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Peru: La casa de los sueños cumplidos

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    Escribe: Albert González Farran* | Sociedad - 24 oct 2009



    “Antes que puta, es mujer”. La sentencia viene de un tal Alejandro, un hombre que frecuenta habitualmente los prostíbulos de Juliaca y Puno. Su frase lapidaria resume el tratamiento preferible que se debería conceder a las trabajadoras del sexo, no sólo porque se trata de uno de los oficios más antiguos del mundo, sino porque son personas y, además, ejercen una labor social estimable. Sin ellas, los sociólogos aseguran que el índice de violaciones sexuales y agresiones físicas saltaría por las nubes.
    Gabriel García Márquez, en su novela Memoria de mis putas tristes (2004), describe que acostarse con una prostituta es como “hacer el amor sin amor”. Admiración, necesidad, jovialidad, juventud, sentido, atracción... son algunas de las numerosas sensaciones que se desprenden de la relación cliente-prostituta en esta novela. Y son bien reales. De hecho, hay una obra precedente, La Casa de las Bellas Durmientes del premio nobel japonés Yasunari Kawabata, que también se entromete en el fascinante mundo de la psicología de las mujeres y de sus clientes.
    En cualquier caso, pese a que el sexo pagado es un asunto recurrente en todas las sociedades, no deja de ser un tema tabú. Y el altiplano peruano no es ninguna excepción. Instalar negocios de este tipo suele levantar airadas críticas de los sectores más conservadores. En Juliaca, en alguna ocasión se han provocado incendios de locales donde se presumía que las mujeres vendían sus cuerpos.
    Ahora, bien entrado el siglo XXI, aunque siguen habiendo duros frentes de oposición, la situación ha llegado a cierta estabilidad. Y Juliaca se presenta como una de las ciudades donde el sector de la prostitución convive con cierta paz con la sociedad. Su mayor exponente es, sin duda, el club Las Conejtias, por ser un local de grandes dimensiones donde decenas de chicas, procedentes de distintos puntos del país (incluso del continente), trabajan en óptimas condiciones.
    En claro contraste con otros lugares donde la prostitución se ejerce de forma muy precaria (léase La Rinconada), en Juliaca esta actividad está dispuesta de forma que su presencia es más que ideal. Concentrada en el Parque Industrial Taparachi, más de una decena de empresas de transportes (taxis y furgonetas) se desplazan diariamente al lugar, donde además de Las Conejitas hay otros dos clubes de condiciones parecidas. Otro cantar son las decenas de night clubs (en algún momento llegaron a ser más de ochenta) que hay en repartidas por el centro de la ciudad y donde las condiciones de salubridad, ubicación y servicio no son las óptimas.
    COMO EN CASA
    Jóvenes, atractivas, profesionales, joviales, imaginativas... En Las Conejitas hay de todo un poco. Actualmente, trabajan 37 chicas (la mayoría entre los veinte y treinta años de edad) y tienen ocupadas todas las habitaciones disponibles en el local. “Tenemos una larga lista de espera de mujeres que quieren venir a trabajar a nuestro club”, asegura su administrador, Mario Pinto Rodríguez. Y es que incorporarse a Las Conejitas es todo un lujo en comparación a lo que se sufre en este mercado. Todas las habitaciones están climatizadas, disponen de aseo personal y un teléfono como medida de seguridad. Suelen ser profesionales de todas de las regiones del Perú y de diversos países (Bolivia, Chile, Ecuador, Colombia...). De todas partes, menos de Juliaca, por razones obvias.
    La inmensa mayoría son madres solteras e incluso hay una sala habilitada en el club para que sus niños puedan estar atendidos de forma debida mientras ellas cumplen con su jornada laboral.
    En cualquier caso, las prostitutas no suelen estar mucho tiempo en un mismo local. Pese a que las condiciones de Las Conejitas es envidiable, es necesario que haya una rotación. Ninguna de ellas se queda más de unos meses en un mismo club, porque ello podría provocar la monotonía y el aburrimiento de los clientes. “No es bueno que haya siempre las mismas chicas y es interesante ver caras nuevas regularmente”, comenta Alejandro tras hacer un repaso a las chicas que, vestidas con muy poca ropa, esperan en el umbral de la puerta de sus cuartos.
    La tarifa mínima por un servicio de una media hora es de veinte soles. Un precio relativamente caro, en comparación con otros locales, pero en Las Conejitas se asegura un buen trato al cliente. Se puede tomar alguna bebida en la habitación, la chica se encarga de hacer los preparativos e incluso de disponer de preservativos. Los servicios vienen en función tanto del precio, como de la creatividad de la chica y, obviamente, de su responsabilidad. “Nosotros no dictamos qué se debe hacer y qué no”, sentencia el gerente del local. Aunque el sexo vaginal y las felaciones son los servicios más frecuentes, es decisión de cada uno y del trato que hagan cliente y prostituta la opción de elegir otras modalidades un tanto más peligrosas. “Lo que ocurra dentro de las habitaciones, siempre y cuando sea de mutuo acuerdo, no es responsabilidad nuestra”, insiste Mario Pinto.
    La higiene es, en todo caso, una condición imprescindible. No sólo para la seguridad del usuario, sino principalmente para la integridad de la profesional. De hecho, ellas deben superar regularmente las preceptivas pruebas médicas si quieren trabajar en Las Conejitas. “No nos la podemos jugar porque de nuestra salud depende que nuestros clientes puedan estar tranquilos y venir frecuentemente aquí”, comenta Kiara, el nombre ficticio de una mujer real que trabaja en este prestigioso prostíbulo de Juliaca.
    El perfil de los clientes de Las Conejitas es ampliamente diverso. A primera hora de la tarde, a las cuatro, cuando abre el local, suelen llegar los usuarios más jóvenes (evidentemente, mayores de 18 años) y es al final de la jornada (se cierra a las once de la noche) cuando van llegando los clientes más maduros. “Todos saben a qué vienen y por eso no suele haber muchos altercados”, añade Pinto.
    Las personas que presentan síntomas de embriaguez no pueden acceder a las instalaciones. “Es normal”, apunta Kiara medio sonriendo, “nadie en este estado puede funcionar luego en la cama”.
    Y, tras cinco años de existencia, el club Las Conejitas sigue siendo el estandarte de un sector que debería formalizarse. Hay mucho trabajo por delante, sobre todo de sensibilización entre la sociedad y, por supuesto, un compromiso de la administración para que se hagan las cosas bien. La prostitución es una actividad tan legítima como cualquier otra y se debe considerar así para que no se registran casos lamentables en numeras ciudades peruanas.


    Fuente: http://www.losandes.com.pe
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