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Una larga tradición de Estados Unidos

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    Lunes 14 de mayo de 2007

    Una larga tradición de Estados Unidos

    Por Raúl Alfonsín
    Para LA NACION




    En la sección Enfoques, del domingo 6 de mayo, pude leer un adelanto del último libro de Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI , en el que se afirma que las guerras llevadas adelante por Estados Unidos en Afganistán y en Irak no han alcanzado los objetivos anunciados de establecer regímenes democráticos de acuerdo con los valores de Occidente. Se dice, con respecto a Irak, que "nadie se atrevería a negar en serio que la situación del pueblo, cuya liberación fue la excusa para emprender la guerra, es peor que antes".

    El componente "humanitario" tiene una larga tradición en el nacionalismo de los Estados Unidos, como muy bien se explica en un viejo libro de Hans Kohn.

    Esa concepción aparecería tempranamente, luego de la independencia. Desde un principio, los revolucionarios norteamericanos se sintieron herederos de las tradiciones vinculadas con la libertad que proclamaba Gran Bretaña, y que mejorarían estupendamente con la Constitución de Filadelfia. Entretanto, se iba concretando el proceso de anexión, que algunos exaltados deseaban que se extendiera a la propia "madre patria", y aun a Europa y a todo el mundo en nombre de la libertad humana.

    Al principio, este curioso nacionalismo de aparente base ética se limitó, en nombre de un "destino manifiesto", a la conquista de Texas para liberar al pueblo mexicano de su "esclavitud", aunque la idea de anexar toda América del Norte jamás dejó de alentarse, porque se consideraba una obligación difundir sus principios, y extender la democracia a países vecinos.

    Posteriormente, se debilita la idea anexionista y gana terreno la concepción de que bastaba con hacer conocer al mundo las instituciones de Estados Unidos para que se impusieran sus principios. (Presidentes Johnson y Grant, en 1868 y 1873.)

    Teodoro Roosevelt creía que los Estados Unidos debían implantar las reglas del juego internacional, ya que no podían eludir su responsabilidad frente a otras naciones. Transformó definitivamente la doctrina Monroe en una teoría del derecho positivo de los Estados Unidos de intervenir en cualquier país latinoamericano donde el gobierno fuera inestable o desordenado.

    Posteriormente, Woodrow Wilson asume la tradicional posición de su país frente al expansionismo alemán. Comprendió que sólo podía llevarse a cabo sobre la base de la destrucción de las libertades de Europa y convenció a su pueblo de que los alemanes representaban valores opuestos a los angloamericanos. Sostuvo: "[...] Los trágicos sucesos de los últimos treinta meses nos han hecho ciudadanos del mundo. Ya no podemos volver atrás".

    Superada la Primera Guerra Mundial, con la misma tradición, pero en un sentido absolutamente inverso al guerrero que se había apoderado de muchos dirigentes y del propio pueblo de Estados Unidos, con un claro compromiso de paz, creía que entre los jefes de Estado que se reunirían en París, su palabra y su influencia tendrían una importancia decisiva, puesto que representaba al país institucionalmente superior. En otras palabras, la Liga de las Naciones expresaría el idealismo norteamericano y se impondría al desconfiable Viejo Mundo.

    Con anterioridad, había escrito un artículo en el que sostenía que el siglo XX forzaría a los norteamericanos a salir de su aislamiento... "Es nuestra obligación particular enseñar el hábito de la ley y la obediencia, que nosotros hemos extraído ya hace mucho del agitado proceso de la historia inglesa; asegurar para ellos, cuando podamos, el libre intercambio y el natural desarrollo que los haga, por lo menos, miembros iguales de la familia de las naciones."

    Posteriormente, para lograr la aprobación del tratado, en una muy extensa gira que resultó finalmente infructuosa, sostuvo: "Si América no se pusiera a la vanguardia en esta nueva empresa de poder concentrado, el mundo experimentaría una de esas desilusiones, una de esas penetrantes heladas de reacción que terminaría en un cinismo universal [...]". Sus palabras fueron proféticas. Estaba seguro de que antes de que transcurrieran 25 años, Estados Unidos tendría que luchar nuevamente contra Alemania junto a los mismos aliados.

    Luego de su derrota, reapareció con fuerza el sentimiento aislacionista de su país, que terminaría tras el ataque a Pearl Harbour, y también debido a la anterior y permanente influencia del presidente Franklin Roosevelt, que luchó con denuedo contra el falso pacifismo que se había apoderado de su pueblo, y que no era otra cosa que la contracara de su tradicional nacionalismo.

    La presidencia de George W. Bush llevaría la concepción "humanitarista" del nacionalismo estadounidense a extremos desconocidos y llegaría a contar con un amplio asentimiento luego del atroz ataque terrorista del 11 de Septiembre, que definiría la restauración de la doctrina del interés nacional, basada en la seguridad estratégica y, consecuentemente de la idea de las guerras preventivas, pero siempre en el marco aparente de aquella tradición nacionalista, que en este caso, como bien señala Hobsbawm, se traducía en la necesidad de llevar sus instituciones al mundo árabe.

    Así lo sostuvo en un reportaje: "Si hay un problema en el mundo, todos esperan que lo abordemos. Es el precio del poder". Y agregó que si "determinados valores son buenos para nuestros pueblos, también deben serlo para otros". El resultado de este fundamentalismo es que en vez de afirmarse los valores de la república en Irak, se debilitan en Estados Unidos.

    Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/908351
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