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Decir lo correcto

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    Me parecio un buen articulo, sobre lo politicamente correcto, la hipocresia y demas conveniencias en cuanto al discurso.Vale la pena leerlo.

    Por Gabriel Pandolfo*


    Los viejos valores nunca mueren. Sólo se ausentan por un tiempo, como los valores esenciales de una civilización devastada por la superficialidad. Una proposición optimista, a pesar de todo. El mundo es lo que es, y nosotros somos lo que somos, aunque no hablemos con franqueza, aunque no vayamos más allá de lo que dicta la corrección política, lo que debe ser, la imagen, la cosmética discursiva de la apariencia. Eso que no es diplomacia, sino miedo al reproche o a la descalificación o a que a uno lo quemen en la hoguera, o sencillamente hipocresía o mentira; o para decirlo suavemente, cortesía interesada, sospechosa, prudencia pervertida. Algo en lo que no caerá seguramente Hugo Chávez, como cuando expulsó al embajador de Estados Unidos en apoyo a Evo Morales, y dijo: “Ya basta de tanta mierda de ustedes, yanquis de mierda”. Repeticiones espontáneas y genuinas, como el espontáneo y elegante “¡¿Por qué no te callas?!” del rey Juan Carlos.
    ¿Qué pasaría si todos anduviéramos sin filtro por la vida? El mundo sería más justo. Ocultar lo que se piensa trae consecuencias más nocivas que la intolerancia; lo políticamente correcto desnaturaliza, confunde, ni siquiera tiene el rango de las mentiras piadosas. El entendimiento, que tiene como función establecer distinciones, no comprende; intuye una disociación, una manifestación exterior y otra interna, dos modos de existencia diferentes y hasta opuestos entre lo que se dice con la corrección debida y lo que en verdad pensamos. Este falseamiento, una oscuridad artificial, condiciona sin determinar. Es una clase de censura que de todos modos se revela en el carácter, aunque no se manifieste de una manera explícita. Lo políticamente correcto actúa como obstáculo a la hora de informar y analizar. ¿Qué dirán si digo lo que tengo que decir? ¿Qué pensarán de mí si digo lo que pienso? ¿La verdad ofende? ¿Qué verdad? ¡Ey!, existe la verdad, está implícita en cada proposición. Sí, pero no. Mejor no hablar de ciertas cosas, mejor sigamos como si viviéramos en un cóctel sin fin.
    Es incorrecto decir que no hay para todos y que nunca habrá para todos. Premios Nobel y estudiosos del problema de todo el planeta aseguran que el mundo tiene la capacidad para alimentar y proporcionar bienestar a toda la humanidad, pero no es cierto. Si lo fuera, un sexto de la humanidad no se estaría muriendo de hambre en este preciso momento, y otros dos sextos no estarían con el agua al cuello, y dos sextos más no serían tan asquerosos, cipayos, egoístas y otros adjetivos incorrectos por el estilo, por miedo a perder los privilegios de estar en el segundo y último círculo de la abundancia. La producción mundial no da para todos mientras el sistema distribuya de la manera en que lo hace. Entonces, ¿por qué no les decimos basta a mentiras tan correctas? Ese es el punto central de la instalación de la corrección política, y ella actúa como un invisible departamento de policía. El que se sale de la argumentación neoliberal pretendidamente democrática es delatado y mandado a la Siberia solitaria de los perdedores por opinión, a quienes se los llama resentidos, cosa que no deja de ser cierta. ¿Por qué existe la miseria, el terrorismo, el crimen, el crimen organizado y el racismo? ¿No era que el mundo tiene todos los recursos para alimentar, curar y educar a las seis mil trescientas millones de almas que viven en él? ¿O todas estas desviaciones son producto de un demonio nauseabundo, de karmas de vidas anteriores o de una naturaleza ruin de quienes padecen estos males? No importa, existe una solución: pensemos políticamente con corrección, mezcle todos los lugares comunes y sazónelos con buenas intenciones y la esperanza de que todo cambiará mañana, eso que nunca llega, intocable como el horizonte.
    Es el hábito de invertir, de suavizar un concepto que de ninguna manera cambia la realidad. Es el mundo de lo políticamente correcto un inmenso supermercado de baratijas y espejitos de colores aptos para someter conciencias o por lo menos para que se mantengan a raya. Piezas que afortunadamente ya no encajan en el rompecabezas actual, porque en el mundo de hoy ser tan correcto es para quien está vacío, para quien no tiene ideas. Tan sólo un año atrás, un político con un discurso impostado era valorado de otra manera. Hoy suena a hueco. Escuchen o lean si no a Mauricio Macri, Daniel Scioli o Felipe Solá.
    ¿Decir lo que pensamos? Todo empezó en Estados Unidos como forma de descripción de la ortodoxia. Su primer antecedente data de un fallo de la Corte Suprema de 1793, extendiéndose a todo el mundo a través de los medios de comunicación y las universidades, hasta llegar a su clímax en los cercanos 90, los dorados años del eufemismo.
    Pero este exceso de astucia, una manera paternalista de adocenar a la plebe, se resquebrajó como la unipolaridad, rueda en el tobogán de la moda hacia su decrepitud sin asumir sus responsabilidades. El pensamiento único del mundo sin regulaciones económicas ni financieras –una verdadera paradoja posmoderna– está quedando, al fin, confinado a los límites evangélicos de los embusteros.
    ¿Renace la historia, la política, lo genuino? El peligro es la oportunidad. Qué pena y qué conmovedor ha sido observar a multitudes en las calles, manifestando por lo políticamente correcto, poderoso hipnótico desplegado por los sumos sacerdotes de la media, sin advertir que su libre albedrío conspiraba contra sus propios intereses. Otra proposición optimista al pensarlo en tiempo pasado, aunque “la unilateralidad bárbara de los medios”, como dice el escritor Claudio Magris, siga acechando.
    En términos de uso cotidiano, la conciencia culposa recibe la anestesia de la palabra. Así un ciego pasó a ser un no vidente; un inválido es un discapacitado; un idiota, un ser mentalmente disminuido; un indio ahora es un aborigen o integrante de un pueblo originario; una sirvienta es una empleada doméstica; una puta es tan sólo una trabajadora sexual; las películas pornográficas son películas para adultos; a los vendedores se los llama brokers, asesores comerciales o promotores de ventas, y a los indigentes o miserables se los denomina como personas sin ingresos, trabajo o recursos. El colmo de los colmos fue cuando los estudios Warner estuvieron a punto de ser llevados a un tribunal, ya que los biempensantes entendían que el dibujo animado Porky fomentaba la burla a los niños gorditos o tartamudos, o porque Speedy González denigraba a los mexicanos. Estos son sólo algunos botones de muestra. ¿Qué cambia la etiqueta políticamente correcta? ¿Sus realidades son transformadas por las palabras? El sociólogo Daniel Santoro recuerda una tapa del semanario Barcelona con un título de humor brutal: “Confirman que llamar no vidente, o con movilidad reducida o persona con capacidades diferentes no ha mejorado la situación de ciegos, paralíticos y mogólicos”.
    Si fuera menester hincar el diente en el hueso, podríamos decir que las damas de caridad o beneficencia serían equiparables a un George Bush construyendo hospitales en Irak, pero esas contradicciones de la conciencia desnudan aspectos más profundos de la naturaleza humana que exceden el análisis de la decadencia de un estilo de pensamiento.
    Un estilo que prefiere llamar conflicto bélico a una guerra, daños colaterales a las miles de víctimas civiles inocentes, o residuos a la basura. Las crisis económicas son desaceleraciones económicas, pero se transformarán en aceleraciones negativas en caso de profundizarse. Así las cosas. La suavidad del lenguaje es un excelente lubricante para no distraernos de nuestros objetivos personales, como si los asuntos del mundo fueran de otros.
    El psicoanalista Mario Wasserman apunta que al hablar de identidades sexuales se dan los casos más claros sobre lo políticamente correcto. “Antes la homosexualidad era vista como una perversión, ahora hablar de perversión refiriéndose a la homosexualidad es absolutamente incorrecto. Cualquier conducta u opinión diferente a esa legalidad mayoritaria es objeto de exclusión.” Para Santoro, “hoy sería muy difícil oponerse a las uniones de homosexuales. Por ejemplo, declaraciones de Valeria Massa fueron repudiadas tanto aquí como en Italia, porque veía mal que los homosexuales adoptaran chicos. En algunos casos ha tenido efectos positivos. Ya nadie podría hacer una planificación urbana sin tener en cuenta políticas orientadas hacia las personas con capacidades diferentes, para decirlo de una manera políticamente correcta”.
    Andrés Rascovsky, médico psicoanalista, cree que lo políticamente correcto “encierra el peligro de las ilusiones, promesas falsas y la mentira. Produce ignorancia en cierto sentido. También nos ha conducido a una catástrofe económica, porque nadie denunció lo que era obvio para todos. En parte, el uso de esta clase de discurso es intencional. Es un abuso que nos impide ver, y somos proclives a distraernos, porque nos cuesta mucho la dolorosa realidad”. Y la bisagra de este cambio vuelve al presidente inesperado, Barack Obama, quien en su primer discurso como presidente electo, apunta Santoro, se refirió a la black people, en vez de a los afroamericanos.
    Desintoxicación. En términos políticos propiamente dichos, significa desinformación, un veneno que se infiltra en la sociedad. Carece de verdadero contenido, es el universo del vale todo, el fin del espíritu crítico, el bien que lucha contra lo incorrecto o maldito. El italiano Gianni Vattimo, uno de los filósofos más influyentes del momento, da cuenta de que lo políticamente correcto globaliza el pensamiento, lo uniforma, lo convierte en “una retórica en la que nadie cree”. Por ende es autoritario, contagioso; como si por medio del artificio de esconder el conflicto bajo la alfombra, se le diera una existencia irreductible a una única verdad. El filósofo Santiago Kovadloff define el aspecto descalificado de lo políticamente correcto como algo que “implica sumisión, fidelidad servil a un pensamiento hegemónico, previsibilidad e impersonalidad”.
    El filósofo francés Vladimir Volkoff dice que “la desintoxicación es difícil, pues son los medios los encargados del contagio masivo” y opina que uno de los remedios es no usar la terminología políticamente correcta. “Hay que decir aborto en lugar de interrupción del embarazo, sordo en lugar de deficiente auditivo, vejez en lugar de tercera edad, sinvergüenza en lugar de inadaptado. Y saber que un docente nunca llegará a ser un maestro.”
    Una manera de detectar al infectado es escuchar al que se dice tolerante y verlo actual para darse cuenta de que no lo es. Volkoff no se cansa de repetir que el antídoto es tirar a la basura ese vocabulario. “Lo políticamente correcto es una fe débil, y como tal, no resiste a una enérgica aplicación del espíritu crítico. No hay que ser sumisos a los sentimientos y opiniones generalizados: el espíritu contradictorio más obtuso vale siempre más que la aceptación liberal del pasto mediático”.
    Bono, Angelina Jolie y Tim Robbins son algunos de los personajes políticamente correctos. El actor Sean Penn es políticamente incorrecto. Se entrevista con Chávez, con Raúl Castro, viaja a Irak, pasa por Irán, y por supuesto, es profundamente enemigo de los republicanos.
    Federico Fellini era políticamente incorrecto, un genio humilde de los que ya no existen. Viajaba en subte y le gustaban las gordas. Y soñaba y tocaba la llaga. En el mundo degradado de hoy, ¿alguien podría imaginar a un Zampanó comprando a Gelsomina por un salame?
    La televisión es políticamente correcta, pero antes que eso, es basura. Basura como los objetivos y consecuencias de lo políticamente correcto. Dice Volkoff que “lo políticamente correcto prepara el terreno de forma ideal para las operaciones de desinformación y para la expansión de la mundialización. Cuando todo el mundo crea que las verdades pueden ser objetos de trueque, de que no existen ni verdades ni mentiras, el mundo estará preparado para participar de la misma pseudo-opinión pública fabricada para consumo universal. Y esta pseudo-opinión pública aceptará cualquier acción, incluidas las más brutales, que indefectiblemente irán en beneficio de los manipuladores”.
    Todo empezó en Estados Unidos, y allí es donde comienza a perder vigor con la llegada de un presidente afroamericano; perdón, un hombre de color. No, no, un negro. Sí, un presidente negro.
    De todos modos, la vida, la gente, cada grano de arena son sólo algunos detalles de un extraordinario milagro.

    *Informe: Silvina Márquez.
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