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Juan L

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  • Juan L

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    A 30 años de su muerte recordamos a Juan L.
    Siempre es un buen momento para acercarse a su poesía,
    si todavía no lo han hecho. Diría que es insoslayable.



    JUAN L. ORTIZ
    (11 de junio de 1896 - 2 de setiembre de 1978)

    Una poesía que no deja de convocar
    Por Hugo Gola

    Con alguna frecuencia hablábamos con Juan L. sobre la muerte. La conversación se iniciaba casi siempre con preguntas que yo le hacía. Con 30 años menos que Juan, ese problema me inquietaba. A él, en cambio, parecía tenerlo sin cuidado, como si ese asunto lo hubiera resuelto de una vez por todas. Trataba, con mucha cortesía, de transmitirme serenidad. Recuerdo ahora que su respuesta, con ligeras variantes, era siempre la misma: "La muerte es un simple cambio de estado". La lectura de los poetas y filósofos orientales, tan persistente a lo largo de su vida, probablemente lo habían conducido a esa conclusión.

    Juan L. se hallaba muy distante de la angustia cristiana ante la muerte. No lo desvelaban ni la perspectiva de un juicio final, en el que no creía, ni el "memento mori" medieval. Aunque imbuido de la tradición occidental, cuyas premisas conocía al detalle, su corazón estaba puesto en el Oriente. Siempre estuvo más cerca de Buda que de Cristo, y en particular de Lao Tsé, aunque no desdeñaba las enseñanzas de Confucio, ni las del budismo zen. Su sensibilidad ante el sufrimiento universal tal vez haya sido anterior a todas aquellas lecturas. Quizá éstas sólo alimentaron un sentimiento que venía desde su infancia. La hermandad con todo lo creado, seres humanos, animales, árboles, y aun el mundo inanimado, seguramente fue estimulada por el pensamiento oriental, pero existían en él como una peculiaridad de su carácter. Su poesía siempre estuvo atenta al dolor y al padecimiento de todo lo viviente.

    Un amigo me contó alguna vez cómo fueron los momentos finales de la vida de Juan. Era el año 1978. Argentina estaba gobernada por una Junta Militar, sanguinaria y cruel. Muchos de sus amigos más próximos estaban exiliados. Algunos habían muerto, otros estaban en las cárceles. Juan L. vivió esos años más aislado que nunca. Su situación económica era muy precaria y su salud, desde hacía algún tiempo, iba deteriorándose. Padecía de un enfisema pulmonar, el mal de los fumadores empedernidos, como era Juan L.

    Se aproximaba a la muerte sin sobresaltos, como si ese cambio de estado debiera hacerse suavemente, sin estridencias ni lamentaciones. Una tarde, me contó este amigo, la última de su vida, compartió todavía una conversación con algunos jóvenes que lo acompañaban. Gerarda, su mujer, algo menor que él, asistió, como siempre solía hacerlo, a esta última charla. En un momento de la tarde, cuando ya comenzaba a oscurecer, le dijo: "Ya es hora de acostarte, Juan". Sin oponer resistencia, esta vez Juan aceptó la orden de Gerarda, saludó a los presentes y se retiró a su cuarto. Se recostó por un momento y luego, haciendo un último esfuerzo, se levantó de su cama para, con la cortesía acostumbrada, despedirse de sus amigos ausentes. "Bueno Paco", dijo, "bueno Saer, bueno Hugo, bueno Mario…" Luego regresó a su cama y unos minutos después su vida había terminado. Imperceptiblemente cambió de estado; con un último gesto cordial se despidió de la vida, serenamente, como había vivido, como siempre quiso que fuera ese pasaje.

    En el año 1970, cuando Juan L. tenía más de 70 años, se publicó, en una edición de la Biblioteca Vigil de Rosario, en tres tomos muy cuidados, toda su poesía escrita hasta entonces. Hacía ya más de diez años que no aparecía ningún libro suyo, aunque su ritmo de producción, en ese tiempo, fuera igual o aun mayor al de siempre.

    Recuerdo muy bien el día en que con Rubén Naranjo, en representación de la editorial, fuimos hasta su casa de Paraná, para convenir la publicación. Muy sorprendido Juan ante la propuesta me llamó aparte para decirme que cómo iban a solventar los gastos de una edición tan costosa. Yo le contesté que los editores disponían de los medios y que lo único que él debía hacer era reunir todos los poemas escritos hasta ese momento ya que, según me habían dicho, contra esa entrega ellos le pagarían la totalidad de los derechos de autor de una edición de 3.000 ejemplares. Juan L. no podía comprender lo que estaba sucediendo. Él, que durante toda su vida se había costeado las propias ediciones de 300 ejemplares, mediante un mecanismo elemental, se hallaba ahora frente a un ofrecimiento inusitado.

    La edición insumió mucho tiempo, pero al fin, con el título de En el aura del sauce apareció esta obra, quizá la más sobresaliente escrita en la poesía argentina durante el siglo XX. Tal vez importe apuntar que a pesar de la buena acogida que tuvo esta publicación, no hubo en ese tiempo estudios críticos o ensayos que destacaran la importancia de esta poesía. Más aún habría que señalar que seis años después de la publicación de En el aura del sauce todavía quedaban en la editorial varios cientos de ejemplares. Hacia 1976 la Junta Militar que gobernaba el país intervino la Biblioteca Vigil y una de sus primeras acciones fue quemar, entre otros libros, los de Juan L. Ortiz que estaban en los depósitos de la editorial. Desde entonces, no hubo libros de Juan en las librerías argentinas. Pasaron luego más de veinte años para que con el auspicio de la Universidad Nacional del Litoral, de Santa Fe, se reuniera su obra completa en una excelente edición, muy cuidada, ahora sí, con algunos textos críticos señalando la significación de esta poesía. Ninguna editorial, de las prestigiosas, intentó reeditar nunca una obra que, ya para ese entonces, tenía una presencia única en la poesía argentina.


    Alrededor del año 1974, sin pensar siquiera en lo que sucedería luego, la editora de En el aura del sauce, en conocimiento de que Juan L. tenía poemas inéditos posteriores a los tres tomos, le propuso reunirlos en un cuarto tomo. Ante esa perspectiva, Juan L. comenzó a ordenar esos materiales para su publicación. Personalmente pude comprobar que su trabajo de ordenamiento, avanzaba a buen ritmo. No quisiera exagerar si digo que alrededor de 50 ó 60 páginas ya habían sido pasadas en limpio a comienzos de 1975. En mayo de ese año, yo salí del país y no regresé hasta 1986. Perdí, desde entonces, todo vínculo con los amigos que permanecieron allá. Juan L. murió en el año 1978. La última vez que hablé con él fue, en una llamada telefónica que hice desde Londres, el día que Juan cumplió 80 años.

    La Biblioteca Vigil, cada vez más hostilizada, vivía momentos difíciles que culminaron en su cierre definitivo. Juan L., más aislado que nunca, sobrevivió como pudo durante ese periodo aciago. El hecho cierto, y muy lamentable, es que esa obra final parece haberse perdido para siempre. En la edición del año 1996 de la Universidad del Litoral, se incluyeron varios poemas que no figuraban en la edición de la Biblioteca, pero estoy seguro de que esos poemas no son sino una pequeña parte de los que escribió en esos años.


    A veces pienso que para nosotros, que tuvimos con él una relación prolongada, Juan L. era como uno de los nuestros. Nunca se comportó como un maestro que se reunía con sus discípulos. Fue por su modo de ser un igual entre nosotros, alguien que experimentaba, aún a su edad, las mismas dificultades, los mismos titubeos que los más jóvenes. Aparecía como un aprendiz, que aun al final de su vida corre todos los riesgos y al que también aguarda la posibilidad del fracaso. Nos leía sus poemas con total humildad, explicándonos los pasajes que consideraba oscuros, pues la oscuridad no era para él lo deseable en un poema, aunque a veces, inevitablemente, ésta sobreviniera. En esos casos —lo sabía— no hay explicación que pueda disiparla totalmente. Sucede a veces, no obstante, que esos pasajes oscuros son los que más nos atraen. Así es la poesía. Tal vez sea esa oscuridad la que nos obliga a detenernos, la que nos ayuda a valorar las palabras, a sopesarlas, a no pasar volando sobre un poema, como suele suceder con la prosa. La poesía reclama detenimiento en su materia, y la oscuridad contribuye a veces a desarrollar ese tipo de lectura minuciosa. A pesar de ello Juan insistía en revelarnos la significación de sus imágenes, las referencias objetivas que habían motivado el poema. Mas lo que siempre quedaba vibrando ante nosotros era el torrente de palabras, la musicalidad de su lenguaje, el ritmo de una escritura que nos convocaba y nos hacía compartir una dicha que es, ciertamente, la dicha que proviene de la poesía.

    Me gustaría citar aquí —pues me parece oportuno— un párrafo de Eliot donde éste analiza la influencia que Yeats ejercía sobre los jóvenes poetas. Afirma Eliot: "La influencia de la que hablo se debe a la figura del poeta mismo, a la integridad de su pasión por su arte y su oficio que le dio tal impulso para su extraordinario desarrollo". Juan L., ciertamente, se sentía igual a todos los principiantes porque para él el arte, la poesía, era más importante que el artista. Su figura de poeta también, junto a la intensidad de su pasión, ejerció un indudable magisterio. Las explicaciones que Juan L. solía darnos de su poesía no tenían, creo, la finalidad de reducir a claridad aquello que por su naturaleza era oscuro, tal vez se tratara nada más que de una cortesía hacia el lector. Sabía que a medida que avanzaba en su escritura ésta se hacía más compleja, cosa que él no podía evitar. Quería entregar al lector −a nosotros en ese caso− algunos hilos para que pudiéramos entrar en ese laberinto sin extraviarnos, aunque sabía bien que el poema no transmite, necesariamente, una claridad, a menudo éste encarna una oscuridad que irradia y que uno percibe a pesar de no entender cabalmente.



    Stendhal


  • #2
    Juan L

    FUI AL RÍO...

    Fui al río, y lo sentía
    cerca de mí, enfrente de mí.
    Las ramas tenían voces
    que no llegaban hasta mí.
    La corriente decía
    cosas que no entendía.
    Me angustiaba casi.
    Quería comprenderlo,
    sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
    con sus primeras sílabas alargadas,
    pero no podía.

    Regresaba
    -¿Era yo el que regresaba?-
    en la angustia vaga
    de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
    De pronto sentí el río en mí,
    corría en mí
    con sus orillas trémulas de señas,
    con sus hondos reflejos apenas estrellados.
    Corría el río en mí con sus ramajes.
    Era yo un río en el anochecer,
    y suspiraban en mí los árboles,
    y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
    Me atravesaba un río, me atravesaba un río!



    SI, MI AMIGA...

    Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
    a pesar de esas llamas dulces contra junio…

    Estamos bien… sí…
    Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
    con los locos brazos, ay, negando la ceniza
    y el crepúsculo íntimo…

    Estamos bien… Cummings que se va, muy pálido,
    al país que nunca ha recorrido,
    mientras Debussy enciende el suyo, submarino…

    Estamos bien… Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia
    que trae más agudamente aún la noche
    para las preguntas que se han tendido como ramas
    a lo largo de la pesadilla de la luz,
    con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
    en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música…

    Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen…
    Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
    cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?



    ELLA IBA DE PANA AZUL

    Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.
    La mañana pesaba ya dulcemente.
    ¿De qué color la sombrillas contra el amor de Octubre?

    Entre las manzanillas ella iba.
    Entre la nieve ardiente ella iba.

    ¿En qué ligerísima penumbra sus labios florecían?

    (Oh, sin la penumbra,
    toda la abeja del aire,
    toda, sobre sus labios...).

    Entre las manzanillas ella iba.
    La voz, la voz de niña, algo indecisa aún,
    con pudor, con cierto pudor, de los pétalos ebrios...

    Esa edad de Jacinto, ay, y ese aire...
    Entre las manzanillas ella iba toda de pana azul,
    de un azul más grave que el del Domingo, azul,
    porque ya era el destino
    de ojos a veces bajos o turbados... mi destino.
    Mi destino... Y yo a su lado, qué?
    Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.



    Hacia una orilla eterna

    Rosa y dorada...
    Rosa y dorada
    la ribera.
    La ribera rosa y dorada.
    Febrero,
    y ya estás,
    belleza última, en el cielo y el agua.
    Etérea,
    pero ya estás,
    vapor flotante de un sueño
    que parece de flor y es de un lúcido
    /pensamiento
    que se busca
    y se suspende
    mientras el cielo es un ardor sensible.
    Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura,
    el alma es un olvido hacia una orilla eterna.


    Juan L. Ortiz


    Comentario


    • #3
      Respuesta: Juan L

      NO, NO ES POSIBLE...

      No, no es posible.
      Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.

      ¡Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,
      y el paisaje alejado como una melodía
      bajo la llovizna
      en el atardecer perdido del campo!

      Fuera, fuera, Brahms flotando sobre los campos!

      No, la muerte mágica de la música,
      ni la turbadora sutileza,
      mientras bajo la lluvia
      hombres sin techo y sin pan
      parados en los campos,
      vacilan al entrar a la noche mojada!




      AROMOS DE LA CALLE...

      Aromos de la calle.
      Qué dicha flotante,
      inmediata,
      casi palpable!
      No la siente el pobre,
      no puede sentirla,
      y tan cerca de él
      el alma embriagada
      del aromo!
      Vergüenza de ser
      el único en la fiesta
      fragante
      bajo la mirada
      —celeste a destiempo—
      del cielo que abren
      nubes tibias.
      Pero yo sé que un día
      los frutos de la tierra
      y del cielo, más finos,
      llegarán a todos,
      a todos, a todos.
      Que las almas más
      ignoradas
      se abrirán a los
      signos más etéreos
      del día, la noche,
      y de las estaciones...
      Adán BuenosAyres

      Comentario


      • #4
        Respuesta: Juan L

        Gracias por la poesía, la verdad que me siento un poquito bruto...
        Diego.

        Comentario


        • #5
          Juan L


          AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS


          Ah, mis amigos, habláis de rimas
          y habláis finamente de los crecimientos libres...
          en la seda fantástica os dan las hadas de los leños
          con sus suplicios de tísicas
          sobresaltadas
          de alas...

          Pero habéis pensado
          que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio
          de crecida,
          desnudo casi bajo las agujas del cielo?

          Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
          del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división",
          despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus
          juegos
          con el pan que él amasa y que debe recibir a veces
          en un insulto de piedra?
          Habéis pensado, mis amigos,
          que es una red de sangre la que os salva del vacío,
          en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
          de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
          a no ser una escritura de vidrio?

          Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
          y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el
          secreto...
          Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
          que duerme en aquellos que mueren de silencio,
          corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...
          Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la
          poesía
          igual que en un capullo...
          No olvidéis que la poesía,
          si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
          es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
          cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
          y tendida humildemente, humildemente, para el invento del
          amor...


          Juan L. Ortiz



          Stendhal

          Comentario


          • #6
            Respuesta: Juan L

            es un llamado a elisa, a ella le gustan estas cosas, a mi me da vagancia leer algo tan largo jajaja

            Saludos

            Comentario


            • #7
              Respuesta: Juan L

              No, no, así no vale, no vale. En general, toda esa cosa del río, los aromos, las rosas, la ribera (por dios, cuánto tarda esa alma en perderse en la ribera!), me deja impasible.
              Ahora, Sí, mi amiga, me pareció una maravilla.
              Y en ah, mis amigos, hablaís de rimas, encontré finalmente a ese misterioso y extravagante poeta que me enamoró en Glosa. ¡Qué maravilla de poema!

              En el aura del sauce, encontré también:


              SÍ, MIS AMIGOS, ALLÍ EN ESOS ROSTROS...


              Sí, mis amigos. allí en esos rostros está el rostro.
              El rostro que en la noche, en medio de la tempestad, entre
              relámpagos,
              en medio del martirio, con la sonrisa última muchas veces,
              algunos entrevieron y saludaron como un alba.
              La poesía también fue, la poesía también es, un llamado en la
              noche,
              tímido o firme, pero un llamado hacia ese rostro.
              Acaso la belleza esté allí. Estamos seguros de que la belleza
              está allí.
              En ese resplandor que casi vuelve imprecisos los rasgos.
              Sin velos. Como la luz de las aguas y de las flores en un puro
              mediodía.
              O como la del corazón que ha encontrado su centro.
              Y las manos, ah, las manos que sufrieron las cadenas
              y sangraron, las manos,
              son aquellas, sí, aquellas que allá tejen la guirnalda del sueño
              a lo largo de la tierra en la casa común.
              Veis los dedos ahora finos afiebrados en torno de los tallos y de los pétalos y
              de los pulsos precisos, y sobre las “páginas que defienden
              su blancura”,
              y sobre los silencios, tantos silencios que luego han de cantar?
              Veis el gesto abierto hacia la colina que despierta como una
              novia o como una hija?
              Veis el gesto desvelado sobre el paisaje de las infinitas respuestas
              en la escala toda, relativa, del vértigo?
              Pero veis sobre todo, pero sentís sobre todo,
              que por las manos ahora fluye, recién fluye, la corriente,
              la clara, la profunda corriente en que la criatura puede mirarse
              de veras y ver el infinito?
              Sí, mis amigos, allí en esos rostros está el rostro.
              La belleza está allí, nuestra belleza.
              Editado por última vez por Elisa; http://www.escortsxp.com/foro en 07/14/10, 03:02:01.

              Comentario


              • #8
                Respuesta: Juan L

                Yo no sé cómo hace pero ella encuentra. Si usa maza y cortafierro, si usa una pala ancha, si usa el más fino de los cedazos; pero ella encuentra. Siempre encuentra. ¿Cómo es que lo hace? ¿O es que carga toda la poesía dentro suyo? :blushing:

                Comentario


                • #9
                  Respuesta: Juan L

                  google --> buscar

                  Saludos

                  Originalmente publicado por Manuel García Ver Mensaje
                  Yo no sé cómo hace pero ella encuentra. Si usa maza y cortafierro, si usa una pala ancha, si usa el más fino de los cedazos; pero ella encuentra. Siempre encuentra. ¿Cómo es que lo hace? ¿O es que carga toda la poesía dentro suyo? :blushing:

                  Comentario


                  • #10
                    Respuesta: Juan L

                    ELLA…

                    Ella estaba enamorada de sí misma…
                    Oh, los espejos...

                    Oh, la embriaguez de plata
                    de ella
                    en el aire de los zarcillos…

                    Luego fue de los velos…
                    Las nubes del otoño
                    sólo,
                    sólo, ay, para una novia...
                    Los velos...

                    Y fue más tarde de las hojas...
                    pero de las hojas como joyas
                    del viento...
                    Las hojas...

                    Y con el tiempo fue del río…
                    mas lo mismo que un ala,
                    a veces invisible,
                    sí....
                    o una ramilla, al ras, midiendo
                    la danza...
                    Un ala y una ramilla
                    únicamente… ay,
                    del río…
                    El río…

                    Después, después, las cosas
                    con su perfume
                    séptimo…
                    Y ella, las cosas mismas
                    buscándose,
                    para la comunión?,
                    para la adoración?

                    Y ella, las almas mismas
                    también,
                    buscándose las manos
                    en los laberintos,
                    tras de todas las rejas,
                    a través de todos los órdenes.. .
                    a través de todos
                    los mundos...

                    Las cosas y las almas...
                    Y al fin, ay, al fin...
                    el grito hacia el mar
                    o la noche...
                    El grito de la niña,
                    o de algo
                    que ya no se veía,
                    sobre el último
                    hilo…
                    En la ribera, es cierto,
                    sólo un hilo
                    llamando?

                    La pregunta a las estrellas
                    perdida, es cierto,
                    en el jamás?

                    Pero por qué, por qué,
                    a la vez,
                    menos que una vibración,
                    menos,
                    ella,
                    en la corriente de las profundidades
                    hacia la edad
                    verde…
                    sube, sube de repente, sube...
                    sin nombre,
                    desde todas las presiones?

                    Y por qué, por qué,
                    de repente en la luz,
                    quemada por un ángel,
                    por qué
                    sale de la luz, ella, corriendo...
                    corriendo
                    a los caminos de la sed,
                    con el vaso de agua en las manos
                    y descalza,
                    por qué?...

                    Comentario


                    • #11
                      Saer hablando de Juan L.

                      En esta entrevista, Saer anuncia:

                      "Mi próximo artículo será sobre Juan L. Ortiz, -porque yo escribo artículos en los diarios para ganarme la vida- se cumplieron veinticinco años de su muerte y por primera vez tengo la total convicción - digo por primera vez porque me he separado afectivamente de él después de su muerte y he podido verlo objetivamente- tengo la total convicción de que Juan L. Ortiz es el más grande poeta argentino del siglo XX sin la menor duda, solo podemos equipararlo con Lugones o con Borges. La lección extraordinaria de Juan L. Ortiz es que es el antimercado por excelencia y sin embargo se ha impuesto como un hito esencial de la literatura argentina, iría mucho más lejos y hablaría de la lengua española. Si uno empieza a ver la historia de la literatura argentina - y río platense- vemos que a partir del siglo XIX se confunde con la literatura de la lengua española, es obvio que decir que Juan L Ortiz es el más grande poeta no es posible porque hay poetas tan grandes o más que él, como Cesar Vallejo, Pablo Neruda, el mismo Juanele Ortiz dijo que Cesar Vallejo es el más grande poeta de lengua española del siglo XX, y no quisiera contradecirlo."


                      Y aquí finalmente, el artículo:

                      · UNA POESÍA EN EXPANSIÓN, COMO EL UNIVERSO

                      El dos de septiembre de 1978 murió en Paraná, a los ochenta y dos años, Juan L. Ortiz, el más grande poeta argentino del siglo XX. La edición de sus Obras Completas por Sergio Delgado en 1996, para el Departamento de Publicaciones de la Universidad del Litoral, puso de manifiesto esa indiscutible supremacía que resulta todavía más meritoria cuando no se ignora que en la poesía argentina del siglo que acaba de pasar abundan los nombres prestigiosos, los movimientos más diversos, las revistas de vida relativamente larga, las ediciones cuidadas, el gusto por la traducción, las poéticas y los individuos originales, los textos perdurables. A veinticinco años de su muerte, la grandeza de la vida y la obra de Juan L. Ortiz cobran por fin su deslumbrante evidencia. Las mil ciento veintiuna páginas de sus Obras Completas constituyen un monumento lírico-narrativo que, como toda obra literaria de primera magnitud, tiende a ser (ya lo he dicho a propósito de su poesía en otras circunstancias) un idioma dentro del idioma, un estado dentro del estado, un cosmos dentro del cosmos.

                      El más grande poeta argentino del siglo XX: si comparamos la obra de Ortiz con la de otros poetas a los que se les ha acordado ese rango o que podrían aspirar a él, como Lugones o Borges, salta a la vista la pertinencia de esa atribución a la poesía de Juan L.; la escritura de Borges se realiza más plenamente en su prosa, y en el último período de su obra poética propiamente dicha se produce una verdadera regresión hacia las formas tradicionales, que él solía atribuir a su ceguera, pretendiendo que la utilización del endecasílabo y de la rima le permitía memorizar mejor los versos que iba construyendo mentalmente. Es obvio que se trata de un mito, tributario del de la ceguera de Homero, destinado a subrayar la contribución de esa ceguera al ejercicio mnemotécnico que exigía la retención de los hexámetros. En el caso de Lugones, después de la tentativa renovadora de Las montañas del oro (1897), su poética, en la que naturalmente encontramos muchos magníficos hallazgos, cristaliza sin embargo en el prólogo de Lunario sentimental, en 1909, donde reinvindica el verso libre, pero sometiéndolo al molde del ritmo y de la rima. A partir de entonces, los versos de Lugones, libres o regulares, excelentes o execrables, quedarán encadenados a esa práctica obligatoria de la rima. Aunque difiere en casi todo de ella, la poesía de Juan L. Ortiz podría ser comparada en un solo punto, pero muy importante, con la de Oliverio Girondo: en ambos casos la evolución poética, desembarazándose de toda retórica impuesta desde el exterior, va modificando el lenguaje y la forma desde dentro, y si bien esa práctica conduce a resultados muy distintos, coinciden en el hecho de encontrarse al final de su evolución en las antípodas de toda expresión poética conocida. En ese sentido, Girondo y Ortiz son los herederos de los grandes poetas franceses del siglo XIX, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y Lautréamont, y constituyen lo que podríamos llamar la vanguardia discreta de la poesía argentina, cuya aparente ausencia, comparada al brillo renovador de Huidobro, Neruda o Vallejo, tanto lamentó nuestra crítica durante décadas.

                      Como la del universo, la materia de la poesía orticiana está en continua expansión, y podemos decir que, un cuarto de siglo después de la muerte del poeta, a causa de la estructura singular de sus poemas, esa expansión prosigue su trayectoria por el espacio espejeante del sentido: así, el más extenso de sus poemas, "El Gualeguay", que tiene 2639 versos, se presenta como un fragmento y se interrumpe con la aclaración puesta entre paréntesis: (continúa). Y la transfiguración poética del mundo no aparece a la manera de un inventario, aunque sea caótico, como en el caso de Huidobro o de Neruda, de Vallejo o de Girondo, sino a través de ondas sucesivas de evocación, a la vez precisa y evanescente. En el borrador de una carta escrita a un destinatario desconocido, Ortiz explica: "sueño para lo mío con una ´poesía´ de pura presencia, de resplandor casi, sin ´forma´, o con la muy fluida y aérea de los estados interiores --armonía o visión..." La coherencia de ese proyecto fue sostenida por más de medio siglo de trabajo incesante, y podría decirse que en cada uno de sus libros, en cada uno de sus poemas y en cada uno de sus versos, el proyecto fue puesto en práctica de manera cada vez más lúcida, más certera y más radical. El hombrecito dulce y en apariencia desvalido, que recomendaba la piedad para el conjunto de lo existente, únicamente a sí mismo no se la aplicaba, porque su trabajo sobre la forma poética fue un desvelo constante que lo atormentó durante toda su larga vida.

                      A partir de los años veinte, cuando empezó a escribir los poemas que en 1933 integrarían su primer libro, El agua y la noche (publicado con la ayuda de Mastronardi, César Tiempo, Córdova Iturburu y Petit de Murat), esa forma tuvo en cuenta no únicamente las posibilidades sonoras y visuales del lenguaje, el aporte fecundo de los signos de puntuación a la música verbal, la relación plástica entre la hoja blanca y la tipografía, en la línea de Mallarmé, de Apollinaire y de Reverdy, sino también de cada uno de los elementos del poema, verso, estrofa, extensión, ritmo, contrastes entre el habla y la lengua literaria, y, de vez en cuando, y no únicamente al principio, algunos juegos con ciertos metros regulares y rimas discretísimas. Aunque podría entresacarse de su obra una buena cantidad de poemas cortos que bastarían para situarlo entre los mejores poetas de lengua castellana, en lo relativo a la extensión tanto del verso, como de la estrofa y del poema, toda su práctica formal, su visión del mundo y de la poesía lo llevan con el correr del tiempo a practicar el poema extenso, particularmente en los años cincuenta. En 1953 escribe "Gualeguay", obra maestra de la literatura argentina, poema lírico-narrativo de 586 versos escrito para conmemorar los 170 años de la fundación de la ciudad; en 1956 publica El alma y las colinas, que incluye "Las colinas", poema de 992 versos, y en 1959 comienza su poema más largo, "El Gualeguay" (el artículo designa en este caso el río y no la ciudad), del que podemos decir que se trata de un poema programáticamente inconcluso, para sugerir a través de ese inacabamiento la inagotabilidad del mundo y la infinitud intrínseca de todo texto poético, a lo que también se refiere quizás la afirmación de Paul Valéry: "Un poema nunca se termina; simplemente se abandona".

                      "Todas las cosas decían algo, querían decir algo", declara el verso 83 de "Gualeguay", y ese verso podría cifrar la obra entera de Ortiz. Instalado en el cenit de su evolución artística, el texto conmemorativo es a la vez autobiografía e historia, fluencia lírica entrelazada con una vivaz épica doméstica, en la que la insistente construcción anáforica, habitualmente destinada a exaltar cohortes marciales, despliega en "Gualeguay", con gozosa musicalidad, el teatro íntimo de la memoria, evocando los personajes, los lugares y las cosas, llevadas y traídas por el río del tiempo que parece modelar el ritmo de los versos en una sabia deriva a la vez cívica y familiar, erudita y empírica, realista y metafísica, mística y política. No por casualidad Mastronardi se acuerda de Dante al comentar el poema, dictaminando también con temprana lucidez: "La libertad y la modestia parecen las líneas vertebrales de este óptimo trabajo. Pero creo que necesito ser más explícito: digo ´libertad´ porque creo que dejas fluir, de modo desasido y espontáneo, tu mundo íntimo, tus recuerdos más firmes, tu dadivosa subjetividad. Y hablo de ´modestia´, porque las personas y los hechos que finamente convocas vienen a ser, ya reunidos, como un secreto carnet del alma [...]"

                      Este magnífico poema es la puerta grande que permite acceder al universo orticiano, que está incluido en el otro, pero al que a su vez, por una transposición sutil en la que se vislumbran ciertos vestigios barrocos, repertoriándolo con minucia y lucidez, lo engloba y lo trasciende. Lejos del barullo pretendidamente iconoclasta, la poesía de Juan L. Ortiz, hundiéndose "hasta los tejidos más secretos del silencio" (versos 183-184), va más allá de la mera gesticulación mundana destinada a derribar, para poner otros en su lugar, viejos ídolos retóricos: como toda gran poesía, destruye la apariencia, la pulveriza, y echando en la molienda de la lengua, después de esa demolición necesaria, los restos del mundo, no únicamente lo reconstruye, sino que también, otorgándole una nueva evidencia, lo redime y lo regenera.

                      Por Juan José Saer
                      Para LA NACION- París, 2003


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                      • #12
                        Respuesta: Juan L

                        Y aprovechando que a Juanele le gustaba César Vallejo...


                        LOS HERALDOS NEGROS

                        Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé
                        Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
                        la resaca de todo lo sufrido
                        se empozara en el alma... Yo no sé

                        Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
                        en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
                        Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
                        o los heraldos negros que nos manda la muerte.

                        Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
                        de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
                        Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
                        de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

                        Y el hombre... Pobre... pobre Vuelve los ojos, como
                        cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
                        vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
                        se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

                        Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé.


                        (fragmento)




                        EL POETA A SU AMADA

                        Amada, en esta noche tú te has crucificado
                        sobre los dos maderos curvados de mi beso;
                        y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
                        y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

                        En esta noche clara que tanto me has mirado,
                        la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
                        En esta noche de setiembre se ha oficiado
                        mi segunda caída y el más humano beso.

                        Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
                        se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
                        y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

                        Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
                        ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
                        los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.




                        Comentario

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