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    Domingo 12 de noviembre de 2006

    Malo, malo, malo

    Por Rolando Hanglin




    Conversación con María Elisa, mi amiga. Ella tiene 60 años, ha vivido bastante, es una buena persona y pertenece al bando progresista.

    M.E.: –Te voy a confesar algo que nosotras, las mujeres, nunca decimos. Nos gustan los hombres malos.

    Yo: – ¿Cómo de malos?, ¿como Hitler?, ¿como Picasso?, ¿como Bush?

    M.E.: –Sí, todos los tiranos tienen admiradoras fanáticas que los encuentran muy seductores. ¡Todos!

    Yo: –Sin embargo, dicen que las chicas de ahora sólo aceptan a hombres dulces, compañeros, que cambien los pañales, que se permitan llorar...

    M.E.: –¡Ja! Cuando un hombre llora, ¿sabés cuál es la reacción de su compañera? Le dice: "Mirá, maricón, cómo te piso la cabeza". Y lo aplasta como a una cucaracha. Sin pensarlo. Sin remordimientos.

    Yo: –Me estás diciendo una cosa horrible. Las chicas son tan monas... Y además inteligentes, ágiles, veloces. Van al gimnasio, hacen yoga, van a exposiciones de arte. Les gusta trabajar. No preguntan cuánto van a cobrar. En el trabajo son geniales. Nosotros tenemos la manía de la autoridad. En cambio ellas...

    M.E.: –Ellas han entrado al mundo de los hombres sin entrenamiento previo. Entonces no tienen límites. Carecen de códigos morales. Pueden robar, traicionar, mentir...

    Yo: –¿Y la ética?

    M.E.: –No se desarrolló. La mujer ha sido durante siglos un ser sometido. De golpe, entre 1950 y 1960, la vieja mujer estalló gracias a la píldora anticonceptiva, y se convirtió en yo quiero.

    Yo: –Quiero a mi marido, a mis hijitos...

    M.E.: –¡No! Quiero un auto, quiero una casa, quiero un título. La vida de una muchachita actual es una carrera de postas. De 25 a 30 me recibo, de 30 a 32 tengo mi único hijo, de 32 a 35 me animo a tener un amante, de 35 a 39 abandono a mi marido o programo orgías (pero sin él) y luego otro cambio, y otro cambio, y otro cambio. ¡La vida es cambio! Sobre todo cambio de hombres.

    Yo: –Y nosotros, los varones, ¿qué somos en ese viaje?

    M.E.: –Ustedes son, cada uno, una posta. No bien se llega al final de una etapa, se salta a la siguiente...

    Yo: –Caray, da miedo. ¿Y qué hacen las chicas con el hombre que quedó atrás?

    M.E.: –Se rescatan los elementos útiles. Amistades, propiedades, dinero, conexiones, aprendizajes. Ropa. Un departamento. En fin. Despojado de todos estos bienes, el varón es un insecto gordo. Se lo fumiga rápido.

    Yo: –¿Y los hombres malos se salvan del exterminio?

    M.E.: –Serán los únicos sobrevivientes. Los mandones, los celosos, los agresivos, los machistas del siglo pasado. Amamos el poder. Amamos el hombre verdadero. Amamos el hombre que nos hace temblar de miedo.

    Yo: –¿Todas iguales?

    M.E.: –No, claro. Hay chicas de barrio, o de pueblo, hay muchachas africanas o iraníes o palestinas o lituanas que no tienen la menor idea de todo esto.

    Yo: –Y las actuales, ¿no aman, no sienten?

    M.E.: –Todo eso les fue amputado. El vértigo de la vida les impide sentir. Van rapidísimo.

    Yo: –¿Tus hijas son así?

    M.E.: –Claro.



    * El autor es periodista y escritor

    Link corto: http://www.lanacion.com.ar/857074
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