé sorprendido por su gesto. Esperé que demostrara que estaba bromeando, pero no, tan solo era una actitud desprovista de todo tipo de consideración y buen gusto. Para ella era mi obligación; punto. No obstante, decidí hacer mi reclamo. - ¿Te parece qué es la manera de pedírmelo? Entonces me topé con una mueca, tras lo cual redoblé mi apuesta de invitarla a la reflexión, pero sin darme cuenta de que caía en un nuevo acto de estupidez de mi parte y la azucé invitándola a la consideración - ¿Vos realmente querés casarte conmigo y formar una familia? Tan solo obtuve una sonrisa de fastidio y me instó: - ¡Estamos apurados! Haga ese resumen – olvidándose de la más mínima educación. Resoplé demostrando mi molestia de manera estéril y me aboqué a recorrer leyendo las páginas del libro. Los conceptos de sociología, política e historia iban surgiendo de mi voz alta, los cuales mechaba con la ampliación de los sucesos a modo de que conozca la historia argentina y que entendiera las ideas. Yo, mientras tanto no sacaba los ojos del monitor o de las hojas a las cuales trataba de dar forma a un resumen de la información contenida dentro del archivo. Todo esto hasta que me sacudió con una advertencia: - Bueno; te tienes que ir – con el celular en la mano. - ¿Por? - Se hace tarde – sonriente. - ¿Tarde? Entonces miré el reloj del monitor que marcaba que aún no eran las cinco y media y le señalé el ángulo derecho inferior de la pantalla, para hacérselo notar. - Viene un cliente. Argumentó para mi asombro, ya que no había escuchado que su celular emitiera algún sonido. - ¿Un cliente? Tras lo cual agitó su cabeza de manera afirmativa para levantarse y tomar los papeles del escritorio para armar una pila con ellos. - ¿Te puedo pedir un favor? Le dije mientras le sujeté la mano izquierda, para agregarle: - ¿Te podés quitar el anillo? - ¿El anillo? – preguntó extrañada. - ¡Si, el anillo de mi madre! Te lo entregué como símbolo del lugar que quiero que ocupes, pero no para que agarres el pene de otro hombre con él puesto. ¿Se entiende? Tras lo cual acomodó los papeles sobre el escritorio, se sentó y con la mano derecha, rápidamente pero sin ocultar su molestia, de un tirón se lo quitó e inmediatamente lo remachó en mi palma derecha para señalarme: - Tomálo, me lo dará en otra oportunidad. No miré el gesto que realizó al dármelo, tan solo apreté mi puño con él dentro, como si pretendiera preservarlo o protegerlo del desplante o, como si de esa manera evitara que mi madre viera la ignominia que estaba padeciendo. En un segundo me paré y al verla estuve seguro que no entendió lo que pretendía. Mi comentario, como mi esfuerzo para que estudie, fue como pretender arar en el mar. Sin embargo, para ser honesto, eso lo comprendí días más tarde, en ese momento como si fuera un perro bulldog, asido al cuello de su víctima, no la soltaba aunque estrellaran sobre él palazos y patadas. - ¿Te das cuenta que es una cuestión de respeto? Al tiempo que colocaba el anillo en el bolsillo de mi pantalón, para lo cual me levanté apenas del asiento. - ¿Respeto? Preguntó girando brevemente su cabeza, pero sin posar su mirada en mí, como si la sorpresa la hubiese invadido. - Respeto por mi madre – Agregué, lo que para mi era ocioso. - Bueno. Guardá todo, que te tenés que ir. Expiró con fuerte sonido, dándome pauta de estar fastidiada, se levantó y tomó el vaso con el cual ella me había convidado agua para llevárselo tomando rumbo hacia la cocina. Era tal mi tristeza que no la miré irse. Levanté mi maletín, lo acomodé sobre el escritorio para abrirlo y en un santiamén metí mi bolígrafo adentro dejándolo suelto entre los papeles debido a la molestia que me embargaba. Lo cerré, acomodé la banderola sobre mi tórax y culminadas mis tareas, me levanté para toparme con ella que venía hacia mí. - ¿Te parece correcto que me eches de esta manera cuando estoy ayudándote a preparar tu examen? - Te dije que viene un cliente – me remarcó. - Al cual atendiste mientras yo te hacía el resumen y explicaba. Insistí molesto, pero de manera peligrosa por la reacción de Jessica. No obstante, traté de poner el foco en lo que consideraba parte del problema: - ¿Por qué no te preocupás un poco por mi? - ¿Quién se preocupa por mí? ¿Eh? La pregunta de ella me desconcertó de manera tal como si me hubiesen dado un golpe al hígado. ¿Debía desgañitarme en explicarle todo lo que había hecho por ella? ¿Tenía sentido? ¿Era estúpida o estaba frente a una pose que estaba adoptando o decididamente era una desagradecida? Se me aproximó rauda y me estrelló sus labios sobre los míos, que no llegaron a responder el beso que me había dado; era tal mi estado que no sabía qué debía decir y hacer. - ¡¿Cómo?! Preguntó elevando el tono para demostrar su molestia, tras lo cual agregó: - ¿Me vas a rechazar ahora? - No podés tratarme de esta manera – me limité a insistir. - ¡Andá! La puerta de calle está abierta. Me dijo señalando hacia atrás la puerta de la vivienda, marcándome el rumbo y echándome. Y con su actitud, haciéndome sentir miserable. Injustamente miserable. Caminé los metros hasta abrir la puerta, cabizbajo. Esa actitud la tuve todo el trayecto hasta toparme con la puerta de calle, que para prolongar mi calvario, estaba cerrada. Podía haber esperado a que alguien arribara o saliera del edificio y me franqueara la salida, pero vaya uno a saber el tiempo que demoraría en suceder. Además, podría suscitarse alguna discusión con algún vecino por pretender salir sin compañía de alguien del edificio. Volví por más desprecio. Subí y toqué el timbre. En segundos abrió la puerta, seguía vestida como la había dejado. Al verme, frunció el seño. - La puerta estaba cerrada. Tendrás que bajar a abrirme – dije con un tono de revancha a sabiendas de estar molestándola. En silencio tomó el manojo de llaves que colgaba de un gancho apoyado en la pared. Salió y cerró la puerta de malos modos. Abrí la puerta del ascensor y la dejé pasar. Una vez adentro pregunté: - ¿Se puede saber qué te pasa? Como respuesta, obtuve un gesto grosero. Traté de hacer las paces con ella y me aproximé para besarla. Giró su rostro hacia la izquierda de manera vehemente, como claro signo de rechazo. Sorprendido atiné a decirle: - Mi amor, por favor Esto con la única finalidad de llamarla a la reflexión acerca de su comportamiento. Como respuesta obtuve un golpe seco, firme, perfectamente dado con sus manos sobre mis hombros que me arrojaron hacia atrás para que mi cabeza se estrellara contra la pared del ascensor. Sorprendido la miré, sin poder emitir sonido alguno. Podía mencionarle que en mi estado aún no podía hacer movimientos bruscos, que no merecía ese destrato, que era una desagradecida y mil ideas más, pero si bien todas estaban en mi cabeza, la situación me superó al ver su rostro trasfigurado que me mostraba los dientes de su maxilar superior, como si fuera un perro amenazante. Desistí de todo intento de acercamiento; no sólo no merecía pasar por semejante humillación, sino que ignoraba si devolvería un golpe a los que ella me propinaba. Y vaya uno a saber cómo terminaría esa escalada de violencia que Jessica promovía de manera insolente. Cuando el ascensor llegó a planta baja el sabor amargo que me produjo su empujón y sus absurdos reclamos, no se desvanecían. Abrí la puerta y la dejé salir en primer lugar; las gracias por mi caballerosidad brillaron por su ausencia. En realidad, en esta ocasión sería muy pueril esperarlas, pero bien dice el refrán que la esperanza es lo último que se pierde. Salí del habitáculo y cerré ambas puertas, mientras ella jugueteaba nerviosa con el manojo de llaves como si pretendiera apurarme con su actitud. Al ponerme a caminar ella se apresuró en un paso determinado en dirección a la puerta de entrada al edificio. En otra oportunidad habría aprovechado la ocasión para recorrer con la vista el espectáculo de su maravillosa silueta al caminar, pero esta vez producto de mis sentimientos contrariados, no le presté atención a pesar de sus pantalones ajustados que le marcaban sus piernas y cola. Recorrí los metros para llegar a la puerta de calle, sintiendo los pasos de ella presurosos y que marcaban un ritmo acelerado; como si le resultara imperioso deshacerse de mí. Como si necesitara librarse de mi estorbo. Al llegar a la salida, me coloqué a un costado mientras ella se lanzaba a la cerradura, como perro hambriento a la comida, sin mirarme siquiera. Sus maneras torpes que describía al girar sus muñecas provocaron varios chasquidos producto de los choques sucesivos del llavero golpeando contra el vidrio y el marco. Musité un pedido de calma, para arrancarle un nuevo gesto de fastidio. Tras unos segundos logró abrirla. Era evidente que así como es imposible callar cerdos a latigazos, también era obtener un atisbo de don de gente en Jessica en ese momento. Opté por guardar silencio, no porque fuera lo que ella merecía, sino porque era lo pertinente para mí. Enmudecí mis reclamos por un trato apropiado pero sin embargo procuré darle un beso de cortesía. Nuevamente alejó su rostro, con un gesto de desagrado a la vez que emitió un gruñido hosco, como un animal que advierte sobre su malestar. Di un paso hacia afuera del edificio y sentí el peso de su mano sobre mi hombro y, antes de que pudiera girar mi cabeza hacía ella, me encontré impelido hacía delante. Me había empujado sin misericordia ni consideración alguna. Me echó de igual manera como si arrojara una bolsa de basura de manera clandestina. Impertérrito miré al piso para ocultar la vergüenza que me invadía. Sentí como mis orejas se acaloraban y mis sienes comenzaban a latir, pero no por el calor, que para ese entonces había amainado. Opté por no mirarla, cosa que en ese momento no entendí y que luego le di las gracias en varias ocasiones por múltiples motivos, en el devenir de los días sucesivos, a medida que iba repasando esos sucesos. Me largué a caminar decidido sin mirar hacia atrás con mi alma desmenuzada. Al llegar a la esquina me detuve. Miré al cielo hasta que mis ojos aguachentos y lo que me quedaba de dignidad me lo permitieron. Una señora de melena blanca y rulienta con una blusa de igual color y pollera celeste detuvo su pausada marcha al verme. ¿Sería mi rostro tan gráfico del maremágnum de pesares que sentía albergar? La esquivé raudo antes de darle tiempo a que pudiese preguntarme sobre mi llanto. Apresuré mi marcha, buscando de escapar de la ignominia que sentía y, en un tiempo casi récord, me encontraba por la calle Córdoba dispuesto a abordar el colectivo que me trajera a casa. Ignoro si fue mi imaginación, pero sentía la mirada incisiva del inspector sobre mi humanidad, como tratando de sonsacar que me ocurría, lo que me hizo bajar la vista hasta ascender al vehículo. Tras pagar el boleto, me dirigí al fondo sin levantar la vista del piso para que nadie notara mi rostro, al cual sentía desfigurado. Al sentarme, sentí la frescura del aire acondicionado, lo que me produjo un alivio que me recorrió por todo el cuerpo. Tímidamente levanté la vista para darme cuenta que era el único pasajero, con lo cual apoyé el rostro sobre la fría ventanilla para quedarme dormido. Tras llegar a casa fui directamente al baño. Abrí la canilla y pasé mi mano bajo el chorro de agua para llevarla a mi cara. Mientras la bañera se llenaba, me desvestí y en descuido contemplé mi rostro en el espejo del botiquín. Los ojos estaban hundidos, como si se hubiesen secado como dos uvas pasas. Me aproximé para verlos con más detalle, para notarlos rojos, cosa que me preocupó. Decidí bañarme y, de seguir con ese aspecto, iría a la guardia del hospital, ya que recordaba las palabras del médico acerca de los cuidados que debía tener para evitar un rechazo a mi trasplante. Tras lanzarme bajo de la lluvia y procedí a enjabonarme con cierta presión, mayor de lo común. Me descubrí que no solo me sentía humillado, sino sucio y con una infinita vergüenza. ¿Ante quién? Ante la memoria de mi madre. Por momentos imaginaba los sentimientos de ella al ver como soportaba las afrentas gratuitas. Levanté la cara con los ojos cerrados y la lluvia diluyó mis lágrimas, a la vez que me trajo un efímero alivio. El no haber respondido a la agresión con otra. Eso era indigno de mi, aunque la situación que ella proponía, digamos que lo propiciaba. Pero era yo, y la educación que me dieron, la que no merecía ni ese trato ni una reacción mía equivalente. Consideré, aunque victoria pírrica quizá, que esa actitud que ella interpretaría como falta de hombría, era un acto de profundo respeto a lo que me trasmitieron. Es decir, había sido digno frente a lo que mi madre me había inculcado. Tras terminar la ducha y secarme me miré al espejo. Mis ojos ya habían vuelto a un aspecto normal, lo cual me tranquilizó. Tomé la toalla y mientras me secaba el cuerpo, extraje del bolsillo del pantalón que pendía del gancho, ese símbolo sagrado que con revulsivo desdén Jessica me regresó, demostrando que no supo entender su significado de amor y honor. Lo coloqué cuidadosamente sobre la palma de mi mano y lo elevé a la altura de mis ojos. Quizá fuera un efecto de reflexión múltiple de la luz al dar contra el circonio y los espejos; no lo sé, pero lo noté brillante. Cerré el puño y lo llevé al viejo estuche color mostaza, tras lo cual lo devolví al armario, con la promesa que si fuera vuelto a usar por otra persona, esa debería dar muchas más pruebas que avalaran de ser digna como para portarlo.
  12. Si, yo lo consideraría uno de los elementos. Porque pibes con historias iguales o peores, he conocido y un montón. Y pibas con historias calcadas a la de Vanessa, también. Y son las que salen en los medios cuando aparecen violadas. Como mencioné antes, de estas historias en esos barrios, tengo como para hacer dulce. Y de eso casi no sale a la luz porque sino sería reconocer que estamos desde hace décadas en una crisis social. La cual no solo explica los rayes de las traviesas, sino miles de cosas más. Parte de la inseguridad, el consumo de drogas, la caída estrepitosa del nivel educativo, parte de la desocupación, la violencia social, etc. Cuando comencé, a principios de la década del 90, me sorprendió como la desocupación impactaba socialmente. Pibes que vivían en la calle, escapados de sus casas porque los padres eran alcohólicos y se habían dedicado a la bebida por no conseguir empleo. Entonces obligaban a tomar a los pibes, que no querían porque veían el efecto que tenía el alcohol en sus padres, motivo por el cual los padres los golpeaban severamente. En el interior está el término "macharse" (emborracharse, pero al tiempo es hacerse macho) por lo cual, cuando el hijo rechazaba el alcohol, el padre lo interpretaba como mariconería, motivo por el cual lo terminaba azotando. Los pibes terminaban huyendo de sus casas. Algunos, seguían en la escuela, otros...terminaban en la buena de Dios. Me acuerdo cuando un pibe armaba las hojas de carpeta con papeles que levantaba de la basura.Las cortaba, agujereaba y sobre ellas escribía. Bueno, basta, la corto con la pálida (como se decía antes), rueguen porque aparezcan más historias trans tumberas o que las pibas bajen los precios... O, que termine la puta novela.
  13. Si. Y en esos barrios...es lo que abunda. Traje esta, por la cuestión que estaba involucrada una trans, pero de estas así hay para hacer dulce. Los llamo los nuevos desaparecidos, aunque el término no guste e incluso irrite a algunos. Pibes que comienzan a robar, son atrapados y reclutados por la cana para que roben para ellos. Luego, si se quieren abrir, los liquidan y los hacen ver como logros policiales contra la inseguridad...también conocí. Y no adentro, sino en colegios. Pero sobre esa cuestión, no abordaré. Tengo algún cuento que debiera ser pulido que habla de esta cuestión. Pero eso, si sale, lo leerán por algún otro canal.
  14. Hay pajaritos que se entrampan por presumidos. Más que buen culo, me parece que es un bofe...No es apto para consumo humano.
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