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Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

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    Introducción
    Feminismo. Psicoanálisis. El feminismo -así, en general-, las teorías feministas, también en general, se postularon como un desafío insoslayable para el psicoanálisis. Y el psicoanálisis, así en general, siendo como lo que es, el edificio teórico más complejo y riguroso que tenemos para albergar nuestros interrogantes acerca de la constitución subjetiva y la construcción del sujeto psíquico, tiene mucho que aportar al feminismo.
    En las últimas décadas, los feminismos y los psicoanálisis, han contribuido a la visualización de ciertos fenómenos -injusticias, discriminaciones y desigualdades de todo tipo entre hombres y mujeres- que el patriarcado como sistema de explotación mantenía ocultos. Juntos, feminismos y psicoanálisis, han contribuido a la visualización de la violencia doméstica (eufemismo con el que se alude a las mujeres golpeadas) y a la visualización de la violación como práctica corriente que ha llevado a la inclusión en el Código Penal de un nuevo delito: la violación dentro del matrimonio.
    Juntos, han teorizado acerca de la violencia que supone la penalización del aborto.
    Juntos, han aportado a la denuncia del maltrato infantil, al diagnóstico del niño apaleado.
    Juntos, abordaron el abuso sexual en la infancia y el incesto paterno-filial cuando aun no había llegado a tener el protagonismo que tiene en la actualidad.
    Pues bien: este libro se centra en la explotación comercial sexual a la que habitualmente se alude como “prostitución”. Como ocurre frecuentemente cuando un fenómeno como este comienza a dominar la escena, surge la duda acerca de si hay un aumento de ésta práctica -si en la actualidad hay más prostitución que antes- o si se trata de algo que estaba allí, desde siempre, sólo que ahora empezamos a contar con los medios para registrarlo y para darnos cuenta de las dimensiones que adquirió.
    Por mi parte trataré de abordar la cuestión desde el lado del “cliente”. Intentaré acercarme al tema desde la psicología del usuario: aquél que “consume prostitución”, dando por sentado que no existe una nosología que los incluya; dando por sentado que no existe un perfil particular ni un tipo de personalidad en la que pudieran agruparse. Los psicoanalistas no estudiamos ni a la generalidad de los individuos ni siquiera a los individuos. En realidad solo podemos dar cuenta de cómo el sujeto barrado, el sujeto escindido, el sujeto del inconsciente, se apropia a lo largo de su vida de las representaciones que circulan en el contexto histórico-social que lo determina.
    Decía que hace varios años ya, contribuí a abordar el abuso sexual en la infancia y el incesto paterno-filial cuando su visualización no había tomado aun la trascendencia que tiene en la actualidad. Mucho antes, en 1987, publiqué un trabajo de divulgación -“Machos fieles de gran corazón” - donde hacía referencia a la fidelidad que el sujeto posmoderno mantenía con los valores de rendimiento, productividad y eficacia propuestos por el neoliberalismo, y a la infidelidad de los varones con respecto a sus mujeres, pero allí no hablaba de intercambios entre sexo y dinero sino sólo de la frecuencia con que los hombres casados compartían su vida marital con otras mujeres. Quiero decir: en ese trabajo centrado en la fidelidad conyugal no hice referencia alguna a las relaciones de los varones con prostitutas. Después, en 1995, publiqué un trabajo –“Las figuras femeninas que transitan por el análisis entre varones” - en el que me dediqué a profundizar en los puntos ciegos, esos escotomas que en la transferencia y la contratransferencia sostienen las complicidades de género cuando se trata del análisis de un varón con otro varón. Intentaba allí decir algo acerca de cómo circulan las imágenes de mujeres entre dos varones en análisis. Y “las mujeres” aparecían siempre como temidas y/o amadas. Las mujeres aparecían vertebrando tres discursos posibles:
    1.-El discurso acerca del temor y el odio a la mujer “castrada”.
    2.-El discurso acerca del temor y el odio a la mujer “castradora”.
    3.-El discurso acerca del amor a la mujer “afirmativa”.
    Decía allí que:
    1.- Temida y odiada por ser “castrada”, la mujer se vuelve objeto de interminables quejas acerca de lo que nosotros quisiéramos que sea, y lo que ella no es; lo que nosotros quisiéramos que haga y lo que ella no hace.
    2.- Temida y odiada por “castradora”, la mujer recibe los reclamos y los reproches por aquello que nosotros no somos; es la culpable de nuestros fracasos y la responsable de nuestras limitaciones. Son las esposas que nos desautorizan frente a nuestros hijos; son las hipercríticas con nuestras debilidades; son las “frígidas” que nos abruman con reclamos sexuales; las que nos agobian con sus exigencias, las que nos persiguen, nos tratan como si fuéramos niños y nos atormentan con sus recomendaciones.
    3.- Amadas por lo que ellas son afirmativamente y amadas por lo que nos hacen; por lo que hacen por nosotros, con nosotros y, sobre todo, de nosotros -nos hacen hombres- las mujeres son destinatarias de toda gratitud por el reforzamiento de nuestra autoestima. Son, también, las destinatarias de todo nuestro reconocimiento por “bancarnos” y las destinatarias de nuestra admiración por la posibilidad que tienen de “bancarse” solas.
    Pues bien: yo, que en 1995 llevaba ya más de veinticinco años de lecturas feministas; yo, que había dedicado casi todo un año a reflexionar acerca de las complicidades de género que iban construyendo espacios no analizados ni analizables entre varones y que estaba alerta acerca de las figuras femeninas que la narrativa clásica instalaba; yo, que estaba dispuesto a deconstruir conceptos teóricos, a levantar prejuicios y demoler sistemas de creencias; yo… no lo vi. No lo pude ver. No reparé en que mis pacientes varones, es decir, la mayoría de mis pacientes, tenían o habían tenido relaciones con prostitutas. No lo vi. No lo pude ver. No reparé en eso más allá de lo que un analista que no estuviera familiarizado con las cuestiones de género hubiera tomado en cuenta. Las mías, las de entonces, fueron sólo intervenciones convencionales frente a las asociaciones en las que mis pacientes hacían referencia al trato con prostitutas. Tal era el grado de naturalidad de esa práctica, tal la inscripción dentro del rubro “usos y costumbres” que, guiado por la mejor intención de eludir cualquier interpretación que tuviera alguna cercanía con un intento de adoctrinamiento ideológico, de pacatería o de reprimenda moral, acepté un pacto de silencio implícito. Algo así como que “de eso no se habla” porque hablar de eso, hablar en serio, profundizar en el sentido inconsciente, en el significado singular de esa práctica, equivalía a la herejía de romper uno de los acuerdos más entrañables que los hombres podamos mantener entre nosotros. Equivalía a transgredir el código de honor que me une a los varones y suponía desafiar lo sagrado y consagrado.
    Y esto fue así hasta que, entre otras cosas, la casualidad de tres sesiones sucesivas contribuyó a que pudiera atravesar el límite de lo analizable, a romper las resistencias que me impedían ver un poco más allá de lo convencional.
    Desde el diván (lo llamaré Pablo) se preguntaba y me preguntaba.
    -¿Me podes decir porque lo hice? ¡Me podés explicar porque hago cosas como esas?
    Pablo es un triunfador del presente. A los treinta y cinco años logró todo lo que un hombre puede aspirar a realizar incluso, dominar la dialéctica entre el ser y el tener. Simpatiquísimo, tiene fama, es muy famoso; tiene facha, es muy “fachero”; tiene dinero, es un potentado. Vive desde hace tres años con una novia tan linda, atractiva, “zarpada” y famosa como él, pero además, tiene todas las mujeres del mundo a sus pies.
    -¿Me podés decir porque lo hice? ¡Me podés explicar porque hago cosas como esas? Venía por la autopista (rumbo a su chacra), la llamo a Vicky y le hago saber -nosotros tenemos nuestros códigos, viste- que voy para allí y que estoy recaliente. Ella me esperaba toda sexy y yo... no se. Cuando llegué, algo no me cerraba. Ella se dio cuenta enseguida porque me conoce como si me hubiera parido, pero yo traté de disimular; traté de pilotearla. Entonces me propuso -¿Y si llamamos a una chica como la otra vez?-. Ella sabe que a mi eso me gusta. Pero, no. No. Le dije que no. Nos echamos un polvo, un polvito así nomás, de compromiso, como para zafar y rápidamente me puse a buscar excusas, a darle explicaciones. Le inventé que tenía una cita con unos empresarios extranjeros, que me estaban esperando, y... me fui a buscar dos “gatos”. ¿Me podés decir porque lo hice? ¡Me podés explicar porque hago cosas como esas?
    -Y, debe ser difícil que te cierre con una mina que te conoce como si te hubiera parido.
    Si. Eso es lo que le dije y no está del todo mal pero, aun así, me parece lo menos importante. Lo más significativo, lo que me sorprendió porque conozco mi oficio y se que un analista no hace esas cosas, fue que, sin querer, se me escapó:
    -¿Cuánto le pagaste a los gatos?
    -Quinientos dólares a cada una.
    Esta vez, si, hice lo que un analista tiene que hacer: contuve la respiración y enmudecí. Pero no pude evitar hacer el cálculo y comparar lo que me pagaba a mí con lo que le pagaba a las putas.
    ¿Por qué lo hace? ¿Por qué hace esas cosas?
    Por qué Ariel, tan joven y exitoso como Pablo, paga una suma semejante a dos, tres, cuatro mujeres, según la ocasión, a veces para tener relaciones sexuales con ellas y otras, las más frecuentes, cuando está tan dado vuelta por las drogas, simplemente para verlas desnudas tocándose entre si.
    Claro está. La pregunta es retórica. ¿Por qué lo hace? Lo hace por que puede. Lo hace por que tiene dinero suficiente. Pero, ¿por qué paga? si no lo necesita. Si pudiera tener lo mismo gratis.
    -Gratis no es lo mismo, me dice Ariel.
    -¿Por qué no es lo mismo?
    -No te lo podría explicar. Bien no lo se, pero no es lo mismo.
    -Pero vos podrías estar con esas u otras chicas si quisieras y no tendrías que pagarles.
    -Sí. Pero lo que pasa es que yo a mi novia la quiero y no puedo hacerle una cosa así. Yo no podría traicionarla. Yo se que, si quiero, me puedo levantar a esas y a otras minas, pero para eso tengo que remar -poco, a decir verdad- pero algo tengo que hacer, y para mi eso es como serle infiel. Yo me moriría de vergüenza si en medio de esa escena apareciera mi novia. Me sentiría reculpable. No podría tolerarlo. En cambio, si me encuentra con los “gatos”, nada. Si yo, salvo la plata, no puse allí nada de mí. ¿Qué me puede reprochar?
    Julián. Cuando Julián estaba a punto de terminar la escuela secundaria con la medalla de oro asegurada y el campeonato nacional de counter stike en el bolsillo, no hacía otra cosa que soñar con el viaje de egresados. Bardo, descontrol, y la mejor oportunidad, el momento anhelado para su iniciación sexual. El regreso fue lamentable. “Un bajón”. Volvió del viaje de egresados sin más gloria que la gloria de haberse emborrachado. Y no sólo él. Pasó lo mismo con casi todos sus amigos. Entonces, cuando el fin de semana siguiente Felipe, uno de ellos, se quedó solo en la casa porque los padres viajaron, contrataron a una puta, una de esas que aparecen en el rubro 59 de Clarín. La recibieron, era una negra dominicana fea y gorda, dice, la hicieron pasar al dormitorio y uno a uno cantó presente allí.
    Pasaron dos años desde aquella experiencia, Julián ahora tiene una novia de su misma edad con la que, claro está, tiene relaciones sexuales y “curte” con alguna que otra amiguita cada tanto pero aun así, no ha perdido el hábito de encontrarse con sus amigos para repetir la “hazaña” de aquella ceremonia inaugural.
    Y el caso es que, a pesar que la liberación sexual de los sesenta aparentemente había vuelto anacrónica la práctica de iniciarse con prostitutas, no hace falta más que frecuentar los saunas de todo tipo que inundan la ciudad para comprobar que Julián y Felipe no son casos aislados.
    Fue así, entonces, como la casualidad de tres sesiones sucesivas –Pablo, Ariel, Julián- contribuyó a que pudiera atravesar el límite de lo analizable, a romper las resistencias que me impedían ver un poco más allá de lo convencional. Y hubo otro hecho casual que fue determinante. Cayó en mis manos (en mi pantalla) L'homme en question. Le processus du devenir-client de la prostitution , una investigación realizada en Francia y auspiciada por el Mouvement du Nid . A la presentación que hizo de esta investigación Saïd Bouamama (sociólogo del IFAR, l´institut Intervention, Formation, Action et Recherche ) el 18 de octubre de 2004, asistió Nicole Ameline, la Ministra de la Paridad y la Igualdad Profesional.
    La investigación se basó en una encuesta de opinión pública - Les clients en question - una de las primeras acciones lanzadas en el 2002, llevadas adelante por el Mouvement du Nid para la prevención del clientelismo de la prostitución. Después de dos años de iniciada; después de haber distribuido 150.000 cuestionarios a lo largo de todo el país, los 13.000 cuestionarios respondidos (por mujeres y varones) por correo postal -o, a través del sitio de Internet prostitutions.info- sirvieron para caracterizar los prejuicios más habituales que sostienen los clientes acerca de su afición a las putas en vistas a elaborar proyectos de prevención.
    Dato significativo fue el reconocimiento que, más allá de la diversidad de respuestas contenidas en los 13.000 cuestionarios, las concepciones que sostienen las mujeres se superponen con la de los varones. Es probable que las mujeres reconozcan más enfáticamente el carácter inaceptable de la prostitución, que la condenen más severamente que los varones, pero ambos (varones y mujeres) coinciden en que la prostitución es una fatalidad inevitable y una necesidad ineludible de los varones. Solo de las respuestas de las mujeres jóvenes se desprende el valor negativo del clientelismo como derecho exclusivo de los varones desde que refuerza la inequidad entre los sexos y conspira contra la posibilidad de construir relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres. De ahí que, cuando se apeló a proyectos para prevenir el clientelismo, si bien surgieron iniciativas que pasaban por diferentes formas de penalizar a los clientes, triunfaron, sobre todo, aquellas medidas educativas destinadas a lograr una mayor igualdad entre los sexos. Igualdad que se instale allí donde las representaciones arcaicas acerca de la sexualidad -masculina, animada por deseos irrefrenables, y femenina: débil, inexistente o, por el contrario, siempre insatisfecha- impiden la emancipación.
    La investigación consistió, también, en centenares de entrevistas semidirectivas realizadas a varones que voluntariamente aceptaron participar del proyecto y que espontáneamente se prestaron para responder. Fueron convocados a través de avisos que aparecieron en los diarios (también en periódicos de distribución gratuita) bajo la siguiente consigna: “el clientelismo es una construcción social y no, producto de una tara individual pasible de ser curada o reprimida. ¿Está usted dispuesto a participar en una investigación sobre prostitución?”

    Del análisis de las entrevistas se pudieron extraer algunas conclusiones:
    • Que la mayoría de los varones, clientes habituales de las prostitutas, no pertenecen a edades avanzadas ni son jóvenes acuciados por la erupción hormonal típica del ciclo vital que supone una exigencia libidinal excesiva, sino que son varones entre treinta y cinco y cincuenta años que viven en pareja. Entre ellos el 55 % tenía uno o más hijos.
    • No obstante, a pesar de que los investigadores habían renunciado de entrada porque daban por sentado, en función de lo extendida que estaba esta práctica, que era imposible formular una tipología de los clientes, las conclusiones reparan en ciertas determinaciones a las que recurren los entrevistados para fundamentar su afición a las prostitutas.
    • Una de ellas es la abstinencia sexual y la soledad afectiva. De modo tal que la mayoría de los clientes habituales y los consumidores ocasionales explican su debilidad por las prostitutas en función de su timidez, del temor a las mujeres o por otras inhibiciones. Ubican el by pass a la prostitución cuando el contacto con las mujeres verdaderamente deseadas se les ve dificultado. Del desempeño en las entrevistas surge que la falta de confianza en sí mismos, la baja autoestima, heridas narcisísticas provenientes de desengaños amorosos, yacen debajo de la explicación que apela a los contactos fáciles que la prostitución ofrece. Siendo la primera causa para devenir cliente con el 75 %, la abstinencia sexual y la soledad afectiva se constituye, así, en la principal estrategia de justificación que instala a los clientes en el lugar de víctimas. Entonces así, como víctimas de sus propias insuficiencias, aspiran a hacerse perdonar la afición por las putas y pretenden, también, aportarle un sentido aceptable a sus prácticas.
    • La investigación revela que la segunda causa a la que apelan los entrevistados es la desconfianza, el temor y el odio que les inspiran las mujeres. En este grupo se encuentran los varones que fundan su misoginia en experiencias conyugales desastrosas; esas guerras de los Roses , divorcios controvertidos, que vinieron a confirmar lo que siempre sospecharon: que las mujeres son todas interesadas, despiadadas, egoístas, complicadas e intrigantes. Es interesante observar que en éste nivel se agrupan los varones que culpan a la sociedad por el protagonismo y el poder que las mujeres están logrando. Son varones que responsabilizan al feminismo por la pérdida de los valores tradicionales al tiempo que añoran las épocas en que los hombres dominaban y ellas se sometían delicada y dulcemente a sus deseos.
    • La tercera categoría incluye a los consumidores de mercancías, esos varones que son empujados a la prostitución -según dicen- por que sus mujeres los someten a una vida sexual insatisfactoria. Para ellos, un abismo separa a la compañera afectuosa y cariñosa que han elegido como madre de sus hijos, del personal mercenario que contratan para satisfacer sus necesidades. Al leer sus respuestas parecería que se hubieran aprendido de memoria el texto de Freud Sobre la degradación general de la vida erótica (al que aludiré más adelante), donde Freud afirma que, si la sensualidad de un varón ha quedado ligada en el inconsciente a objetos incestuosos o, dicho en otros términos, fijada en fantasías incestuosas inconscientes, esto se expresará de dos formas que pueden excluirse o coincidir:
    • Como impotencia sexual que garantiza la represión de los impulsos incestuosos.
    • Como afición a las prostitutas que garantizan un vínculo sensual dónde nada de lo cariñoso está presente. Esto es, una relación en la que la corriente erótica no ha de verse sacrificada en su totalidad a raíz de su proximidad con la corriente cariñosa, sino que queda libre de conquistar en parte, solo en parte, el acceso a la satisfacción en la realidad. Estos varones sólo pueden ligarse sexualmente con mujeres que ni por lejos evoquen los objetos incestuosos prohibidos ya que su vida erótica permanece disociada en dos direcciones: una encarnada en el amor al arte, en el amor divino, en la ternura, en el cariño desinteresado por el sexo y el dinero; la otra encarnada en el amor terreno, la atracción animal, la pasión interesada. Si aman a una mujer, no la desean y, si la desean, no pueden amarla. En las prostitutas buscan mujeres a las que no necesitan amar para poder desear.
    A diferencia de los varones del grupo anterior, los que culpan a la sociedad y responsabilizan al feminismo por empujarlos al consumo de prostitución, éstos son varones escencialistas, varones que culpan a la naturaleza. Sostienen la convicción de que hay una naturaleza masculina y una naturaleza femenina y, como la sexualidad masculina necesita más satisfacciones que la femenina, se justifica que un varón tenga varias mujeres. Por lo tanto, se resisten a inscribir las relaciones sexuales con prostitutas como un signo evidente de infidelidad, ya que para ellos solo hay ahí un contacto puntual sin que circule afecto alguno.
    • Una cuarta categoría incluye a los que explican el “consumo de prostitución” en función de cumplir con el imperativo de una sexualidad sin compromiso afectivo, sexualidad que elude cualquier tipo de responsabilidad que pueda devenir de un contacto con el “sexo opuesto”. Pagan para ahorrarse los problemas que toda relación afectiva supone y pagan para garantizar que sus descartables partenaires no desean otra cosa más que su dinero. El 43% de los encuestados adhirió a esta postura por considerarla una excelente elección para varones casados que, aun teniendo conflictos conyugales, no estaban dispuestos a correr el riesgo de una ruptura matrimonial.
    • Finalmente, Bouamama identifica una categoría más: la que incluye a los adictos al sexo. Esos varones impulsivos y compulsivos que no pueden renunciar a éste tipo de encuentros fáciles e inmediatos, relaciones que no reclaman el pasaje por rituales de seducción y conquista y para quienes el sexo está ubicado en el lugar que la droga tiene para los adictos.

    Ahora bien. Tal vez el dato más significativo que aporta la investigación es el siguiente: el 75 % de los clientes se declaran insatisfechos en las relaciones con las prostitutas. Un 59% se lamenta por padecer algún tipo de disfunción sexual que incluye a la eyaculación precoz, la impotencia o a la dificultad para eyacular. Mientras la mayoría se queja de experiencias que los dejan defraudados, desconformes y decepcionados, otros prefieren aceptar que se sienten ridículos y patéticos por tener que recurrir a la prostitución. Así, los varones que tienen relaciones sexuales con mujeres degradadas (cito a Freud) “evidencian claros signos de no hallarse en dominio pleno de su energía instintiva psíquica que se muestra caprichosa, fácil de perturbar, incompleta y, muchas veces, poco placentera.” Y ésta considerable limitación en la elección de objeto, se debe a la distancia que mantiene con la siempre anhelada corriente cariñosa. “No me abraza ni me besa de verdad, y me despacha no bien termina el tiempo del acuerdo” resiente uno de los entrevistados.

    La investigación de Bouamama es una fuente inagotable de datos que pueden ser leídos desde diferentes disciplinas y que sería de gran utilidad replicar en los demás países. Pero lo que me interesa señalar aquí es que las relaciones sexuales con prostitutas (me refiero exclusivamente a aquellas en las que está presente el intercambio de sexo por dinero) tanto refuerzan como desmienten los estereotipos convencionales de aquello que se entiende por masculino y femenino. Tienen, si se quiere, un cierto carácter innovador. La atribución de la actividad para todo aquello que se identifique como masculino; la asociación de la pasividad con lo femenino, queda desmentida allí donde el varón se instala en el lugar pasivo del hijo o del alumno ante la prostituta. Uno de los motivos frecuentemente invocados por los clientes -el acceso a las relaciones sexuales con mujeres a las que no podrían conquistar por otros medios- caduca cuando eligen prostitutas alejadas del ideal estético. Y los reparos que los varones tienen a mantener relaciones sexuales cuando sus mujeres quedan embarazadas y, aun después del parto, atribuido a inhibiciones referidas al objeto sexual maternizado y, por lo tanto, prohibido, resulta contradictorio con la experiencia de prostitutas que, a medida que progresa su embarazo, se ven más solicitadas por parte de los clientes, de modo tal que, muchas veces, el embarazo puede inscribirse como atributo erótico. Si bien es cierto que los prejuicios patriarcales le atribuyen al varón un “instinto” irrefrenable aliado a una cuota de sadismo y de violencia que los clientes suelen desplegar con las mujeres que cobran para soportarlo, el reclamo a las prostitutas “disciplinarias” de penetraciones y de castigos como fuente de placer, posición masoquista totalmente reñida con el ideal de virilidad, es más frecuente de lo que generalmente se supone. De igual modo, si las convenciones vigentes pretenden un varón experimentado que inicia y enseña los secretos del sexo a una mujer, la “sabiduría” queda del lado de la mujer en el caso de la prostitución.
    La presencia del dinero no es un dato menor ni una presencia contingente en el acuerdo. El pago garantiza que el deseo de la mujer quede siempre en suspenso. Aun en aquellos casos en los que se aspira a que la prostituta llegue al orgasmo como evidencia del placer recibido para exclusivo beneficio del narcisismo del cliente, lo más anhelado por los varones -ser objeto del deseo de una mujer- es lo más temido. La pasión sexual a precio fijo y por un lapso de tiempo pautado, la condición de descartable convierte a la prostituta en prima hermana de la esposa frígida. Ambas -frigidez y erotismo comprado- se encargan de atenuar el temor del hombre al cuerpo y al deseo de la mujer. El diálogo entre l a prostituta novata y la veterana lo denuncia, así.
    -Ese hombre era tan buen mozo que me habría acostado con él gratis.
    -Cariño, no te engañes. El no te ha dado dinero para que te acostaras con él. El te pagó para te marcharas no bien hubiera acabado.
    Además, el pago no es condición para lograr lo que no se puede conseguir por otros medios. El pago es esencial en el caso de varones que disimulan la puesta en acto de un deseo sádico, la humillación ejercida, a partir del valor en el mercado de los “gatos” que usan.
    La relación sexual es sólo un medio para ejercer el poder que la degradación del objeto amoroso como fin, testimonia. Cuando la dominación se ha erotizado, la explotación se ejerce para controlar y expropiar a las mujeres de su deseo. Pautado por horario, lugar y precio, el rendez vou con el cuerpo de una mujer vivido siempre como peligroso, sirve de pretexto para el despliegue de una escena totalmente ritualizada, simulacro de un encuentro sexual, parodia de una relación pasional, en la que todo esta puesto al servicio de la dominación, la denigración femenina (y por lo tanto de la humillación masculina), la recreación de un encuentro con el cuerpo de una mamá dónde el varón a veces se instala en el lugar de bebé (masajes, pasividad, succión del pene, danza del vientre de la odalisca, atenciones de la geisha), recibe castigos corporales infringidos por una mamá sádica cuando se porta mal y, en otras, ejerce el papel activo del violador autorizado. Hay algo de resto traumático de una seducción infantil que esta escena repite. En el culto de la virilidad, el ritual que tiene al prostíbulo de parroquia y a la prostituta por sacerdotisa, se despliega el intento fallido de convertirse en hombres.
    Volnovich, Juan Carlos, Usos y abusos del poder adulto, en Volnovich, Jorge: Abuso sexual en la infancia . Lumen- Humanitas.
    Volnovich, Juan Carlos, “Machos fieles de gran corazón”, Suplemento Futuro, diario Página/12, 24/9/1994, reproducido en diario Clarín 13/11/1994.
    Volnovich, Juan Carlos, “Las figuras femeninas que transitan por el análisis entre varones”, El malestar en la diversidad. Salud Mental y genero , 2000, Santiago de Chile, Editorial Isis.
    Derrida, J; Éperons, Les Styles de Nietzsche; Spurs: Nietzsche´s Styles . 1979, Chicago: University of Chicago Press: “La mujer es reconocida, afirmada como potencia afirmativa... No es que sea afirmada por el hombre, sino que se afirma ella misma, en ella misma y en el hombre.”
    Bouamama, Saïd: L'homme en question. Le processus du devenir-client de la prostitution .
    En http://www.mouvementdunid.org/les-clients-en-question-enqueste-d
    http://www.mouvementdunid.org/les-cl...question-etude

    Freud, S, Sobre la degradación general de la vida erótica , Obras Completas, López Ballesteros y Torres, Madrid. 1967.



    Fuente: http://www.topia.com.ar
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  • #2
    Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

    ¿Por qué un hombre se hace prostituyente? ¿Cuál es la relación entre imperio, mercado y prostitución? ¿Qué ocurre con la masculinidad? ¿Por qué hablar de legalización es una trampa? ¿Qué pasa con muchos hijos de familias “progres” frente a este tema? El psicoanalista Juan Carlos Volnovich acaba de publicar su libro Ir de putas y en esta conversación con lavaca profundiza el significado y los mitos alrededor de la prostitución, como clave para entender buena parte del presente.

    Juan Carlos Volnovich es médico, psicoanalista y desde el comienzo de su actividad profesional -1964- se dedicó al psicoanálisis de niños y al análisis de las llamadas cuestiones de género. Fue concurrente del mítico Policlínico de Lanús, integrante del Grupo Plataforma que marcó una ruptura con la aristocracia psi y, como es lógico, tuvo un comprometido ejercicio intelectual y político que, durante los años de la dictadura militar, lo obligó al exilio en Cuba. De regreso, instalado ya en su consultorio, siguió explorando los aspectos sociales de las prácticas personales, un camino que lo llevó hasta el libro que presenta ahora, bajo un título provocador: Ir de putas. Con él pretende, dice, “desnudar aspectos de la masculinidad que se deben mantener en el cono del silencio” y “desmentir los argumentos con los cuales esta práctica se inocentiza”. Por ejemplo, los que proclaman la legalización. Este miércoles 4, a las 19, Volnovich expondrá su mirada sobre el tema en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543) en una charla titulada “La prostitución como síntoma de la cultura actual”.

    Para explicar “Ir de putas” , Juan Carlos Volnovich debe hacer un repaso de su propia historia. No se trata de un mero recuento ni de una justificación, sino todo lo contrario: es una forma de dimensionar ese agujero negro que le llevó 15 años atravesar hasta darse cuenta de que sus pacientes eran clientes, según narró a lavaca.
    “Hace muchos años, diría que desde el fin de la década del 60, me interesé por los estudios de la mujer. Un interés que fue creciendo por dos vías. Por un lado, por mi maestra y psicoanalista, Marie Langer (N de R: psicoanalista, autora de Maternidad y sexo, entre otros libros fundamentales. Nació y estudió psicoanálisis en Viena, luchó en la Guerra Civil española, huyó de los nazis a Latinoamérica, más tarde de la dictadura militar argentina a México. Finalmente, regresó a la Argentina donde murió en 1987). Por otro lado, en Cuba conocí a Isabel Larguía, una argentina, rosarina, casada con John Doumulin. Juntos escribieron en el 69 “Hacia una ciencia de la emancipación de la mujer”, el primer ensayo feminista que introduce el término “trabajo invisible” y que se difundió en los Estados Unidos con una copia mimeografiada. A través de ellas dos me interesé por el feminismo y cuando me fui acercando a los grupos de mujeres que reflexionaban sobre el tema, me dijeron muy claramente: No. Lo único que nos falta es que ahora vengan los varones a explicarnos qué nos pasa. Como insistí, me propusieron un desafío: pensar en los varones. Desde entonces trabajé muy próximo a los grupos feministas más radicales, pero pensando las cuestiones de género desde el punto de vista de los varones. Trabajé sobre la figura del padre, sobre la relación de los varones con nuestras hijas e hijos, sobre el fútbol como organizador de la masculinidad, entre otras cosas. Ya a fines de los 80, como en un 90 por ciento de mis pacientes eran varones, empecé a trabajar sobre otra cuestión: cuáles son las complicidades entre un psicoanalista y un paciente varón que generan puntos ciegos, puntos que no se analizan. Esa complicidad inconsciente, de género. Por ejemplo, qué figura femenina transita en el análisis entre varones. En principio, llegué a la conclusión: un varón habla con su analista de lo mismo que se habla en el bar. Fútbol, política y minas. Luego, me puse a reflexionar sobre qué imágenes de mujeres se iba construyendo en la transferencia. Estaba realmente dispuesto a descubrir las fallas y a ser sincero con las mías en particular. Esto, podríamos decir, comenzó en el año 89. Pero hasta el 2004 no me había dado cuenta de que el 99% de mis pacientes tenía relaciones con prostitutas, Y eso fue para mi un gran shock, porque yo -que me creía dispuesto, formado y atento- no lo había visto. No había visto más allá de lo que cualquier analista convencional ve y deja pasar, un poco por esa cosa de no ponerse moralista y no transformar la terapia en un espacio para marcar lo que está bien o mal.
    -¿Cómo fue que se dio cuenta de ese gran punto ciego?
    - Fue una revelación, por así decirlo. Me llegó de pronto, cuando un día tuve tres sesiones simultáneas con tres pacientes distintos que me relatan sus encuentros con prostitutas. Cuando noto la coincidencia, reviso la agenda de pacientes, nombre por nombre y me doy cuenta que todos, si no tenían en ese momento, habían tenido relaciones con prostitutas y habían traído esas experiencias al análisis. Estas son las sesiones que cuento en el libro: se trata de pacientes jóvenes, con recursos, facheros, exitosos, con dinero y con todas las minas del mundo a su disposición. Sin embargo, ellos tenían la necesidad –muy al estilo de Hugh Grant- de pagar por sexo. Y daban toda una serie de argumentos para justificarlo, aunque no se preguntaran demasiado por esa práctica. En general, una de las cosas que tienen en común es describirlo como un hábito consagrado por el uso.
    -En su libro usted lo califica como violación autorizada socialmente por la mediación del dinero
    -Desde el punto de vista social, es así. Por supuesto que soy psicoanalista y trabajo en el uno a uno, así que no hago generalizaciones ni estudios sociológicos. Pero la gran sorpresa de no haberlo visto e interrogarme sobre eso, me llevó a revisar cuáles eran los argumentos tradicionales de los clientes para justificarse. Uno de los más generalizados es que el pago es el recurso que tienen para acceder a mujeres a las que no podrían acceder de otra manera. Otro es: ¿qué tiene de malo si hay consenso? Lo cual cae en la simplificación de que existe un tipo de prostitución forzada, que es el que estaría mal y hay otra consentida, que es la que está bien. Ahí empecé a darme cuenta que uno de los grandes prejuicios es tratar de instalar una disociación –la buena y la mala- y que en todo caso, mientras uno se mantenga dentro de los límites de la buena, está todo bien. Mientras esté al servicio de mantener la ficción del ideal de la puta feliz es casi como un aporte y una colaboración que un hombre hace para que una mujer se gane la vida.
    -Esa es una idea que atraviesa todo lo relacionado con la conceptualización de la prostitución: clientes, sindicatos, intelectuales, gobiernos.
    -Exactamente. Esta disociación es la que lleva a decir, por ejemplo, que la prostitución infantil es mala, pero la prostitución adulta es buena. O que la prostitución forzada es mala, pero la consensuada es buena. Y así siguiendo el razonamiento. La clave para mí fue poder decir: un momentito. Si uno se va por la línea buena-mala estamos fritos.
    -¿Por qué?
    -Porque significa legalizar, convalidar límites y rompe con la afirmación de que toda prostitución es mala. Y toda forma de prostitución lo es porque supone el cumplimiento de imperativos patriarcales y capitalistas que proclaman el uso y abuso del cuerpo del otro a cambio de un pago. Transforma el cuerpo de otro humano en una mercancía. Y eso es el capitalismo (la explotación del pobre por el rico) y eso es el patriarcado (la dominación de los hombres con respecto a las mujeres). Es eso y no hay forma de disociarlo. La prostitución es el ejemplo paradigmático, que concentra quizá como ninguna otra práctica el modelo de poder del capitalismo patriarcal: el varón que mediante el pago transforma en mercancía el cuerpo de la mujer.

    >>>La trampa de la legalización

    -¿Por qué cree entonces que muchos movimientos, organizaciones y personas que luchan contra este tipo de concepción de poder abogan por la legalización de la prostitución?
    -Ahí es donde descubrí otra trampa: muchos intelectuales de izquierda equiparan a la prostitución a otras prácticas. Por ejemplo, a la droga. Con respecto al consumo de droga, a mí –como a tantos otros intelectuales de izquierda –no me queda ninguna duda de estar a favor de la despenalización y legalización. Al igual que el aborto. Eso no significa que estemos a favor ni de la droga ni del aborto, pero somos fervientes defensores de su despenalización. Entonces, es lógico que siguiendo este razonamiento, cualquier persona progresista y no moralista se manifieste a favor de la legalización de la prostitución. Sin embargo, yo empecé a sentirme incómodo con esa lógica, hasta que me di cuenta que esa receta para esta práctica no corre. No es lo mismo. Es otra historia. Y eso –como dicen en Cuba- era como irse “con la bola mala” . Es apoyar la explotación de los cuerpos femeninos en nombre de no criminalizar, por no quedar tributario de una moral pacata. Eso significa para mí aceptar que, mientras esté reglamentada, es preferible legalizar la prostitución. Un argumento que desconoce lo que en la realidad esta práctica significa. Porque el verdadero problema del circuito legal es que genera el ilegal. Necesita de esa cobertura para armar el verdadero negocio, que está montado sobre el tráfico de personas, la inmigración forzada por el hambre, la impunidad. El gran negocio está es la oscuridad y la legalización es su pantalla.
    - El cliente o prostituyente es otro de los temas que siempre quedaron resguardados por la oscuridad ¿qué vio cuando comenzó a mirar cara a cara este tema?
    -Me fue muy útil la investigación sociológica que presentó Nicole Ameline, ministra de la Paridad y la Igualdad Profesional (equivalente a la Secretaría de la Mujer) de Francia. Esta investigación fue auspiciada por el Mouvement du Nid y su título es elocuente: "El hombre en cuestión: el proceso de devenir cliente de la prostitución". Se trata de una encuesta, con entrevistas y grupos de reflexión con varones que voluntariamente aceptaron participar del proyecto. Fueron convocados a través de avisos que aparecieron en los diarios bajo la siguiente consigna : "El clientelismo es una construcción social y no producto de una tara individual pasible de ser curada o reprimida. ¿Está usted dispuesto a participar en una investigación sobre prostitución ?". Los resultados son un aporte que nos da por primera vez un marco serio y riguroso sobre la figura del cliente. De las entrevistas surge que la abstinencia sexual y la soledad afectiva se constituyen en la primera causa aducida para devenir cliente en el 75 por ciento de los casos: esto es, resulta ser la principal estrategia de justificación, que instala a los clientes en el lugar de víctimas. Esta es la construcción social con la que se pretende otorgarle un sentido aceptable al consumo sexual pago.


    >>>Hijos de progres/ Degradación de lo femenino

    -¿En qué consiste para usted esa construcción social?
    -Es ahí donde hay que ver el contexto global, histórico que estamos viviendo, que significa un avance brutal de la reconversión neoliberal de la economía con todos los efectos ideológicos y políticos que tiene y que no implican tan solo lo militar, la ocupación de territorios o la economía, sino que es una lucha ideológica que supone una globalización de una ideología dominante dentro de la cual el auge de la trata no es ajena. Creo que todo este momento tiene que ser considerado como una contraofensiva del imperio a lo que significó la década del 60 y del 70. Ahí hubo una enorme fuerza social, incluyendo el Mayo Francés, pero fundamentalmente desde el Tercer Mundo –que muchas veces no es apreciada porque se sigue mirando estos procesos desde arriba, desde el Norte- que generaron un cambio profundo en las formas de poder concebidas por esa ideología dominante. Es en respuesta a este avance que soportamos hoy esta contraofensiva. Esto significa por ejemplo, en el tema que nos ocupa, que en la generación de los jóvenes criados alrededor del Mayo del 68, estaba muy mal visto que se iniciaran con prostitutas. En la generación anterior este tipo de prácticas estaba naturalizada, era parte de los usos y costumbres que se convalidaban familiarmente. Contra esto, entre otras cosas, se rebelaron los jóvenes y, en especial, las mujeres. Y el triunfo significó, entre otras cosas, que a partir de la década del 60 la virilidad significaba poder levantarse a una mujer y sólo si uno fracasaba no tenía más remedio que recurrir a una prostituta.
    -Era una práctica de perdedores.
    -Era bochornoso. Uno no se jactaba de eso ni era natural. Lo natural era tener relaciones con mujeres que eran interlocutoras intelectuales, compañeras de vida. Hoy en día es absolutamente escandaloso la naturalidad con que se consume prostitución entre jóvenes de clase media acomodada y especialmente, entre chicos que se inician sexualmente. Es cierto que muchos chicos se inician sexualmente con sus novias, pero no es contradictorio con la necesidad social de ir de putas con los amigos. Estamos hablando, muchas veces, de pibes criados por la generación de padres “progres”, en familias donde no hay represión sexual marcada, incluso en aquellas que podríamos llamar “liberales”. Estos son los pibes que llenan los saunas, que se regalan prostitutas para el cumpleaños, que festejan la despedida de soltero en prostíbulos, con la pasiva aprobación de sus novias.
    -¿Qué significado tiene para usted este regreso o retroceso?
    -Se trata de ese aspecto secreto, reprimido, de denigración de lo femenino. Como si ser varón significara esa especie de tributo de pagar por sexo, que muchas veces se hace incluso en grupo, pero que aún en solitario, te conecta con un ritual de degradación de lo femenino.
    -¿Y cómo analiza la sexualidad así ejercida por este varón?
    -Como algo vivido muy disociadamente. Es decir, pueden tener una sexualidad que cabalgue sobre un vínculo tierno, afectuoso, cariñoso, con su pareja y otra sexualidad, cuya ilusión es que se trataría de la más genuina, más ligada al deseo o la pasión, pero que en realidad es puro pretexto para ejercer un acto de denigración y humillación de lo femenino. Es decir que ahí la sexualidad no es el instinto indetenible, sino es el pretexto que toma la violencia contra las mujeres para ponerse en acto. Se disfraza de sexualidad, pero en realidad son actos denigratorios. Si me preguntás porqué, me atrevería a hacer una generalización y responder que es por el temor de los varones al deseo de las mujeres. Pagar por sexo es un acto confiscatorio del deseo de las mujeres.

    >>>Confiscar el deseo

    -¿En qué sentido lo dice?
    -Lo que más deseamos los varones es el deseo de la mujer. El orgasmo por razones espurias o legítimas –la vanidad o la sana intención de darle placer- es lo más anhelado, pero simultáneamente lo más temido. Y el dinero es lo que garantiza perderle miedo al deseo de una mujer. ¿Qué hace uno con el dinero? Decir: ”Lo hace conmigo porque le pago”. No es porque me desea, sino porque le pago. Siempre el hombre tiene la duda de cuánto hay de deseo y cuánto de interés. El pago es fundamental para romper esa tensión. Yo no entendía porqué un varón quería pagar, necesitaba pagar. Y un paciente me lo explicó con una transparencia increíble. Me dijo: “Yo no puedo no pagar”. ¿Por qué? “Porque no puedo serle infiel a mi novia. Para tener relaciones sexuales con una mujer, no mucho, pero algo tengo que hacer: la tengo que conquistar, seducir”. Y me lo decía con la sinceridad del perverso. “Pero si estoy con una puta, le pago y listo”. No solo no tendría vergüenza, sino que no tendría nada qué ocultar. En la película Relaciones Peligrosas se describe muy bien este tipo de actitud, en una escena donde el vizconde Valmont es encontrado en la cama con una prostituta y ni siquiera se mosquea. No tiene culpa, no disimula.
    -Pero con el ejemplo del vizconde estamos hablando de un momento muy decadente de la historia: la corte francesa del siglo XVII
    -Y de lo que hoy estamos hablando es de un Imperio cuyo forma de dominancia implica naturalizar sus aspectos más brutales y reaccionarios. Que pretende que ya no se pregunte si está bien o está mal, sino que se acepten: están y son así. Por ejemplo, que se diga: “pobres hubo siempre”, “la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”. Son las dos caras que nos hablan de algo como esencial, natural, que no tiene historia, ni depende de la cultura, sino que así fue, así es y así va a ser porque es parte de la naturaleza humana.
    -Lo cual es una bonita manera de naturalizar el deseo como mercancía...
    -Es que la ley del mercado supone que todo, todo, hasta el inconsciente, debe circular como mercancía de compra y venta. El consumo del cuerpo de la mujer es parte de esta ideología dominante.

    >>>Travestis, japonesas, y mitos

    -¿Pagar por sexo sostiene también la fantasía de que el hombre en tanto tenga dinero, puede?
    -Es que en la prostitución se sueldan dos accesos: te hacés hombre y consumidor en el mismo acto. Sos algo, sos alguien: van juntos. Y esto es así en el marco de una sociedad en la que si no sos consumidor, no existís.
    -En este acto descripto por usted como un ritual de humillación de lo femenino, ¿cómo explica la necesidad de consumo de otros tipos de identidades sexuales?
    -Esto es importante para entender cómo funciona el mercado de la prostitución, que tiene su propia lógica de construcción. Analicemos, por ejemplo, el mercado de la droga. Es cierto que en la práctica prostitución y droga vienen muy pegados, como combo, pero en realidad funcionan con lógicas bien diferentes. El mercado de la droga, por ejemplo, está dado por el producto: se produce marihuana y se corta o restringe para imponer en el mercado el producto que interesa, la cocaína, de distintas calidades para que puedan tener acceso a ella distintos targets de consumidores. Es el producto el que va a marcando las características que va adquiriendo el mercado. En cambio, el mercado de la prostitución está muy fuertemente delineado por los prostituyentes. Son los clientes lo que deciden qué productos consumir. Por las características particulares del sexo, donde la prohibición genera el deseo, los clientes empiezan consumiendo prostitución, pero en la medida en que es normal, ya no tiene la misma gracia. Entonces, es necesario cruzar algún límite, realizar alguna trasgresión: lo travesti –que es la transgresión de la norma heterosexual, lo cual sería un aspecto casi positivo –, pero también los chicos, las nenas o productos exóticos: negras asiáticas, japonesas. Son los clientes los que con sus demandas modifican el mercado. Son lo que llevan a cambiar los productos que se ofrecen.
    -Su descripción del mercado del sexo, revela una inquietud ¿el consumidor de sexo pago queda satisfecho?
    -Según la encuesta francesa que citaba, entre el 75 y 80 de los clientes se confiesan insatisfechos. Un 59 por ciento se lamenta por padecer algún tipo de disfunción sexual que incluye la eyaculación precoz, la impotencia o la dificultad para eyacular. La mayoría se queja de experiencias que los dejan defraudados, disconformes y decepcionados; otros prefieren aceptar que se sienten ridículos y patéticos por tener que recurrir a la prostitución. Es decir que es un mito que las relaciones sexuales con prostitutas son maravillosas y plenamente satisfactorias.
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    • #3
      Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

      Trance...no te ofendas...pero estas escupiendo el asado, tu asado. El que servis con tanto esfuerzo. Como se trata de una sintesis de un libro no voy a opinar, aun cuando me parece facilisimo destruir muchas de las afirmaciones que hace esa sintesis.

      VG

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      • #4
        Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

        porque me voy a ofender.. lo postie para que debatan no porque me gusto ;)..
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        • #5
          Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

          No estoy muy de acuerdo con lo que dice, he tenido buenas experiencias con prostitutas y de las otras, igual con mujeres que no cobran, coincido si en que para hombres casados y/o adictos sexuales es una salida interesante. Por otra part sin importar los sistemas productivos (capitalismo, comunismo etc,) el hombre SIEMPRE, explotó al hombre, probablemente esté en su ADN, me parece un poco tendencioso lo que dice el psicologo, sobre todo porque asocia determinadas prácticas a la implantación de determinado sistema económico, con el que el evidentemente no esta de acuerdo.

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          • #6
            Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

            A mi me parecio que el tipo bardea...que algun gatero de los que estamos aca me diga si lo entrevisto el quia, doble contra sencillo que no. Es todo refundicion de datos de EEUU, con toda la carga culpogena que tienen ellos.

            Son especulaciones muy sicoalanizadas, no sicoanalizadas, porque son como que los barbaros hacen sicoanalisis...(se me cruzaron las letras y aproveche para el mal chiste).

            Lo voy a leer.

            VG

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            • #7
              Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

              Originalmente publicado por Viejo Golanchik Ver Mensaje

              Lo voy a leer.

              VG

              :laugh::lol:
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              • #8
                Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

                Yo entro aca pa ver que hay para garchar....si no me voy a la biblioteca.

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                • #9
                  Respuesta: Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución

                  No me extrañaria que a este lo encuentren un dia como lo encontraron una vuelta a ese juez ( creo que el cabarulo se llamaba espartacus no ? )queriendo jugar al trencito y gritando : Maquina !!! Maquina !!!!

                  Comentario

                  Trabajando...
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