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    “Una violación es algo malo. Esa es la única forma de sexo que condeno. Todo lo que implica consentimiento es fundamentalmente una cosa buena. El sexo es bueno.” Esa fue la declaración de principios y el lema de la militancia de Scott O’Hara, un actor con la rara habilidad de unir su boca y sus genitales y que se convirtió en la voz de la disidencia dentro del mainstream gay poco después de saber que vivía con HIV.

    ”Si usted no tiene la libertad de estar equivocado, no tiene ninguna libertad en absoluto”, se leía en la revista Steam, creada y dirigida por Scott O’Hara, el actor que, en 1998, a los 36 años, murió de sida. Veintisiete películas porno, tres libros y dos revistas son su legado. La polémica, el escándalo y la incorrección política estaban grabados en su personalidad, al igual que sobre su hombro llevaba escrito HIV + con letras negras. En sus últimos años ese tatuaje fue su sello, como también lo fue esa sonrisa maliciosa y encantadora que, en el mejor de los casos, opacaban sus 28 cm (11 pulgadas, según las contratapas de sus videos). Con esos atributos, Scott O’Hara supo ser la voz de la disidencia: “En los esfuerzos del establishment gay por reprimirme, veo las semillas de la tiranía”, decía.
    Autopornografía

    Como muchas otras, la historia de Scott O’Hara comenzó en un suburbio llamado Pass, en el estado de Oregon, Estados Unidos, y como muchos otros gays de provincia tuvo una única opción: escapar. Después de un año en la Universidad de Dallas, se mudó a San Francisco en 1981, el lugar elegido por los gays que buscaban un poco de libertad. Con 20 años comenzó a trabajar como taxi-boy y le fue muy bien, ganó mucho dinero. La notoriedad llegó en el año ‘83 cuando en el Club Barbados ganó un concurso y recibió el título de “La Pija más grande de San Francisco”. Desde ahí los pasos al estrellato en el cine triple X fueron muy pocos. Actuó en una veintena de películas de temática gay y bisexual. Tuvo su primera experiencia sexual con una mujer en pantalla y realizó En tus sueños más locos (1987), primera película XXX en la que se usó preservativo. En la mayoría de estos films demostraba su rara capacidad de auto-fellatio, práctica que reconoció como “insatisfactoria y dolorosa” –“la última vez necesité un quiropráctico”, revelaría después–. Y sin duda por esto es por lo que más lo recuerda la mayoría del público. “En mi vida privada muchos me han acusado por no ser solamente activo. En el cine era lo mismo: cuando tienes un gran miembro, los directores te quieren para una cosa: tu capacidad para coger. En la vida ocurre lo mismo”, escribió en 1985. Pero las discusiones acerca de posturas amatorias terminaron cuando O’Hara reconoció públicamente su enfermedad. Hasta el tamaño dejó de ser importante: ya nadie le preguntaba por la longitud de la mejor parte de su currículum. “Lo que todo el mundo quiere saber ahora es: ¿qué es lo que te hace reír?”, dijo en su última entrevista.
    Impreso en la carne

    En 1987 notó una lesión en su pierna y creyó que era una quemadura. Dos años después se comprobó que era sarcoma de Kaposi. Tomar conciencia de su enfermedad lo afectó profundamente y esto provocó un giro en su carrera profesional. Se tatuó HIV + sobre el hombro izquierdo. Era su forma de decir “estamos entre ustedes”, pero también era su declaración, su manera particular de evitar discusiones y explicaciones. “Si estoy teniendo relaciones sexuales con alguien que no sabe que soy HIV positivo, me pasa que la mayor parte del tiempo me preocupo por cuándo lo van a averiguar. Si estoy pensando en eso, no estoy pensando en sexo. Es más fácil para mí: lo saben desde el principio y deciden.” Está claro que una vez que O’Hara hizo pública su enfermedad, las ofertas de la industria porno desaparecieron.
    Vapor

    Alejado del cine a mediados de los ‘90, se instaló en Wisconsin en una granja a la que llamó Little Dick (Pitito); allí se decidió a escribir y, con la colaboración de muchos amigos que compartían sus ideas, publicó dos de las más respetadas revistas sobre temática queer: Steam (Vapor), una revisión intelectual de las relaciones sexuales, y Wilde, una revista de cultura.
    Originalmente, Steam fue una revista que brindaba información a los consumidores de baños, hablaba de los establecimientos como puntos de encuentro. Pero el proyecto creció y al poco tiempo se convirtió en foco de controversia en cuanto al debate sobre sexo público y sexo seguro. Las acusaciones no se hicieron esperar: se atacaba a la publicación por alentar el sexo inseguro.
    A fines de la década de los ‘80 y principios de los ‘90, el gobierno norteamericano comenzó a diseñar estrategias destinadas a acabar con las prácticas sexuales de riesgo como medida de precaución contra el sida. Gran parte de las medidas apuntaba a los clubes de sexo gay. Para ese entonces, la cantidad de público que asistía a estos lugares había disminuido y muchos investigadores se negaban a participar de los proyectos porque entendían que atentaban contra la libertad de expresión sexual.
    En la ciudad de San Francisco, sin embargo, el Departamento de Salud Pública, junto con la policía, comenzó a clausurar clubes de sexo gay debido al “deficiente mantenimiento de los edificios”. Se creó la Coalición para el Sexo Saludable (CHS) que, entre otras cosas, otorgaba “Premios de Excelencia” a los lugares que tuvieran una iluminación adecuada y promovieran el “sexo saludable”. Todas estas acciones fueron entendidas por una parte de la comunidad gay como destinadas “potencialmente a terminar con el sexo entre hombres en los clubes de San Francisco” (O’Hara, revista Steam Nº 5). Diarios como el San Francisco Chronicle, que se manifestaban abiertamente friendly, dejaban bien en claro la cuestión: el problema con el sida lo estaban causando las personas que estaban teniendo sexo en público, idea con la que estaba de acuerdo parte de la comunidad gay mainstream.
    Steam y su staff dejaron en claro su postura: “Steam existe con el objetivo de alabar al sexo de todos los tipos, incluso alabamos al sexo aprobado socialmente, por ejemplo entre esposo y esposa, en privado, en una habitación a oscuras en la posición del misionero. La triste realidad, en la que no se piensa, es que cualquier cosa fuera de estos parámetros es ilegal en algún lugar de estos libres EE.UU. (...) Cada vez que alguien habla de un tipo de mal sexo, está haciendo una racionalización de que el sexo es malo. No estoy de acuerdo completamente. Una violación es algo malo. Esa es la única forma de sexo que condeno. Todo lo que implica consentimiento es fundamentalmente una cosa buena. El sexo es bueno. Sí, hay en la vida cosas por las que es apropiado sentirse culpables, pero el sexo no es una de ellas.”
    El legado

    Además de sus revistas, Scott O’Hara fue un escritor con un estilo lleno de franqueza, humor y humildad. Publicó tres libros: Hazlo tú mismo: pulido de pistones (para no mecánicos) (1996), su biografía Autopornografía: una memoir de la vida en el camino de la lujuria (1997) y Rara vez puro y nunca simple: ensayos seleccionados de Scott O’Hara (1999), este último publicado después de su muerte.
    Durante los últimos meses de su vida entabló una gran amistad con el periodista y escritor Owen Keehnen. Una semana después de la muerte de O’Hara, el periodista recibió un paquete con una nota que decía: “Esta es la última oportunidad que tienes de hacer conmigo lo que quieras”. Dentro de ese paquete estaban sus cenizas. Con gran acierto, Keehnen decidió arrojar una parte en El Hombre del País, uno de los baños favoritos del ex astro del porno, activista y escritor. El resto cayó en el Shakespeare’s Garden local, un tipo de jardín que en los países anglo cultiva plantas mencionadas en las piezas del gran William. Sin duda, los dos lugares combinados le hacen honor.


    Fuente: pagina12
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