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El falo en el tiempo y la cultura.

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  • El falo en el tiempo y la cultura.

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    El culto al falo o falocracia comenzó cuando los hombres dedujeron que el abdomen globuloso de la mujer no era por sí solo la fuente de la fertilidad pues se necesitaba el falo o pene haciendo su labor para llevarlo a la gravidez, comenzando el fin del matriarcado.
    Esta falocracia será más adelante ejercida en forma de poder y originará el patriarcado, que en su extremo más pernicioso será el padre del machismo.

    En China, el culto al falo estuvo entreverado con la veneración a los padres. La escritura china más antigua vinculaba «tierra» con «falo» y el mismo signo quería decir «antepasado».
    La cruz egipcia con el asa (crux ansata), equivalente a la letra T, con un asa ovalada en la parte superior (originalmente el signo jeroglífico «ankh» vida), combinación gráfica de los genitales masculino y femenino, era un símbolo de la vida. Fue llevada por Osiris, un dios de la vegetación que aseguraba la inmortalidad, y por otros dioses, y más tarde (bajo el cristianismo, que a todo le ha dado la vuelta) fue aceptada por los coptos como signo de la fuerza vivificante de la cruz de Cristo. Todavía hoy podemos encontrar este símbolo fálico —que es, desde el siglo IV, signo de la dignidad papal, y, desde el siglo VI, de la arzobispal— en el palio sobre la casulla de los prelados católicos, en el que la entrada del cuello corresponde al asa de la crux ansata.

    Pero el culto al falo se relaciona también con la creencia en el Más Allá. Así, el gran dios itifálico Osiris sostiene su pene o lo señala, en las estatuas e imágenes, como demostración de su resurrección, prototipo de la resurrección de sus adoradores. «Oh, vosotros, dioses» reza una ins­cripción egipcia junto a la figura de un muerto que se levanta de la tumba, «vosotros que habéis surgido del falo, abridme los brazos». Y, por supuesto, el miembro también figuró en las tumbas de Grecia y Roma, como imagen de la fuerza generadora inagotable de la naturaleza, vencedora de la muerte.
    Ahora bien, como símbolo prototípico de la potencia, el pene desem­peñó en muchas religiones un papel central.

    Ya en las figuras de animales antropomorfos de las pinturas de la época glacial destaca una y otra vez su enorme órgano sexual. En el pa­leolítico suele aparecer junto a los caracteres sexuales femeninos, como símbolo para el culto o como medio fecundador con poderes mágicos. Y, finalmente, hay una gran cantidad de estos emblemas en las creencias de muchos pueblos orientales y occidentales; los símbolos sexuales se siguen repitiendo en ritos, mitos y cuentos.

    Adoración del falo en el lejano Oriente.
    En la India, los pueblos anteriores a la llegada de los arios se llaman ya, en la literatura sagrada del país, los «adoradores del falo». Indra, dios principal de la religión védica, acompañado del toro como representación de la capacidad genésica, tiene los testículos —que, por cierto, son mil— del más rijoso de todos los animales, el macho cabrío. «Tú, el de prodigiosa fuerza» le ensalza el Rigveda, «haz que se hinche la manga del hombre (el pene)». «Vosotros, hombres del pene, erguid el pene, ponedlo en actividad frenética, retozad en pos del botín, empujadlo hasta el límite (o: hacedlo eyacular), al hijo de Nishtigri, a Indra». Y él mismo, como poderoso héroe procreador, embaraza a «las no desposadas» —mientras éstas borbotean «como manantiales al brotar»— y «a las jóvenes que se desvanecen».

    En todos los templos de Shiva, un dios principal del hinduismo, el Linga acompaña al Yoni como forma más frecuente y destacada de Shiva. Aquél sigue siendo uno de los ídolos más venerados de la India, muchas personas lo llevan al cuello como amuleto, lo encontramos deificado en casas y campos y todavía lo podemos ver sobre los túmulos a modo de símbolo del renacimiento, como antaño se hacía en Roma con el falo. Desde tiempos remotos, el santuario nacional del Nepal es un gran Linga flanqueado de números templos. Las religiones védico-brahmánica e hinduista están completamente impregnadas de sexualidad y, a partir de ellas, la adoración de la vagina y el falo encontró acogida incluso en el budismo.

    En el sintoísmo japonés, rebosante de ideas de fertilidad, se conoció hasta tiempos muy recientes un culto del pene de gran difusión, con grandes templos, fervorosas plegarias y falos votivos. Y algunas tribus africanas siguen practicando el coito ritual.

    El culto del falo en Egipto, Grecia y Roma.
    En Egipto, donde se decoraban los relieves de los templos con los grandes órganos sexuales de los dioses, el dios de la fertilidad Min fue presentado itifálicamente. Las estatuas de Osiris como animal de tres penes eran llevadas en procesión, mientras las mujeres —que en ese país gozaron durante mucho tiempo de gran estimación— agitaban excitadamente, mediante un mecanismo de cuerdas, la imagen del dios, que exhibía un enorme falo. «No hay ningún templo (egipcio)», se horroriza en el siglo III el obispo Hipólito de Roma, «ante cuya entrada no se muestre lo Oculto desnudo, erecto, coronado con toda clase de frutos de la Creación. Se halla no sólo ante las imágenes de los templos más santos, sino también (...) en todos los caminos y en todas las calles y en las casas como barrera o mojón».
    Pero hay más.
    Los egipcios entronizaron el pene del dios Bes y el dios Ra. Un amuleto en forma de glande o pene circunciso, venerados desde el Egipto de los faraones.
    En el templo de Hierópolis se alzaba todo un frontispicio con enormes falos de unos quince metros de altura cuya construcción se atribuía a Dionisos, el dios que «ha resistido al cristianismo más tiempo que todos los demás olímpicos y que aún llegó a alumbrar los siglos oscuros con algo de su jovialidad».
    También en Grecia los genitales humanos gozaron en mayor o menor medida de su homenaje ceremonial y el falo, de forma similar a lo sucedido en la India, se convirtió en un símbolo religioso. Fue ensalzado en vasijas y pinturas, mediante canciones y bailes. Estaba incluido en el vestuario de los actores. Las procesiones fálicas eran muy habituales, tenían lugar incluso en las fiestas estatales; sátiros y silenos llevaban en ellas rígidos miembros masculinos como símbolo de una causa sagrada.
    En los misterios de Afrodita también le correspondía al pene una especial significación, al igual que en el culto de Atenea, en la Arreforia —una festividad ática del mes Esciroforión (de mayo a junio) — o en la Haloa —una fiesta ática de carácter orgiástico dedicada a Deméter y Kore (y quizás Dionisos) en el solsticio de invierno—.
    Como ídolo específico de la fuerza genésica y la fertilidad se adoró en Grecia, Asia Menor y finalmente en todas partes del Imperio Romano al popular Príapo, quien, con el tiempo, unificó bajo su nombre a gran número de otros dióses fálicos, siendo eternizado por los poetas romanos en versos de una obscena jovialidad. Hijo de Dionisos y Afrodita, protector de los jardines, campos y hogares, su animal sagrado era el burro, prover­bialmente lascivo. A menudo se encontraba a la entrada de las casas, como propiciador de su fortuna, y las vírgenes y las matronas, para volverse fértiles, montaban sobre su miembro erecto, descomunal y rojizo.

    Hermes —según algunas genealogías, progenitor (con Afrodita) de Príapo—, dios de la fertilidad, de los animales y de la fortuna, patrón de la juventud y de los gimnasios —en los que los hombres creían poder regenerar su potencia cuando se debilitaba—, también fue representado con el pene erecto, el Herma, una pieza de madera añadida o una piedra, decorada, ungida, besada, y más tarde —en Grecia e Italia— usada como adorno de calles y jardines.

    En Roma se celebraban con pompa las Liberalia, una antiquísima fiesta del dios Liber o Baco que, al menos en Lavinium, duraba todo un mes y era de completo libertinaje. Durante la misma, un gigantesco falo recorría la ciudad y el campo en una fastuosa carroza y las más prominentes matronas decoraban ante todo el pueblo el membrum inhonestum, como dice San Agustin con coronas de flores. En la fiesta de Venus en agosto, las damas conducían el amado miembro en procesión festiva desde el Quirinal hasta el templo de Venus y lo depositaban en el regazo de la diosa. El pueblo romano llevaba el falo como talismán; y sus generales victoriosos habían venido enarbolando el emblema ante sus carros del triunfo antes de que fuera incorporado al culto imperial.

    En Uppsala, Freyr («el señor»), demonio de la fertilidad nórdico, sobe­rano del sol y la lluvia, guardián de las cosechas, de la paz y del goce, junto a Odín y Thor, se jactaba en su templo principal de su enorme «estaca del placer». Y la fuerza del mismo Thor —el más popular de los dioses germanos, para quien el macho cabrío era sagrado— era indicada por su falo.
    En suma, desde la India hasta África, desde Egipto hasta el país de los aztecas, muchos dioses de la procreación desfilan penis erectus en mano. Y hasta la época contemporánea los objetos genitales de culto son venerados y celebrados en la intimidad, cuidados con mantequilla derretida y aceite de palma, o con grasa que «unge el bálano» .

    Para el hombre primitivo, la vagina y el falo, como portadores de la capacidad engendradora y reproductora, son sagrados, sus poderes más tangibles frente a la muerte. Esto lo muestra de manera exquisita la leyenda india del dios Shiva, irrumpiendo desde el Linga (falo) para matar a golpes a Yama, dios del reino de los muertos, y liberar a su propio adorador. Shiva también se materializa en las vulvas de las mujeres seductoras.
    Itifálico: del griego ithis, erecto; y phallos, pene.
    Es bien sabido que en los templos de la India, tales como en los de Konarak y Khajuraho, y en el de Assam en Guahati, dedicado este último a Jmakhya, la diosa del amor, se encuentran en abundancia en alto y bajo relieve, que adornan a profusión dinteles y cornisas: son parejas en pleno acto sexual, en las que se observa el pene copulatorio de manera explícita, por lo general a mitad del recorrido de la penetración. Cuando se elaboraron estas imágenes, téngase en cuenta que era normal que en los templos hubiera prostitutas haciendo parte de las organizaciones y rituales religiosos. Se supone que días después de la boda, los desposados iban a orar y a aprender las variadas técnicas del coito.
    Este dios solía representarse como un enano de cejas gruesas, con rabo y un enorme pene. Su función era ser el guardián contra el infortunio, facilitar la fertilidad y proteger a los niños.
    Creo que el poder fálico aparece en Zéus en todo su esplendor poseyendo el Olimpo femenino. Pero más que él, fue su padre Cronos el que hizo esta transición: para librarse del inmenso poder de su padre, Urano, lo emasculó, es decir le cortó los testículos y el pene y los arrojó al mar. Este pene habría de emerger de la espuma marina dando nacimiento a la diosa del amor, Afrodita. Luego la máxima divinidad femenina proviene de acuerdo a esta leyenda de un pene divinizado.
    Pero eso no es todo. Zéus habría de violar a su propia madre, Rea; se desposó con su hermana Hera y embarazó a la propia Afrodita (algo así como su tía).
    Según cuenta Petronio en el Satiricón, las fiestas fálicas romanas estaban dedicadas a este dios. Se hacían en Mayo y la decoración de las calles eran grandes falos. Al parecer Priapo era oriundo de Asia Menor y se representaba como un gnomo con un enorme pene más grande que él mismo.
    En Yucatán se han encontrado falos tallados en la roca hasta de dos metros de altura. Los artesanos mayas, chibchas, quimbayas y tumacos, así como los mochicas y otros preincaicos, elaboraban una variada gama de vasijas y figurillas antropomorfas con enormes falos.

    Fuente: Blog de Biografía e Historia.

  • #2
    Respuesta: El falo en el tiempo y la cultura.

    hay dios... tanta adoracion por un pene?????? SON CASI TAN FANATICOS COMO YO!!!

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    • #3
      Respuesta: El falo en el tiempo y la cultura.

      Nada como los libertinos romanos. Después los cagaban matando, pero no importa, ¿Quien te quita lo bailao?

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