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Documento: Diario de un oficial. Historia sangrienta la nuestra.

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    El feroz degüello de Metán

    Sábado 31 de Diciembre de 2011 |
    El 3 de octubre de 1841, por orden del general Manuel Oribe, fue decapitado el doctor Marco Manuel de Avellaneda, gobernador delegado de Tucumán y líder de la Liga del Norte contra Rosas.

    El diario privado de un oficial rosista registró los atroces detalles de la ejecución

    Lo que ocurrió después se conoce por un testigo insospechable. El capitán García, de las fuerzas de Oribe, llevaba secretamente un diario, que hoy se encuentra en el Archivo Nacional de Montevideo, en la Biblioteca Blanco Acevedo

    Hace 170 años, en las afueras del pueblo salteño de Metán y -según la tradición- debajo de un árbol frondoso, se consumó el episodio acaso más sangriento de las guerras civiles en esta parte del país. Fue el degüello del doctor Marco Manuel de Avellaneda, drama que -unido a la muerte de Lavalle en Jujuy, cinco días después- cerró el breve y azaroso ciclo de la Liga del Norte contra Rosas.

    Es conocido el contexto. En 1840, bajo el liderazgo de Avellaneda, joven de 27 años por entonces, cinco provincias argentinas -Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja- se alzaron contra el jefe de la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas. Querían derrocarlo como paso previo a la organización del país. Apoyo militar del audaz pronunciamiento eran dos ejércitos que mandaban, respectivamente, los generales Juan Lavalle y Gregorio Aráoz de La Madrid.

    Ambos jefes no se entendían. Emprendieron campañas desacertadas contra las fuerzas que Rosas destacó para aplastar a los rebeldes. Y si se agrega que las provincias de la Liga se hallaban en la ruina económica, el desastre era de prever. Lavalle fue derrotado, sucesivamente, en Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) y en Famaillá (19 de septiembre de 1841). En cuanto a La Madrid, terminó batido completamente en Rodeo del Medio (24 de septiembre de 1841).

    Traición y captura

    El doctor Avellaneda, después del contraste de Famaillá, buscó salvar su vida. Cabalgó con un puñado de hombres hasta Raco. Pasó la noche en la casa de don Pedro Ruiz de Huidobro e indicó a los baqueanos que lo condujeran a Jujuy -donde lo aguardaban su mujer e hijos- por la Pampa Grande, como etapa previa al exilio en Bolivia. Fue traicionado por Gregorio Sandoval, un oficial corrupto y habituado al saqueo, quien lo entregó a los soldados del general Manuel Oribe, el vencedor de Famaillá.

    Lo que ocurrió después se conoce por un testigo insospechable. El capitán García, de las fuerzas de Oribe, llevaba secretamente un diario, que hoy se encuentra en el Archivo Nacional de Montevideo, en la Biblioteca Blanco Acevedo. No es posible dudar de la veracidad de un integrante del ejército "degollador".

    Avellaneda fue conducido amarrado hasta el campamento de Metán, el 3 de octubre de 1841. El traidor Sandoval venía montado en el caballo de su prisionero, a quien había arrebatado las espuelas, la gorra y el poncho. Oribe lo "recibió gozoso" y mandó al coronel Mariano Maza que se encargase de los presos. Cuenta García que Avellaneda estaba "casi desnudo", descalzo y "envuelto en una frazada de picote". Maza lo hizo subir en su galera para interrogarlo. A las preguntas que le hizo, el ex gobernador delegado de Tucumán contestaba "con entereza y moderación".

    Atroz relato

    Fueron alineados luego los seis cabecillas. Además de Avellaneda, el coronel José María Vilela, el comandante Lucio Casas, el sargento mayor Gabriel Suárez, el capitán José Espejo y el teniente primero Leonardo Souza. El horror que siguió consta en el escalofriante relato del capitán García, que vale la pena transcribir textualmente:

    "Seis soldados con sus cuchillos en mano les cortaron la cabeza estando de pie; los cuerpos cayeron, el de Avellaneda, con la cabeza completamente separada, se afirmó en las manos apenas cayó y por largo rato estuvo como quien anda a gatas. Mientras tanto, la cabeza separada y tomada por un soldado de los cabellos, hacía las más extrañas gesticulaciones: los ojos se abrían y cerraban girando de izquierda a derecha y viceversa y echando de frente, sin apagarse, mientras el labio inferior se colocaba muchas veces debajo de los dientes, con un movimiento natural y poco forzado como cuando la ira nos hace contraer de ese modo la boca".

    Manea con la piel

    El relato sigue. "La cabeza vivió de este modo doce minutos y el cuerpo del mismo, después de estar inmóvil, presentó otro fenómeno de vitalidad. Un tal Bernardino Olid, capitán allegado al general Oribe y uno de los hombres más feroces y carniceros, sacó el cuchillo y observando la blancura y delicado cutis de Avellaneda, ’de este cuero, dijo, quiero una manea’, y dando un tajo todo a lo largo del cuerpo del decapitado señaló la piel, haciendo correr por el lomo lentamente el cuchillo: el cadáver se enderezó nuevamente apoyado en las palmas de las manos y hasta donde le es posible a un hombre vivo levantarse en esa actitud, se mantuvo por más de tres minutos; finalmente Olid corrió nuevamente el cuchillo y sacó la lonja para la manea; el cadáver ya no se movió".

    Una nota de García apunta que "la manea fue sobada, le colocó una argolla de plata en las marchas, hizo presente de ella al general Oribe y no aceptándole éste, le mandó conservarla mucho aplaudiendo la idea".

    Horas de desenfreno

    García cuenta que luego se desató el desenfreno en el campamento de Metán. "El cuerpo de Avellaneda fue despedazado, así fueron los demás. Esa noche, Melgar, Alvarado, Arriaga, Golfarini y otros jugaban con los miembros de Avellaneda, y muchos fueron a colocar debajo de alguna de las mujeres del ejército un pie, una mano, una pierna o el miembro viril de Avellaneda; a tal estado había llegado la familiariedad con estos hechos horrorosos, y si se agrega que todo esto divierte al general Oribe, se alcanzará a comprender dónde iremos a parar
    . Ya los soldados fríen maíz con grasa humana y hacen cosas que nos falta poco para ser antropófagos".

    Finalmente, la cabeza de Avellaneda fue "acomodada por Maza y el general Oribe en un cajón con cal y remitida a Tucumán, con orden al general Garzón de que se la ponga en la plaza pública clavada en un palo y a la altura de un hombre".............http://www.lagaceta.com.ar/nota/4717...llo-Metan.html
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