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Cómo es la vida de un chico que se cría dentro de una cárcel

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    Domingo 22 de octubre de 2006

    Infancia en riesgo / Nota I de II

    Cómo es la vida de un chico que se cría dentro de una cárcel

    Está junto a su madre hasta los 4 años




    La mayoría nunca vio la luna. Ni conoce qué es un perro. O una plaza. Tampoco sabe la palabra “afuera” o cómo pincha una barba. Muchos tienen problemas de vista, acostumbrados a ver siempre a distancias cortas. No juegan a la mamá y al papá, sino a las visitas y a la requisa. Porque todo lo que conocen del mundo es la cárcel.

    Son niños y viven entre rejas desde que nacieron o desde que sus madres cayeron presas. Los más grandes tienen casi cuatro años. Cuando llegue su cumpleaños, ese mismo día, tendrán que irse. Con un familiar o a alguna institución para menores.

    Así es la vida de los 150 chicos que viven hoy en cárceles federales y de la provincia de Buenos Aires. En la Unidad 31 del Servicio Penitenciario Federal viven casi cien. En 1996, esta cárcel se inauguró para que cada presa tuviera una celda privada para vivir con su hijo. La medida se tomó luego de un motín en la Unidad 3. Se buscó reducir los riesgos que corrían los chicos al vivir en una cárcel con presas comunes y a la vez evitar que se separara a la madre y a su hijo en la primera infancia. Lo mismo ocurre en la cárcel provincial de Los Hornos, donde viven 51 menores de cuatro años y otra decena de chicos se reparten en las prisiones de Bahía Blanca, San Nicolás, Mercedes y Mar del Plata.

    "Las cárceles no fueron diseñadas para los chicos y limitan su desarrollo." Lo dice Florencia Der Torossian, psicóloga de la fundación Sacdem, que asiste todos los lunes para trabajar con los chicos y las madres en Ezeiza. Lo confirman el jefe de gabinete de la Subsecretaría de Asuntos Penitenciarios, Alejandro Marambio, que recibió a LA NACION en su despacho del Ministerio de Justicia, y la psicopedagoga que trabaja en el penal 31, María Virginia Delgado.

    "Estamos preocupados porque vemos que los chicos adoptaron el encierro como única forma de vida. Juegan a la requisa o la visita. A cualquier hombre que pasa por el penal lo llaman «papá». El silencio que se siente por las noches es opresivo. No hay llantos. No hay berrinches. No es un niño normal: es un niño institucionalizado... El esfuerzo que se hace desde la Unidad para que sea un ámbito de desarrollo es grande, pero la limitación, también. Porque, por más de que el jardín de infantes tenga dibujos de Disney en las paredes, esto sigue siendo una cárcel", dice Marambio.

    El dilema que enfrentan las autoridades es cómo conjugar el derecho de los niños "a no ser separados de sus madres" y el derecho a "crecer en libertad" y en un ambiente "que les permita desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal", según consagra la Convención sobre los Derechos del Niño.

    Si algo queda en claro al recorrer la Unidad 31 es que la vida de los chicos en la cárcel sigue la estricta rutina del sistema penitenciario. No pueden vestir de ciertos colores: nada de azul, de celeste, negro o gris.

    El riesgo es que esos colores se confundan con los uniformes de las agentes penitenciarias. No pueden tener espejos ni jugar con una soga. Allí no entran los sacapuntas. Y el día se termina a las siete de la tarde, cuando tienen que volver a la celda.

    Hay una para cada madre, y en ella entran una cama y una cuna. Es todo lo que cabe en un cubículo de dos metros por dos. Muchas de las madres prefieren obviar la cuna y que los chicos compartan la cama con ellas. Allí, el espacio no sobra.

    "Desde el punto de vista pediátrico, se detecta un importante retraso en pautas madurativas. Es muy difícil para las madres llegar al destete y a que los chicos controlen esfínteres. Entre la madre y el chico se desarrolla una relación simbiótica, de mucho apego", dice Delgado.

    Las madres más débiles de carácter se aferran a ellos como una protección. Los tienen siempre alzados hasta casi el año y medio de vida; así se sienten a resguardo. Pero esto puede tener consecuencias para los bebes, porque de esa forma no desarrollan las extremidades, explicó Der Torossian.

    "En un entorno de crianza pobre en estímulos, los niños en prisión con sus madres pueden calificarse de niños en riesgo." Esa es la conclusión a la que llegaron los psicólogos de la Universidad Complutense de Madrid, luego de estudiar durante cinco meses a 60 niños que viven en cárceles. El trabajo, al que tuvo acceso LA NACION, se realizó en 1998 a pedido del por entonces defensor de menores de Madrid, Javier Urra, y es uno de los pocos estudios de casos de niños en prisión.

    "Su desarrollo no plantea problemas especiales hasta los dos años. Después, el internamiento es discutible, pues disminuye la incidencia de la herencia filogenética en el desarrollo y cobra importancia el ambiente. Es entonces cuando comienzan a aparecer trastornos de conducta derivados del rechazo del medio y del temor a ser separado de la madre. Estos hallazgos aconsejan que la separación, si es necesaria, es preciso planificarla para que se produzca efectivamente alrededor de los 24 meses", apunta el informe.



    Los chicos del penal de Ezeiza siguen la rutina penitenciaria: el día termina a las 19, cuando deben volver a la celda junto con sus madres Foto: Carlos Crusoe



    Idioma "tumbero"

    La psicóloga Delgado agrega que, en Ezeiza, los chicos más grandes incorporaron jergas y actitudes propias de la vida en cautiverio. "Cuando llegan a una puerta, se paran al costado para esperar que les ordenen que pueden pasar. La experiencia por exploración, propia de esta edad, está muy limitada por el entorno", dice.

    También en la cárcel provincial de Los Hornos viven 61 chicos con sus madres. Un informe elaborado por el Comité Provincial Contra la Tortura, con el título de "Nacidos en encierro", advierte sobre las secuelas. "Una peculiaridad que pudimos registrar es que el lenguaje que aprenden en los establecimientos carcelarios afectarán su futura vinculación social. Entre sus términos cotidianos, incluso entre sus primeras palabras, figuran "gato", "te pusiste la gorra" y "celadora", relata Laurana Malacalza, quien redactó el informe. En el documento figura una cita textual de una madre, llamada Norma, que dice: "El problema que tengo es que empieza a hablar [su hija] como tumbera".

    Para los chicos, el día comienza a las 8 y termina a las 19.30. Las madres pueden enviarlos a la guardería del penal, entre cuatro y seis horas, de mañana o de tarde, cuando la mayoría de ellas trabaja. Allí tienen juegos y una especie de pelotero.




    La relación entre madre e hijo se construye con la vigilancia de guardiacárceles Foto: Carlos Crusoe


    La Unidad 31 está dividida por rejas cada 20 metros. Hay varias en el ingreso y otras tantas en la entrada de cada pabellón. A ellas se prenden las mujeres y los niños cuando quieren conversar con otras internas. Por el pasillo hay pequeñas mirillas que permiten ver el interior de los pabellones. Desde allí vigilan todo las guardiacárceles. Hay una pequeña ventanita en el extremo de cada pasillo: por ella se ven los alambres de púa del cerco perimetral.

    "La vida de los niños en las prisiones está ordenada según una rígida disciplina, que deriva tanto de las limitaciones horarias establecidas por los turnos de las funcionarias como del necesario sometimiento de sus madres a la vigilancia propia del medio penitenciario", señala el estudio de la Universidad Complutense.

    Sin varones

    "La prisión es un entorno monótono desde el punto de vista sensorial: el color, los objetos, los sonidos, los olores, cubren una gama reducida. No hay tráfico ni plantas ni animales ni vidrieras. Todo esto contribuye a limitar sus experiencias", agrega.

    Algunas, muy significativas: por ejemplo, el hecho de que estos niños se desarrollen en un mundo carente de la presencia de varones. Sus relaciones con el padre se limitan, en el mejor de los casos, a visitas esporádicas. Lo mismo puede decirse del resto de la familia: hermanos mayores, abuelos, tíos son sólo figuras de las que se tienen referencias verbales.

    "Independientemente de las actitudes o preparación de la madre y de las personas encargadas de su educación, el entorno limita las posibilidades de desarrollo de estos niños", concluye el informe.



    Poco y nada conocen los niños más allá de las rejas Foto: Carlos Crusoe


    Por Evangelina Himitian
    De la Redacción de LA NACION

    Sin reglas uniformes

    * No existe una regla internacional sobre la edad hasta la cual un niño debería permanecer en prisión junto con su madre. En algunos países, por ejemplo China, la regla es que si una mujer está embarazada o tiene un bebe de menos de 12 meses, no puede cumplir su condena en la cárcel hasta que el chico haya alcanzado el año de vida, tras lo cual deberá ingresar en prisión sin él. En Italia, los hijos pueden estar en prisión con sus madres hasta los tres años, lo mismo que en España y Portugal. En Francia, hasta los 18 meses y en Inglaterra deben salir entre los nueve meses y el ano y medio de vida. En Bolivia pueden estar hasta los seis años.



    Link corto: http://www.lanacion.com.ar/851627
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