Anuncio

Colapsar
1 de 2 < >

Argentinaxp.com

Escorts
2 de 2 < >

Club de Caballeros Argentina

Obtené acceso a la mejor información de Argentina y el Mundo. Asociate hoy y comenzá a disfrutar!
Ver más
Ver menos

No se puede ser gay en un pueblo

Colapsar
X
  • Filtrar
  • Tiempo
  • Mostrar
Limpiar Todo
nuevos mensajes

  • No se puede ser gay en un pueblo

    Fiamma escort vip Centro

    Escort en Tribunales

    Escort en Tribunales
    http://blogs.lanacion.com.ar/boquita...eblo/#more-969

    No se puede ser gay en un pueblo

    Ayer publicaba un post sobre las dificultades de ser gay en un pueblo . Hubo algunos problemas con el blog y no se podían dejar comentarios. Recibí a muchos de ustedes en mi mail. Decidí publicar uno de ellos porque me invitó a pensar el tema desde un ángulo diferente. Comparto con ustedes el texto de Mario Rufer, historiador, escritor…nacido en un pueblo.
    Este es su texto…
    En una entrevista bastante vieja, el escritor David Viñas, recientemente fallecido decía que en Argentina hay dos figuras notables de posicionarse como “otro”: el abyecto y el juez. Pocas sociedades poscoloniales han logrado una forma de normativización tan hermética como la Argentina. Siguiendo a Viñas, en este país si pongo a alguien en frente mío como diferente es o bien un excluido (del orden, de la norma –lo que generalmente es lo que excede la posición de blanco, heteronormativo, patriarcal y católico, para empezar) o bien un juez (alguien que vigila, escruta, cataloga y sentencia). Por eso, decía Viñas, esa obsesión argentina con la homogeneidad: vestiditos iguales, el mismo corte de pelo, vamos a los mismos lugares, hacemos dieta, estamos flacos (o lo intentamos), vamos al gym. Y eso no es lo peor: vigilamos. Sabemos si el vecino se viste bien, intuímos adónde compra la ropa, juzgamos inmediatamente posición posible, clase posible, gustos posibles cuando vemos a alguien por primera vez. Somos un código de normatividades. Esto, por supuesto, es un orden histórico y lo debemos a la energía que nuestras élites criollas pusieron en crear el “ciudadano argentino”. Ahora vivo en México (las antípodas de la Argentina en este punto –mucho más doloroso y autoritario en otros). Pero hace poco una amiga argentina exiliada tomó una faja de papel crepe, cortó la media figura de una mujer y luego la estiró: se desplegó la consabida guirnalda con vestiditos. Me miró y me dijo “che, fijate: son argentinas. Todas igualitas”.
    Obvio que en esto hay una hipérbole. Las sociedades no logran construirse sin una diferencia interna, sin un peligro que controlar. Pero lo que decía Viñas me parece capital para entender “el orden de género” de un pueblo argentino de 10 mil habitantes como el que nací. No cualquier pueblo, no un pueblo de la puna o de Formosa. Un pueblo de la pampa gringa, el sujeto territorial de nuestra nación. En esos pueblos, la figura que propone Viñas se agudiza. Como en cualquier comunidad pequeña, la sociabilidad se densifica, el espacio para la disidencia es mínimo y los marcos de regulación de las prácticas son poderosamente rígidos. Esto, por supuesto, tiene enormes ventajas (según la posición que tomemos en el orden social): en un pueblo como el mío no hay “homeless” (simplemente porque si hay mendigos se los integra a un orden dentro del orden. Ahí nadie es “-less”).
    Lo público y lo privado. En un pueblo de la pampa el pequeño espacio, la plaza y la cuadrícula, la iglesia y las manzanas, cancelan la divisoria entre lo público y lo privado, justamente porque lo privado es, esencialmente, de “dominio” público. El espacio de un pueblo no está diseñado por la cartografía ni por la historia de sus calles ni mucho menos por la iconografía de sus locales: está estucturado por las narrativas cotidianas y por la repetición. En la seguridad de los mismos nombres, del idéntico trasiego diario, los lugares están anclados nominalmente en un único vínculo posible que se vuelve orden del discurso: el familiar. Siempre hay que ir “al frente de Don Juan”, “en la esquina de lo de Pleitavino”, “atrás de Mosquiatto.” No hay nombres de negocios ni de calles. En un pueblo no importan los próceres, sólo el lenguaje donde hay conocidos y extraños.
    Alguna vez escribí que el único tabú de un pueblo pampeano (más allá de ser gay, disidente, negro, transgénero o musulmán) es el anonimato. No hay lugar (espacial ni discursivo) para esa decisión: no es una posición sostenible, simplemente porque el anonimato cancela a la comunidad. No hay sujeto individual en un pueblo, y esa puede ser una gran fortuna (porque la soledad es mucho menos peligrosa) y una enorme condena a la vez (porque la transgresión se paga con la publicidad y con el nombre, o lo que es igual, con el estigma).
    Pero hay una cosa que siempre me llamó la atención: en mi caso particular, yo no pude “nombrarme” gay (lo que implica, obviamente, no sólo una cuestión de lenguaje sino una designación del deseo y la asunción de una posición y de una responsabilidad) hasta que no me fui del pueblo a los 18 años, hasta que no “emigré” a la gran ciudad, a primera vista siempre portadora de la liberación. Discutí acaloradamente con amigos sobre esto, sosteniendo siempre más o menos lo siguiente: “no se puede ser gay en un pueblo. Si lo decís, te expulsan; si no lo decís, vivís una vida de represión y doble conducta. Del pueblo hay que irse si sos gay, no queda otra.”
    Hoy estoy menos seguro de eso, o al menos me animaría a matizarlo. Claro, yo hablaba de una homologación entre decir y ser: el habla y la referencia. Hace pocos días leí una tesis llamada “Trayectorias de vida de lesbianas y gays en el interior de Santa Fe”. Y las historias me corroboraron algo que ya empezaba a intuir: los pueblos están saturados de vidas gays, de órdenes diferentes al enunciado. Simplemente no hacen de la vida sexual una inscripción en el discurso. Ya sé, cualquier feminista me dirá: si lo personal no puede ser enunciado públicamente no puede ser político. Y si lo personal no es político, hay represión y discriminación. Adscribo enteramente a ello. Sin embargo, cada vez el dogma de los progresismos me incomoda más. Creo que militantes e intelectuales solemos tener anteojeras demasiado pronunciadas para “escuchar” el murmullo de los pueblos (que murmuran porque, diría Barthes, el habla se autoriza en otro lado: en la ciudad, en el estado, en las élites blancas).

    Las chicas. Ana y Manuela, en mi pueblo, viven en pareja desde hace más de veinte años. Nadie “habla” de su elección de vida sexual (empezando por ellas). Pero todos saben: eso se repite hasta el cansancio. Ana es abogada, Manuela es ingeniera. A nadie se le cruza nombrarlas como “una pareja”. Son “las chicas”. Queridas, incluidas, posicionadas. Claro: en un doble orden, el del discurso y el social (blancas, de “familia”): el orden que posibilita una comunidad. Y ahí la cosa se complica, porque si todos “saben” es porque no hay lugar al espacio totalmente privado en un pueblo. Pero sí hay lugar a un pacto en el orden. No es el pacto de la ley (a nadie le importa la ley en un pueblo). Es un pacto de símbolos, de prácticas, de dones y contradones. Y por supuesto, de silencios. Pero a ver: ¿quién vive en transparencia total para el mundo? ¿quién no oculta algo, por decisión o por represión? Ni siquiera el sujeto consigo mismo (Freud mediante).
    En ese pacto, Ana y Manuela no se besan en la calle, no salen de la mano, no se acarician el pelo en público y están privadas de un lenguaje básico de la relación amorosa: el de la ternura. Un alto costo, tal vez. Pero ellas eligen. Eligen el espacio cuadriculado y los cielos de la pampa, eligen la densa sociabilidad de los amigos que a la vez que no preguntan y omiten, acompañan e instituyen. Escogen la omnipresencia de ciertas solidaridades que no figuran en el mapa relacional de una ciudad. Eligen que el tiempo se alargue bajo el trasiego diario de los mismos nombres. Prefieren la frecuencia del orden familiar, del que claro que forman parte. Comparten navidades y cumpleaños sin enunciar el vínculo, porque no hace falta, porque hay casos en los que la práctica no necesita del referente. Porque todos saben. Y porque en estos casos, como decía el maestro Foucault, hablar es peligroso.
    ¿Están entrampadas? ¿No liberadas? ¿Ideologizadas por el pueblo? ¿Oprimidas sin saberlo? Me pregunto: ¿quién puede tener la certeza y desde qué posición? ¿Desde nuestros púlpitos de militantes o intelectuales que siempre pretendemos llevar la liberación universal (que sólo nosotros conocemos) al último rincón del mundo? No sé. No tengo una respuesta clara y me lo sigo preguntando. Ana y Manuela (un ejemplo entre tantísimos) eligen. Eso es esencial. La inscripción del yo en un orden del discurso que es, siempre, la expresión de una posición. En definitiva, la ley hace de esa posición un instrumento de autoridad. Pero Ana y Manuela lo dicen así: “la ley no nos habla a nosotras” (me parece una metáfora preciosa). No van a casarse (claro que no): pero han tomado recaudos sobre sus posesiones, han hablado con la notaria del pueblo.
    De esta historia aprendí algo que vengo viendo desde hace tiempo: las prácticas nunca son totalmente referenciales al lenguaje. ¿Quién no quiso al menos un día vestirse de mujer, quién no jugó a ser otro por un día y quién no soñó con despojarse por un ratito del nombre con el que fuimos a-signados de una vez y para siempre? Ana y Manuela viven su sexualidad y su domesticidad en un mundo entre mujeres. Sin embargo, no se enuncian lesbianas. Escogen un orden del discurso donde ese acto de habla es imposible (a costa de la expulsión). Pero negocian, y lo hacen bien. Eligen la comunidad. Y me animaría a decir: son felices, y no creo que sean sujetos carentes (más allá de las carencias que a todos nos estructuran).

    Yo también elegí: irme. Cuando me preguntan si volvería al pueblo a vivir, digo generalmente: “ni loco, sería mi peor pesadilla”. Y lo sigo sosteniendo. Pero eso es así porque yo me instalé en otro orden donde hablar es (más) referencial y donde la enunciación es el principio de la acción. Desde mi lugar milité a favor de la ley de matrimonio igualitario, claro. Pero hay algo crucial sobre lo que debo ser conciente, y es que mi posición no se define ni dependen de la transgresión al orden de género: si se entera mi decano que soy gay, tal vez hasta más simpatía me tenga. Pero eso es un privilegio que no cualquiera tiene (y más aún, que no todos eligen).
    Sigo sosteniendo que “en general” ser gay en un pueblo es difícil y altamente costoso si se escoge el lugar de la militancia y la enunciación (siempre estaremos del lado del excluido y jamás del lado del juez en la estampa binaria de Viñas). En el pueblo nos habita la marca del nombre (que es obviamente la ley del padre) y sobre todo, la marca de los deberes que nunca vamos a cumplir: familia e hijos, reproducción y repetición. “En general” la vida gay es más “fácil” en una ciudad por todo lo que ya sabemos (redes, “tolerancia” –peligrosa palabra—, núcleos de diferencia y sobre todo, posibilidad de anonimato). Pero recuerdo que un profesor en la universidad me decía: “en este país vamos a ser menos autoritarios cuando abandonemos la costumbre de poner “en general” al inicio de los párrafos que escribimos”. Creo que recién ahora entendí el sentido de aquel consejo: después de todo, nadie vive “en general” (o lo que es lo mismo, nadie responde al enunciado de la ley).
    Si convertimos el murmullo de los pueblos en habla, entenderemos que pueden ser tremendamente conservadores pero a la vez permisivos y garantes (de redes, de solidaridades, de presencia). Y que la contradicción, citadinos o pueblerinos, nos atraviesa. ¿Qué hacemos? Elegimos, y esa lucha, la de poder escoger, es la central. Uno debería poder elegir adónde vive, pero no qué escucha cuando dialoga. Tal vez esta sea la tarea pendiente de todo progresismo: saber que ninguna vida sucede en la generalidad, y que ningún acontecimiento admite una sola historia.

  • #2
    Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

    No me parece bueno, me parece buenísimo.
    "...En una entrevista bastante vieja, el escritor David Viñas, recientemente fallecido decía que en Argentina hay dos figuras notables de posicionarse como “otro”: el abyecto y el juez. Pocas sociedades poscoloniales han logrado una forma de normativización tan hermética como la Argentina. Siguiendo a Viñas, en este país si pongo a alguien en frente mío como diferente es o bien un excluido (del orden, de la norma –lo que generalmente es lo que excede la posición de blanco, heteronormativo, patriarcal y católico, para empezar) o bien un juez (alguien que vigila, escruta, cataloga y sentencia). Por eso, decía Viñas, esa obsesión argentina con la homogeneidad: vestiditos iguales, el mismo corte de pelo, vamos a los mismos lugares, hacemos dieta, estamos flacos (o lo intentamos), vamos al gym. Y eso no es lo peor: vigilamos..."
    Lo tuve que postear en el FB, es genialll

    Comentario


    • #3
      Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

      Brillante!
      Viñas siempre peleando con su excelsa pluma por todo tipo de reivindicaciones, principalmente sociales. Se le adeuda un gran reconocimiento.

      Me lastima a veces mi estimado J.J.Sebreli con su ninguneo hacia sus otrora compañeros intelectuales, no sé que dirá ahora, que Viñas ha partido, pero antes a él y su hermano (Ismael), no los consideraba como pensadores de su categoría, una pena, porque tanto para un ojo bien entrenado como para un principiante sus reflexiones son música celestial.

      Una salvedad ( de atrevido nomás), en el subtítulo "las chicas", me parece que distinto hubiera sido el trato pueblerino si en lugar de mujeres hubieran sido varones , dado que la tolerancia/aceptación hacia el lesbianismo está comprobado que, es mayor que hacia la homosexualidad y, de ahí en más todas la derivaciones que surjan.
      Editado por última vez por Psichoboy; http://www.escortsxp.com/foro en 03/23/11, 21:22:28. Razón: agregado

      Comentario


      • #4
        Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

        Me gustaría agregar que el escenario del "pueblo" puede no necesariamente ser el que el significado literal del término nos presenta. En la gran ciudad también podés tener tu ambiente pueblerino, donde el gheto, de oro u hojalata según la suerte, te contiene pero no admitirá (no puede, hasta puedo comprenderlo) jamás un blanqueo de tal situación por tu parte. Estoy hablando del laburo, del círculo social, del ambiente académico o de cualquier variante equivalente que se les ocurra. La pertenencia se da casi siempre en el marco de un código de conducta que se exige al "socio". Rara vez la condición gay explícita encaja en lo permitido por ese código....
        A donde quiero llegar es a que la historia de las chicas del pueblo es interpretable también en un sentido más amplio y como metáfora.

        Comentario


        • #5
          Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

          Muy bueno.
          EN GENERAL en los pueblos se excluye al gay o lesbiana que demuestra o muestra su condición, el que se integra a la comunidad y se mantiene como un "solteron"-"solterona" vive tranquilo por más que todos sepan o intuyan su condición.
          Como dice el texto no que creer en las generalidades, no es sinonimo de infelicidad ser gay en un pueblo como tampoco lo es ser feliz y libre siendo gay en la ciudad.
          Muchas veces se termina siendo infeliz en la ciudad justamente por esa gran libertad que te ofrece el anonimato y los antros en los que se pueden liberar los deseos.
          Vivi los dos mundos, todavia estoy tratando de encontrar en el cual de los dos puedo ser feliz.

          Comentario


          • #6
            Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

            Originalmente publicado por SEBASTHIAN Ver Mensaje
            Muy bueno.
            EN GENERAL en los pueblos se excluye al gay o lesbiana que demuestra o muestra su condición, el que se integra a la comunidad y se mantiene como un "solteron"-"solterona" vive tranquilo por más que todos sepan o intuyan su condición.
            Como dice el texto no que creer en las generalidades, no es sinonimo de infelicidad ser gay en un pueblo como tampoco lo es ser feliz y libre siendo gay en la ciudad.
            Muchas veces se termina siendo infeliz en la ciudad justamente por esa gran libertad que te ofrece el anonimato y los antros en los que se pueden liberar los deseos.
            Vivi los dos mundos, todavia estoy tratando de encontrar en el cual de los dos puedo ser feliz.

            Muy interesante reflexión.

            Comentario


            • #7
              Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

              Originalmente publicado por expedizion78 Ver Mensaje
              En una entrevista bastante vieja, el escritor David Viñas, recientemente fallecido decía que en Argentina hay dos figuras notables de posicionarse como “otro”: el abyecto y el juez. Pocas sociedades poscoloniales han logrado una forma de normativización tan hermética como la Argentina.
              Puedo llegar a coincidir en el grado (tan hermética), pero lamentablemente no es un comportamiento privativo de la sociedad argentina. Al menos lo veo extensible a la sociedad occidental (lamentablemente no conozco ni puedo opinar tanto sobre la oriental).

              Comentario


              • #8
                Respuesta: No se puede ser gay en un pueblo

                OJO !!!!!:ojotes::ojotes::ojotes:
                Aclaro por si generó alguna confusión:

                ESTE TEXTO NO LO ESCRIBÍ YO.


                Aclaro, ya que en algunos posts me dio la impresión de que estaban "contestándome", como si hubiese sido yo el autor de la nota.
                Yo simplemente posteé el artículo desde un blog del diario La Nación sobre homosexualidad. Creo, de todos modos, que no lo copié apropiadamente, ya que desde algunas páginas (a diferencia del You Tube, que te la URL para copiarlo "tal cual") la única que queda es seleccionar el texto y copiar.
                Arriba de todo está el link del blog, para que vean lo que digo.

                Salu2
                Editado por última vez por expedizion78; http://www.escortsxp.com/foro en 03/26/11, 11:56:40.

                Comentario

                Trabajando...
                X